4 de agosto de 2012

El invitado de Omar

A Eya Jlassi

Omar estaba comiendo una lata de atún en aceite en su tienda, en un poblado del oeste de Somalia. Afuera, sus subordinados vigilaban el campamento. Más allá de la loma que los ocultaba del frente este, todo era una llanura seca, estéril y agrietada por la sequía de 3 años. Formaban parte de Al-Shabab, un grupo terrorista que quería evitar a toda costa la intervención humanitaria de occidente en su país y mataban a cualquier somalí que intentara escapar de la hambruna. Según ellos, había que inmolarse por hambre para evitar aceptar ayuda de los países infieles.

Mustafá penetró en la tienda con un rifle al hombro y Omar le dijo con la boca llena:

-No me canso nunca de comer atún, está riquísimo.

-Jefe, tengo hambre -dijo Mustafá relamiéndose.

-Piensa en Alá -respondió Omar con un repentino tono piadoso-, Él ha traído la sequía, lo que es señal de que quiere que sufras hambre y privación para dar ejemplo a los fieles de su grandeza -y, a continuación, tras rebañar el fondo aceitoso de la lata con un gran trozo de torta de harina, se lo embuchó con tanta dificultad por el tamaño del bocado que se pringó las comisuras de los labios.

-Hemos matado otros treinta hombres -dijo Mustafá-. Querían huir a Etiopía. 

-Alá los haya perdonado -dijo Omar levantando los ojos al cielo y después regoldó.

Con su cara de alegría y satisfacción, después de haber llenado su estómago, Omar salió fuera de la tienda y comenzó a dar palmaditas en la espalda y en el cuello a los que vigilaban, que estaban tan débiles que aquellos empellones del robusto Omar casi los derribaban al suelo.

Tras evacuar su vejiga de orina, que la tierra, de tan seca, absorbía tan rápido que parecía que el fluido desaparecía por arte de magia al tocar el suelo, iba a meterse otra vez en la tienda para dormir la siesta plácidamente cuando vio venir hacia él a uno de sus subordinados llevando cautivo a un individuo vestido a la manera occidental, con una camisa de manga corta  y un pantalón de algodón llenos de polvo y con expresión de honda preocupación.

El terrorista que le llevaba dijo a Omar:

-Le he capturado cuando se dirigía hacia el este en un Jeep. Es un infiel, a juzgar por su ropa y su lengua.

Omar, poniendo su expresión de asusta niños con los brazos en jarras y la barba de chivo apuntando al pecho del occidental dijo en un inglés casi ininteligible con voz grave y tono áspero:

-En este país de Alá no queremos perros como tú. No queremos que nos deis vuestros alimentos corrompidos por el pecado y la impiedad. A aquel que como tú venga a dar de comer a los somalíes, ejemplo de piedad en la tierra, dará de comer a las hienas, con su cuerpo degollado como una rata.

El occidental, que llevaba unas gafas de cristales redondos y montura delgada, dijo entonces también en inglés y con tono sumiso:

-El caso, señor, es que no vengo en misión de ayuda humanitaria, si me permite contradecirle.

-¿Y a qué has venido entonces, sabandija inmunda? -gritó Omar hinchando todavía más su pecho y alzando aún más su barbilla.

-Soy comerciante de armas -respondió el extranjero-. Las vendo a precio de saldo porque me hago humanamente cargo de que estoy en un lugar donde se están pasando horribles dificultades.

Omar abrió unos ojos como platos al oír aquello y tras guardar silencio unos segundos, lleno de sorpresa, abrió una seductora y amable sonrisa dirigida al extranjero y dijo con tono agradable y acogedor:

-¡Mi muy querido amigo, Alá te bendiga y colme tu casa de mujeres e hijos! ¡Cuánto tiempo hacía que no venía por aquí un buen visitante de esas maravillosas tierras de Occidente! ¿Qué tal está tu presidente? Pero no estés ahí de pie, entra conmigo en la tienda... -y dirigiéndose con rabia al hombre que le había capturado:- ¡Mohammed, maldito diablo, desata las manos a mi invitado! ¿O es que eres tonto?...

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