9 de agosto de 2012

Cada cual salve su pellejo

A Isi Dávila

Un hombre muy alto y delgado, vestido con ropas policromadas y poco usuales, con un bonete a la cabeza y la piel negra entró en un bar de Alicante, se dirigió a la barra y le dijo al hombre que servía en ella si tenía trabajo para él. El barman, que también era dueño del local, le respondió que no y en silencio le observó marcharse. 

-Dan miedo estos negros -me dijo a mí, que, en ese momento, estaba en la barra comiéndome unos callos-, no se sabe si  tendrán hasta costumbres caníbales.

-Ese creo que no es caníbal -dije yo entonces-, en esta ciudad sobra gente y en cambio a él le faltaban unos kilos.

-Puede ser -dijo el dueño-. Pero cuando vea que no le da nadie trabajo, ¡hala... a robar! Esa gente viene de la selva y es medio salvaje, no tienen ni idea de lo que es la propiedad privada.

-En eso se parecen y hasta son superados por los banqueros y los políticos de España -dije yo.

-Siempre están con sus guerras y tienen sus países hechos un desastre -dijo el dueño del bar- pasan hambre pero es por lo mala gente que son.

-No sé cómo andan de moral pero creo que no son inventos suyos ni la metralleta ni la granada ni el cañón ni la bomba atómica -dije yo.

-Siempre nos están enseñando en la tele a las horas de la comida esos niños con el vientre hinchado por el hambre -continuó el dueño del bar-. ¿Tengo yo la culpa de eso? ¿A mí qué más me da? Que cada cual salve su pellejo y ya está. ¿Me da a mí alguien algo? ¿No he conseguido yo todo lo que tengo partiéndome el espinazo?

-No digo que no pero ¿qué es lo que tienes? -dije yo dejando la cuchara en el plato de los callos-. Trabajas todo el día y no te queda ni tiempo para disfrutar de la vida. Llegas a casa y lo único en lo que puedes entretenerte es la tele, que en lugar de sacarte de la rutina diaria con reflexiones serias sobre el sentido de la vida, te castiga con su propia rutina, que no tiene el más mínimo sentido, y te llena la cabeza de historias que, en circunstancias normales, te importarían un bledo. Y, por si eso fuera poco, acabas más insatisfecho aún que si no hubieras encendido el aparato porque la publicidad te acaba convenciendo de que necesitas el detergente que lava más blanco, la taladradora que taladra más fácil, la empresa de telefonía que mejor te sabe servir, el coche para los hombres más hombres, el aire acondicionado más silencioso y hasta el papel higiénico más suave.  

"Si puedes con el trabajo y la televisión, aun te queda aguantar un sistema en que apenas cuentan las personas como individuos y, si no eres una pieza común y corriente que encaje fácilmente en este mundo de fabricas y cadenas de montaje, estarás tan solo como en una isla desierta.

"Te jubilas a los 65 años pero a los cuarenta ya no encuentras trabajo. Tampoco lo encontrarás a los 35 si no tienes experiencia laboral. Nuestros médicos parecen veterinarios porque nos tratan como a bestias, nuestras escuelas e institutos nos enseñan a avergonzarnos de ser nosotros mismos y, en lugar de convertirnos en seres racionales, hacen locos de los alumnos.

"Y pese a tu necesidad de, al menos, sentir que eres un ser humano y estás vivo, difícilmente encontrarás a nadie que te dé afecto y calor y, lejos de ello, tendrás que conversar sobre deportes, política, economía o crímenes, temas que en el fondo te dejan frío, cada vez que quieras sentir cerca de ti a una persona.

"Acabamos nuestros días lejos de nuestros hijos, a los que hemos criado con cariño, porque nos recluyen en residencias de ancianos y, cuando culturas más pobres pero más sabias tratan a los hombres viejos respetuosamente, en la nuestra acaban solos y amargados, perdidas sus raíces como para hacer más horrible la muerte. 

"¿Sigues pensando en serio que trabajar cada cual para uno mismo es la solución para todos los problemas? ¿No crees que, si ayudas a los demás, te estás ayudando a ti? Tu falta de generosidad también te da hambre a ti, quizá no de alimentos, pero sí de cualquier otra cosa que necesites. Si no eres generoso, eres un fanático y ningún fanático alcanza jamás la felicidad. Su vida depende de los demás, de los que espera que se ajusten a su modelo, un sueño que jamás se cumple. Su felicidad no estriba en aceptar lo que le trae la vida sino que quiere que sea la vida la que acepte lo que su obcecación le pide. Por tanto, no ser generoso con los demás es la forma más extremada de ser mezquino con uno mismo."

-La teoría suena bien -me dijo el dueño del bar-, pero yo no he visto nunca que quien da veinte euros regalados los vuelva a ver en su vida. Aquí el que no corre vuela. Si hay que ser mezquino se es pero antes que nadie está uno. Pero en algo sí tienes razón: trabajo como un negro. De hecho, estoy pensando en contratar a un empleado para aligerar trabajo. Pero aun no ha resultado nadie por aquí y lo voy dejando...

-¿En qué tipo de persona piensas para cubrir el puesto? -pregunté.

-No soy remilgado para eso -respondió-, cualquiera me serviría.

-¿Y por qué no un negro?

-Los negros son gente sucia -respondió-, no quiero suciedad en mi local.

-El color de la piel es genético -dije yo-, no producto de la falta de aseo.

-Tú debes ser un poco de izquierdas -me dijo entonces el dueño del bar dejando escapar una risita condescendiente-; en la forma de hablar se advierte que no eres del todo imparcial.

-Tu capacidad para los prejuicios es casi ilimitada, amigo -dije yo-; encajarías muy bien en un régimen stalinista.

En ese momento, se nos aproximó un joven de unos 25 años con acento y aspecto de español autóctono que le dijo al dueño:

-Oiga, ¿es verdad que necesita un empleado? Es que he estado escuchándoles...

-Pues sí -dijo el dueño-; verdad es.

-Me gustaría trabajar aquí -dijo el joven-. Es un sitio muy agradable. Me encanta la hostelería.

El barman se quedó mirando al joven con una sonrisa congelada en el rostro y al final dijo:

-Estás contratado, chaval. Mañana a las siete, aquí.

Un año después regresé a aquel bar para tomarme, una vez más, unos callos porque me habían gustado mucho los que me tomé allí en la anterior ocasión pero me encontré el local cerrado.

Al otro lado de la calle, había otro bar, casualmente y entré para tomarme allí los callos. En la barra había  un hombre negro que bien podría ser el que llegó aquella vez a pedir trabajo al dueño del bar cerrado.

Le pedí unos callos y le pregunté, por decir algo, si era el dueño del local:

-No, yo empleado -dijo él atropellando la gramática española-; mi jefe, vacaciones ahora.

Comprobé que los callos que hacía aquel hombre estaban mucho mejores que los que probé en el bar del otro lado de la calle y le pregunté si sabía por qué lo habían cerrado.

-Dueño contrató hombre malo para ayuda -dijo el hombre-. Era sucio; gente no quería ir más. Le robaba caja cuando no le veía. Dueño le echó. Él matar y comerse una pierna. Estaba loco, loco peligroso.  Ahora, encerrado con bozal. Hombre joven pero como regadera. Españoles muchos mal cabeza. En selva costumbres más sanas...

Lástima de callos, pensé, porque a partir de aquel momento no pude seguir comiéndome el delicioso plato que me había preparado aquel excelente cocinero.

Pagué la cuenta, medio mareado me salí afuera e irguiéndome respiré aire hondamente tras lo que recuperé el dominio de mis fuerzas. Volví a entrar y pedí al hombre un vaso de agua. Me lo dio y, al ver mi palidez, me dijo:

-Yo también mareé cuando saber lo que comió loco.

Le alargué mi brazo y estrechamos nuestras manos mientras le decía:

-Nuestras almas son hermanas.

Entonces me sirvió un brandy y dijo:

-Para calmar. Paga casa.

En ese momento acabé de comprobar por qué aquel local estaba repleto de clientes y pensé que un empleado como aquel era de los que hacían feliz a su jefe.

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