30 de agosto de 2012

La tienda de ropa

A Isabel Olmos


Isabel Rebeca era juez... o jueza, pues ya por aquel tiempo había tres juezas por cada juez en España, desde hacía doce años. Su atractivo físico era tan extraordinario que eclipsaba cualquier otra virtud que pudiera poseer ante la mirada observadora de la gente, de ahí su lucha diaria por demostrar su responsabilidad y plena capacidad para desempeñar con acierto el trabajo que estaba haciendo. Muchas veces sus cuerdas vocales sufrían por el tono excesivamente grave que le quería dar a su voz en público y, aunque era de natural afable y muy bondadosa, durante su trabajo intentaba parecer agria y desagradable para parecerse más a un hombre, al que no se le juzga tan mal como a una mujer por ser guapo.

Pero esta necesidad de fingir no rozaba ni siquiera el extremo del vestido de su espíritu bondadoso y franco y mucho menos corrompía su buen criterio para la recta aplicación de las leyes en los casos que había de resolver. 

Sin embargo, todos sus esfuerzos por mantener un equilibrio entre lo que parecía, lo que era y lo que debía ser parecieron venirse abajo cuando dio la libertad a un presunto terrorista por falta de pruebas. El hecho levantó una ola de indignación generalizada en el país. 

Se decía que una mujer tan delicada era mucho más susceptible de tener miedo que cualquier otra persona. Hubo, además, insinuaciones brutales acerca del tipo de acciones que la juez había probablemente obstaculizado y que, sin duda, habrían impedido ese desenlace tan frustrante, decían, para todo español de bien. Dentro de estos mismos razonamientos, se argumentaba que aquella hermosa mujer debía poseer, para serlo tanto, un espíritu excesivamente delicado y condescendiente que no era apropiado para enjuiciar casos tan sucios como los del terrorismo.

Incluso algunos de los colegas de profesión de Isabel le animaron a dejar su oficio y cambiarlo por la abogacía, sin duda, convencidos de que había algo de cierto en lo que comentaban todos.

Ella no era todavía madre pero su corazón era tierno y aguerrido como el de una de ellas. Por eso le dolió aquella reacción pero no tuvo duda alguna de que lo que tenía que hacer era seguir al frente de su profesión, como había hecho desde hacía doce años pues no podía renunciar a su carrera como si hubiera cometido un crimen precisamente cuando lo único que había hecho había sido actuar conforme a la legalidad.

Sin embargo hubo quien se hizo el propósito de conseguir que, ya que no quería salir de la judicatura por voluntad propia, saliera a la fuerza. Se hizo una investigación minuciosa del caso y se hallaron presuntos indicios de negligencia. En concreto, la jueza se había negado a que se registrara un domicilio de una calle de Rentería.

Isabel fue por este motivo suspendida de sus funciones mientras se instruía su caso. Cuando Isabel fue llevada a declarar, le preguntaron si se había negado a dar la autorización para registrar la planta baja del número 10 de la calle Ronzal de Rentería. Ella respondió afirmativamente, sin más. Días más tarde volvió a ser citada y se le preguntó de nuevo acerca de este hecho pidiéndole el motivo legal por el que se negó a inspeccionar el domicilio. 

-Simplemente para evitar la lentitud en los trámites -dijo Isabel-. Ese domicilio era imposible que guardara relación con el caso. Le pedí  a la policía que se asegurara de que era esa la dirección y, al comprobar que seguían dándome el mismo dato, decidí denegarles la autorización.

-¿Por qué está usted segura de que ese domicilio no guarda relación con el caso? -preguntó el juez instructor.

-Es una tienda de ropa, la conozco muy bien.

Al juez instructor, que decidió no seguir con el interrogatorio aquel día, le faltaba tiempo para filtrar la noticia a la prensa después de oír esto. Al día siguiente, los periódicos de todo el país hablaban de este suceso. Hubo uno que llamaba a Isabel "la jueza Barbie" y la acusaba de haber cometido la frivolidad de confiar ciegamente en un colaborador de un terrorista porque vendía vestidos muy bonitos y elegantes. Toda la prensa prácticamente pedía su cese de la administración pública, no se podía ser jueza y ser "mona" al mismo tiempo. Incluso las altas instancias políticas querían que "esta señorita" dejara de ser juez a la mayor brevedad posible.

Isabel calló hasta el día de ser de nuevo citada. 

-Señora Isabel Rebeca -dijo el juez instructor-, ¿se da cuenta perfectamente de que usted ha cometido una grave negligencia al confiar en la honradez de su proveedor de ropa pese a las sospechas ciertas de la policía?

-Señoría -dijo Isabel-, creo que usted ha actuado con más negligencia que yo al filtrar mis declaraciones, lo que no tiene absolutamente ninguna disculpa y me encargaré de denunciarlo; en cuanto a mí, mi única negligencia fue no indicar el motivo por el que me negaba al registro domiciliario del número 10 de Ronzal. Ha de saber usted que no compro allí mi ropa pues es una tienda especializada en trajes de caballero y, si estoy completamente segura de que sus dueños y dependientes no están implicados en el caso que investigué es porque esa tienda es de mis padres y paso allí prácticamente todo mi tiempo libre.

Un corazón no amado

A Isabela Dávila 

Jonathan Silver sintió un estremecimiento de deseo y dolor cuando la vio esperándolo en el muelle. Desembarcó tras recibir su salario de cinco meses y corrió al encuentro de ella. Se besaron apasionadamente. Apenas diez minutos después, estaban en una habitación de hotel amándose con apasionamiento desmesurado. Al acabar, se prometieron amor más allá de la muerte y sellaron la promesa con un beso. 

Al día siguiente pasearon alegres cogidos de la mano por las calles de la ciudad. A cada momento se besaban, se abrazaban, se hablaban de amor y se llamaban con nombres cariñosos que sacaban de sus recuerdos de infancia. 

Jonathan hubiera deseado fundirse con ella en un abrazo eterno. Al medio día volvieron a hacer el amor. Pero Jonathan sentía que faltaba algo, nunca se saciaba de ella, su soledad no le abandonaba, necesitaba llegar todavía más cerca de ella. Cuando acabaron y ella estaba vistiéndose, la cogió de los cabellos y la besó con furia, ella cayó mansamente en sus brazos. Volvieron a desnudarse y comenzaron a tocarse como dos niños curiosos mientras se decían palabras llenas de ternura.

Por la noche, acostados en la misma cama, él le habló del mar, de lo solo que se sentía cuando estaba en el barco. Le dijo que partiría al día siguiente pero que la amaba más que a nadie y que en seis meses volvería para quedarse para siempre. Ella le dijo que también lo amaba y que le esperaría ansiosa. 

Antes de embarcar, se besaron entregándose las almas y se despidieron con la promesa del reencuentro. Cuando ya la figura de ella era casi inapreciable desde el lejano puerto, dejó la popa y se dirigió a la proa. La tarde era avanzada. Los rayos del sol eran mucho más débiles que cuando partieron. El mar tenía un color azul intenso y su inmensidad se extendía hasta la línea remota del horizonte.

Sus entrañas volvieron a sentir, entonces, aquellas brasas de hielo, aquella desazón que le producía la desoladora soledad que no podía desarraigar de su alma. Se acordó de su amada Conny, del idilio apasionado que acababa de vivir pero sentía que el calor de sus besos y la seguridad de que era amado por ella se le estaban escapando de las manos, poco a poco, a medida que el barco se iba adentrando en el mar. 

Estaba solo... nunca habitaría en el alma de nadie...

27 de agosto de 2012

Inferioridad

A Isi Dávila

   Estudiante universitario de 20 años, cumplidos la semana anterior, Alberto, encerrado en su habitación del piso de estudiantes y con el libro abierto ante él pero sin leerlo, cavilaba con amargura acerca de su mediocridad. 

   Los compañeros de piso con los que se comparaba, desbordaban erudición mientras que él desconocía la mayoría de las materias cuyo dominio demostraban sobradamente ellos en las horas de tranquila tertulia de la noche. 

   Además, pensaba que su inteligencia dejaba mucho que desear pues no solo era frecuente objeto de los comentarios satíricos de sus compañeros y amigos sino que, extraordinariamente tímido, apenas sabía manejarse bien en el mundo en las pocas ocasiones en que se arriesgaba a hacer solo una gestión. Por ejemplo, cuando no conocía la localización de una calle en la que iban a celebrar una conferencia o un concierto, se abstenía de ir si tenía que hacerlo él solo pues no era capaz de retener las indicaciones minuciosas que daba la gente a la que preguntaba por aquella dirección. 

   Sus compañeros de facultad, cuando hablaban de las asignaturas de su curso, mostraban haber llegado mucho más lejos que él en la comprensión de los temas y seguían perfectamente el hilo argumental de un autor difícil muchas páginas más adelante de cuando él lo había dado por absolutamente ilegible y había abandonado, decepcionado, la lectura.

   Pero lo que le producía ahora más dolor era que la chica en que él se había fijado el año anterior era este año novia de un individuo extrovertido y muy competente como estudiante pues intercambiaba impresiones con el profesor muy a menudo durante las clases. 

   De ese sujeto lo envidiaba todo: era de inteligencia despierta y personalidad arrolladora y físicamente era atractivo; en resumen, tenía todo lo que él echaba en falta en sí mismo. No le extrañaba que aquella chica, Natalia, lo considerara mejor partido que él. 

   Bajó a la calle y comenzó a caminar sin rumbo. Le gustaba caminar de noche, la ciudad parecía vacía a esas horas. Más de una noche la había pasado entera recorriendo por placer avenidas y callejuelas, descansando, cuando ya sus piernas le pedían un respiro, en un banco de un parque en penumbra o en el saliente de piedra de la pared del río, y retomando luego la caminata en el silencio tranquilizador de la madrugada que le dejaba escuchar su paso apresurado y solo interrumpido por el paso de algún coche o camión, como el de la basura, con el que se tropezaba de vez en cuando. Veía amanecer rumbo a casa y entraba en ella cuando los compañeros aún dormían o estaban desayunando con el pijama puesto todavía y se asombraban de verle vestido y llegando del exterior.

   Pero aquella noche no tenía previsto hacer ninguna caminata trasnochadora. Solo quería liberarse de la frustración que le producían sus pensamientos dando un paseo. 

   -Nacer siendo un Basilio sí es tener suerte en la vida -pensó refiriéndose al dechado de perfecciones con quien ahora iba Natalia-. Pero al que nace siendo alguien como yo solo le espera amargura...

   Muchas veces sentía cierto deleite como ahora en martirizarse hablando de sí mismo como de alguien que hubiera fracasado para siempre en la lucha por la felicidad a pesar de no haber pasado ni una semana desde que se estrenó como veinteañero. Viendo en su desgracia algo definitivo, al menos podía  desentenderse de ella y sentirse como si fuera otro, liberado ya de ese problema. Cualquier cosa era buena con tal de evitar  prolongar el sufrimiento al que le sometían aquellos remordimientos y preocupaciones. De ese modo, pagaba con su tristeza el verse libre de la ansiedad.

   -El mundo está lleno de los Basilios -se dijo-, las personas normales son triunfadoras, no se ahogan en un vaso de agua como yo. Jamás seré nadie. No puedo competir con los Basilios. Voy a fracasar. Tendré que acabar trabajando en el negocio de mi padre...

   Caminaba por las cercanías de la Universidad cuando vio emerger de las penumbras de la calle una figura de rasgos intensamente familiares cuya presencia le hizo acelerar los latidos de su corazón y llenó su ánimo de una triste añoranza. Era la chica de la que se había enamorado el curso pasado, Natalia. Venía sola, con una carpeta y un libro entre sus brazos. 

   De no ser por cierto incidente, habrían pasado uno al lado del otro sin decirse nada, si acaso esbozando una sonrisa cordial, pero Natalia tropezó en el ripio de una zanja y cayó sobre el pecho de Alberto. Este cayó al suelo con ella pero, mientras que ella cayó sobre el mullido cuerpo de Alberto, este dió con uno de sus codos en una piedra produciéndole un enorme dolor que manifestó con un bufido quejoso.

   -¡Por Dios! ¡Perdona, Alberto! -dijo Natalia incorporándose- ¿Te has hecho daño?

   -Cayéndome tú encima, nunca -dijo con ironía Alberto.

   -¿Por qué yo especialmente? -preguntó Natalia. 

   Alberto, mientras se levantaba del suelo, dudaba si le diría la verdad o le podría la timidez.

   -Bueno, porque... -Alberto dejó pasar unos segundos más antes de acabar de atreverse a decirlo, después continuó- estuve enamorado de ti.

   -¿En serio? -dijo Natalia-. ¿Y ya no lo estás? ¿Por qué? 

   -No es que no lo esté -dijo Alberto- pero como ya tienes novio... 

   -Yo no tengo novio, Alberto -dijo Natalia-.

   -¡No tienes novio! -exclamó Alberto-. Yo creía que Basilio era tu novio. 

   -Basilio no me interesa nada -dijo Natalia-. Mira, Alberto, te voy a confesar una cosa que quizá te haga pensar mal de mí pero confío en que lo acabes comprendiendo. Me dejo ver mucho con Basilio para dar celos a un chico en el que estoy interesada. 

   -Bueno -dijo Alberto-, no tienes novio pero tu corazón está ocupado de todas formas. No tengo ninguna esperanza, a eso me refería. 

   Natalia, con sus bellos ojos negros brillándole en la semioscuridad y fijos en el rostro de Alberto dijo con voz profundamente seductora:

   -Es que el chico en el que estoy interesada eres tú, imbécil.

El juez Hakêm

A Nadia Benkouider

Farid, un jovencito de 17 años, fue a casa de un juez llamado Hâkem a pedirle unos documentos de parte de su padre, que era un abogado. Farid tenía poca malicia, no creía que nadie necesitara que los demás le prodigaran muestras de excesivo respeto, un respeto que, pensaba Farid, siendo algo natural y corriente entre los seres humanos, se sobreentendía con tan solo mostrar una simple sonrisa de camarada.

Este poco advertido muchacho llamó a la puerta de Hâkem y le abrió su esposa. 

-Hola, señora, ¿cómo te encuentras? -dijo Farid alegremente-. He venido a hablar con Hâkem, ¿es esta su casa?

La mujer, en silencio y reclinando en rostro modestamente, asintió y dejó la puerta abierta para que pasara Farid.

Farid siguió a la mujer mientras comentaba lo bella y grande que le parecía aquella casa. Mucho más bella y grande que la de su padre y, desde luego, muchísimo más que la de cualquier campesino. La mujer guardaba silencio mientras seguía caminando hasta la habitación donde el juez trabajaba a esas horas.

Al llegar, vieron a Hâkem dando cabezadas en su despacho y roncando desmesuradamente con unos papeles todavía agarrados en la mano pero se despertó ante las carcajadas de Farid.

-¡Ah, Hâkem, amigo mío...! -dijo Farid alegremente-. Te he encontrado durmiendo como un dromedario en noche de luna creciente... Me has hecho reír, alabado sea Alá por esto y tú bendecido mil años.

A Hâkem, que unía a su mal humor por haberse despertado su indignación al comprobar lo poco que  se intimidaba aquel jovenzuelo desconocido ante su venerable presencia, le vino una cólera tremenda pero, como, si la descargaba sobre aquel muchacho que parecía desconocer el respeto por la jerarquía, este no aprendería nada y seguiría tratándole con irreverencia, cogió su bastón y le dio un bastonazo a su esposa diciéndole:

-¡Mala mujer, vete a la cocina con los sirvientes! ¿O es que quieres escuchar lo que hablamos los hombres?

Farid, que nunca había visto a un hombre mostrándose tan a las claras dueño y dominador de una mujer, se sintió cohibido y pensó que había entrado en un reino donde unos valían más que otros y comenzó a preguntarse cuánto valía él y cuánto el juez Hâkem.

Hakêm dijo entonces en tono muy cordial y amable:

-Dime, muchacho, ¿a qué has venido a esta casa que es tuya?

-Hâkem... -comenzó a responder el muchacho.

-Muchacho, has de llamarme "señor juez", no Hâkem -dijo el juez entonces gravemente.

Farid se llenó de extrañeza ante lo que el juez le decía. ¿Cómo podía una persona obligarle a hablar de una manera y no de otra? ¿Por qué, si él era persona igual que el juez, tenía que ceder parte de la soberanía de su lengua a aquel individuo? En ese momento, empezó a sospechar que el de aquella casa era un reino donde él valía menos que Hâkem.

-Señor juez -continuó Farid-, vengo por unos papeles por los que me envía mi padre el abogado.

-Entiendo, muchacho -dijo el juez-. Pero has de esperar al menos dos horas en la habitación de los administrados, soy un hombre muy ocupado y no puedo perder mucho el tiempo -en realidad el juez pensaba dormitar un poco en la mecedora.

Definitivamente, el muchacho, que se disponía a aguantar dos largas horas de tedio, supo entonces que allí valía mucho menos que el juez pero un poco más que las mujeres porque no le había dado con el bastón.

Una condena a muerte en Quietania

A Rosa Mari Rodríguez Olmedo

En la Quinta Satrapía del Imperio de Quietania, en el siglo XIII después del Gran Computador Planetario, se juzgó a un hombre por robar para entregarle lo hurtado a los pobres.

En el juicio, un jurado de ciudadanos respetables, obcecados cumplidores de todas las normas, lo mismo las profanas que las parapsicológicas, declaró culpable al acusado. El juez, aunque comprendía que el delito de aquel hombre tenía un atenuante porque no se quedaba él con lo robado sino que lo daba a gente necesitada, dictaminó condenarlo a la pena capital: degüello y sangrado yugular. Contaba con que el Supervisor Provincial no avalara aquella pena pero no quería que tan poderoso dignatario, cuando supervisara la sentencia pensara que había dejado a un ladrón sin una condena a muerte.

Cuando la sentencia llegó a manos del Obediente E Ilmo. Sr. Supervisor Provincial para ser ratificada con su graciosa firma, lamentó, con muy sonoros alaridos, la suerte de este buen ladrón pero pensó que correspondía al sátrapa rebajarle la pena y evitarle tan ominosa muerte y firmó.

El Sátrapa Morigerado Y Dadivoso de la Quinta Satrapía del Imperio de Quietania, al ver los documentos sobre la condena, llevados a su presencia para que los ratificara con su firma, se mostró indignado y dijo:

-¿Y a tan gran hombre se le va a degollar? No puedo creer que haya crueldad tan grande en unos berzotas del calibre de ese juez y ese supervisor provincial. 

Sin embargo pensó que, tratándose de un ladrón, era mejor firmar la condena a muerte y dejar que el Primer Ministro decidiera la rebaja de la pena. Murmuró unas oraciones en presencia de sus camareros y secretarios y firmó.

Cuando el caso llegó al Magnánimo, Magnífico, y Magno Tres Veces Primer Ministro, pues todas las penas de muerte pasaban por su mano, leyó el informe y dijo, moviendo su cabeza:

-¡Santo Falo de Herbert von Karajan! ¿Y a este noble hombre vamos a degollar? Firmaré para que sea nuestro Potente, Bien Testiculado Y Buen Semental, Rey De Los Noventa Estados quien le haga la gracia de perdonarle la vida.

Y firmó.

Cuando el informe del caso llegó al monarca, éste leyó los documentos y dijo:

-¡Por el Santo Falo de Herbert von Karajan! ¿Cómo se condena al degüello a tan honorable hijo de madre y, sobre todo, de padre? ¿Está loco este mundo? ¿Mis súbditos ya no tienen alma? ¿No hay sangre en las venas de mis jueces, sátrapas y ministros? Pero sea pues. Si mi pueblo es tan ruin que quiere degollar a sus mejores hombres, su rey los degollará.

Y, dirigiéndose a sus cortesanos, les dijo:

-Recemos 200 letanías por las tres almas de este gran hombre.

Y todos juntos recitaron las doscientas letanías con golpes de pecho. Una vez acabadas las oraciones, el monarca firmó.

25 de agosto de 2012

La lucha por un pupitre

A Dee

En una escuela de un pequeño pueblo de México, los pupitres escaseaban y tocaban a pupitre por cada dos niños. Uno de los niños era un indio, muy bondadoso e inocente, y su compañero de pupitre, que era el hijo del maestro, había separado con una raya de lápiz su parte de la de este niño para que no hubiera conflictos  entre ellos sobre el espacio de la mesa pero el hijo del maestro había sido tan avaro que al niño indígena le había dejado solo la tercera parte dibujando la raya además en forma esquinada por lo que tenía muchas incomodidades a la hora de trabajar con su material escolar.

El niño indio estaba muy molesto por la mala vida que le daba el hijo del maestro, que le pegaba cachetes cada vez que algún lápiz o libro suyo se salía un milímetro de la raya o que incluso a veces hasta se permitía invadir su territorio con sus libros haciéndole todavía más estrecho el espacio que tenía para maniobrar. Un día le dijo a su madre que ya no iba más a la escuela, que como su padre estaba en la cárcel, que él trabajaría para ayudarla a ella.

-No, Pascual -dijo la madre-, tu padre saldrá pronto de la cárcel. Sabes que lo han metido por un robo que no ha hecho. Cuando el maestro le diga al juez lo honrado que es tu padre, el juez tendrá que declararlo inocente.

-Explícame por qué lo han metido entonces en la cárcel -dijo el niño.

-El cacique le tiene odio porque tu padre está haciendo todo lo posible porque no robe nuestra agua para regar sus tierras. Tu padre es un héroe del pueblo indio. Gracias a él, la gente de nuestra raza no desaparecerá.

-Mamá -dijo al oír aquello el niño-, ¿el hijo del cacique va a la escuela?

-No, Pascual... -dijo la madre, cuyo titubeo al responder, en cambio, no dejó de observar el inteligente niño-, todos sus hijos están estudiando en Europa.

-Madre -dijo Pascual-, ¿por qué dicen que el hijo del maestro es hijo del cacique? ¿Puede un niño tener dos padres?

-Sí, hijo -contestó, apurada, la madre-, uno para cuando nace y otro para criarlo. El cacique solo es el padre de nacer, por eso te había dicho distraída que no iba a la escuela ningún hijo suyo. 

-¿Y quién es mi padre de nacer, madre? -preguntó con preocupación Pascual.

Su madre rió con alegría, le alisó el pelo con la mano y le respondió:

-Tú solo tienes un padre para las dos cosas.

Al día siguiente, el niño fue a la escuela con el propósito de imitar a su padre y reclamar al hijo del cacique la parte del pupitre a la que tenía derecho. 

Cuando se hizo la hora de empezar la clase aquella mañana, Pascual entró en la escuela y, como de costumbre, se sentó en un ángulo de su pupitre humildemente. El hijo del maestro llegó después alborotando y dejó de un golpe la cartera sobre el pupitre sin preocuparse si sobrepasaba o no la línea que él mismo dibujara. Entonces, miró con una sonrisa cruel a Pascual y dijo: 

-Enséñame cómo has hecho los deberes, anoche fuimos a comer con mis tíos y, como volvimos tarde, no tuve tiempo de hacerlos.

Pascual le pasó su cuaderno una vez más. Era ya una costumbre casi que el hijo del maestro copiara sus deberes; Pascual transigía por temor pero no creía en sus escusas, sabía que era un perezoso y que abusaba de su esfuerzo. Pero mientras el hijo del maestro copiaba literalmente con su lápiz todos los deberes del día anterior a gran velocidad, Pascual le preguntó:

-¿Te gustaría que todo el pupitre fuera tuyo y que yo me sentara en el suelo?

El hijo del maestro paró un segundo de escribir y dijo:

-Sí, porque eres un indio y no vales lo mismo que yo, que soy el hijo del maestro.

-Haré una apuesta -dijo Pascual-, si me dices quién es el presidente de México, te doy todo el pupitre para ti pero, si no me lo sabes decir, me das tu parte y tú coges la mía. 

El hijo del maestro rió y se frotó las manos, lleno de jactancia. 

-¡Está chupado! -dijo-. ¡Qué fácil! De acuerdo, acepto la apuesta... El presidente de México es Enrique Peña Nieto.

-Dame tu sitio -dijo Pascual-, ese no es el presidente de México.

-¡Sí que es el presidente de México! -gritó nervioso el hijo del maestro.

-No lo es -dijo Pascual-, ese es el presidente de los que crían México pero el presidente de los que lo hicieron nacer es mi padre.

Seis microrrelatos comicopatéticos (VI)

A Txaro Cárdenas

-El Señor nos pide que amemos. ¿De qué estamos hablando? -decía el párroco en lo más inspirado de su prédica-. No penséis que hablamos de placer, de ese placer que, una vez satisfecho... -el párroco levantó sus dos manos como un conejo puesto de pie y dándoles un movimiento como para expulsar a alguien de su lado dijo:- si te he visto, no me acuerdo... Eso no es amor, no, ni mucho menos -el párroco hinchó su pecho, antes de continuar y dijo:- el amor de verdad es el de Cristo Redentor, el que por no buscar el placer, hasta nos obliga a amar a nuestros enemigos, a hacer penitencia para el perdón de nuestros pecados, a renegar de los bienes del mundo, a preferir la muerte a la vida, vamos... -el párroco se ahogaba con la vehemencia de sus propias convicciones- nada de peritas en dulce... Pero no hay otra; o esto o la condenación eterna...

Migmar, un tibetano de 34 años que había asistido a aquella misa porque quería conocer la religión cristiana para convertirse, por amor a su novia Josefina, tras oír estas palabras, sin que su novia lo advirtiera se escabulló hasta el exterior del templo y en una carrera llegó al restaurante chino del que era empleado. Sus compañeros, que le vieron con el semblante desencajado y lleno de terror, le preguntaron qué le ocurría. El respondió, cuando recuperó el resuello:

-Me iba a casar con Josefina porque pensaba que me quería. Pero lo que ocurre es que aquí lo hacen todo al revés. Aquí la gente se casa con sus enemigos y la palabra amor quiere decir odio.

23 de agosto de 2012

Un hombre cojonudo

A Isi Dávila

   -Edu, he conocido a un tío... -Quino durante su pausa enfática gesticuló mostrando asombro y admiración desmesurados-. Cuando te lo presente, me vas a dar la razón... ¡Qué tío más cojonudo!

   -¿De verdad? -dijo Edu, sorprendido-. ¿Por qué es tan cojonudo?

   -¡Por todo...! Tiene una forma de hablar que impresiona, es increíblemente inteligente, juega bien al fútbol, gana siempre al póquer, tiene una novia guapísima, viste elegante, su coche es chulísimo, mide 1,80, canta extraordinariamente bien las canciones de Joe Cocker... ¡Es hasta guapo, joder! Lo conocí hace tres días y ya somos amigos íntimos. 

   -¿Y qué has visto en él?

 

   

La charla del café

A Encarnación Alcalde Brotons

-Como te cuento, Fani... No descansas hasta que no sabes qué es el hijo que has tenido. Cuando el médico me dijo el nombre, me dio un alegrón porque pensé: "Amelia, no sabes qué diantre significa esa palabra pero, por lo menos, ya puedes estar tranquila porque tu hijo no es raro y, si es raro, al menos está en manos de la ciencia, lo cual tranquiliza un montón..."

Amelia sorbió la taza de café y mordió el pastelito de crema mientras su amiga Fani le replicaba así:

-Ay, Amelia, lo que pasé yo con mi madre hasta que el médico me dijo que le quedaban dos meses de vida... A ella no le gustó nada pero yo sentí que me tranquilizaba por dentro porque la incertidumbre es... ¡horrorosa! -Fani remarcó con voluptuosa intensidad cada una de las sílabas de la palabra horrorosa; queriendo con ello enfatizar lo mal que lo había pasado pero también indicar que el quid de la cuestión estaba en la palabra incertidumbre a la que se refería ese adjetivo.

-Pues sí, hija, sí... -dijo Amelia-. El doctor me dijo que mi niño era autista y yo no le pregunté ni lo que era. Solo sonreí de oreja a oreja y le dije: "Doctor, no sabe lo que me alegra saber que lo que tiene mi niño tenga un nombre científico, ahora ya me lo pueden curar." "La enfermedad de su hijo es prácticamente incurable" -me contestó él. Yo me puse triste pero, al instante, me sentí animada de nuevo y dije: "Pero al menos, si tiene nombre, lo de mi hijo no acaba con la civilización occidental." 

-Gran pensamiento, Amelia -dijo Fani-. Estuviste poeta en aquella ocasión.

-No soporto lo que está fuera de lugar -dijo Amelia-. Es superior a mis fuerzas. Cuando veo que el perro se hace pis en el salón, me pongo mal de los nervios...

-Y yo cuando a mi marido se le cae la baba sobre la almohada cuando duerme de lado -dijo Fani dando una palmada sobre la mesa-. Y lo malo es que, cuando se pone boca arriba, es peor porque ronca...

-Yo hace tiempo -dijo Amelia- que le prohibí a mi marido roncar. "O duermes en silencio o dormimos cada uno en una habitación." Y, desde que se lo dije, ni rechista. 

-¡Qué misterioso! -dijo Fani mirando embobada a Amelia.

-Pues yo creo que lo que pasaba es que subconscientemente me quería hacer rabiar y, cuando se dormía, al aflorar los contenidos latentes, roncaba una cosa mala -dijo Amelia.

-Vaya, vaya, Amelia, con ese libro de Freud que has leído has aprendido bastante; estás hecha una doctora -dijo Fani.

-Tenía que leerlo porque me daba miedo encontrarme con un loco y no darme cuenta -dijo Amelia-. Ahora ya los identifico mejor.

-Eso está bien -dijo Fani-. Yo también he leído un libro sobre perros y ahora distingo muy bien las razas; menos en los casos de cruces o de chuchos callejeros, que para eso ya no me alcanza la ciencia.

-Mujer -dijo Amelia, deseosa de liberar a su amiga de su modestia-, con saber las razas ya te basta. Los cruces son cruces y los chuchos, chuchos lo mismo que los pastores belgas, pastores belgas y los doberman, doberman.

-Hablando de tu hijo -dijo Fani entonces-. ¿Qué porcentaje de minusvalía tiene?

-El setenta y cuatro con cuarenta y cinco -dijo Amelia.

-¡Qué precisión la de los técnicos! ¡Para pasmarse! ¿Y qué le vieron a tu niño para ponerle hasta decimales? -dijo Fani sorprendida.

-Algo muy grave seguramente porque mi niño no es normal -Amelia pronunció estas palabras con el énfasis de quien quiere que el oyente sobreentienda todo un mundo detrás de ellas.

-Los que sí lo somos deberíamos apreciar en su justa medida lo maravilloso que es ser una persona normal -dijo Fani.

-Y que lo digas, Fani -dijo Amelia-. Yo, a veces, quisiera hasta ser un hombre para ser completamente normal...

Seis microrrelatos comicopatéticos (V)

A Julia Siles


A María, todo el mundo sabía en el pueblo que se la había dejado el novio. Cuando se enteró de que salía ya con otra, se encerró en el cuarto de baño y cogió una cuchilla de afeitar de su hermano para cortarse las venas. Pero antes quiso dar un repaso rápido a su vida. Todo había sido dolor en su vida. Las palizas de su padre borracho, el abandono del instituto para alimentar a sus hermanos porque su padre había muerto de cirrosis hepática, la indigestión de gambas en la boda de su hermana mayor... No podía acordarse de nada bueno. 

-¡Ay, madre mía...! -se dijo de pronto-. ¡Si mañana tengo que plancharle las camisas a mi hermano, que se va de viaje con la orquesta municipal al certamen internacional de bandas de Palencia! ¿Cómo se va a ir este pobre con las camisas arrugadas? ¡Y lo que me fastidia a mí planchar...! Pero, si no lo hago yo, la Loreto ya sabemos cómo es... Que se lo den todo hecho, si pero, en cuanto tiene que hacer algo ella, ni siendo cosa de salvarle la vida a alguien te reconoce que hace falta hacerlo...

María lanzó al suelo la cuchilla mientras decía:

-¡Ay, Señor, qué vida más arrastrada! Ni matarme puedo.

20 de agosto de 2012

Abducciones en México

A Miren E. Palacios

Al ufólogo en paro santanderino Roberto Brevas le cayó a principios de mayo del 2012 una chapucilla para una revista de ciencias ocultas que nacía al rebufo de la expectación que habían levantado las profecías mayas. Debía hacer un pequeño dossier sobre los OVNI's en tierras de México, ese era el encargo. No importaba de qué casos ufológicos escribiera, lo único que le pedía la revista era que escribiera diez páginas sobre platillos volantes y extraterrestres y que lo hiciera de manera intrigante y aterradora para conseguir una clientela lo más abultada posible. 

-Nuestro mecenas es un millonario muy interesado en este proyecto -le dijo el director de la publicación y, mostrando en el tono cierta avergonzada consternación, continuó-. Este hombre considera nuestras temáticas un instrumento útil para entretener y contentar a los degenerados y a las razas inferiores e impedirles que sean captados por el comunismo antes de que... se logre su exterminio. En fin... yo solo soy un periodista, no me dedico a reestructurar personalidades tortuosas... De todos modos, su generosidad con nosotros no es ilimitada y, si el proyecto no funciona, no habrá más dinero.

A las diez de la mañana del día nueve llegó a la capital de México en un vuelo desde Madrid. Tenía todos los gastos pagados por la revista y se dedicó en primer lugar a llamar desde un hotel a todos los ufólogos locales que tenía anotados en su antigua agenda de tiempos de la oleada del chupacabras, allá por los 90'. Pero los números telefónicos que tenía no le permitieron localizar más que a un ufólogo en activo pero ya firme partidario de la hipótesis escéptica psico-social, según la cual los OVNI's eran una materia muy digna de estudio que, pese a todo, no existía. 

Pasó la tarde deambulando por la ciudad sin ganas de buscar noticias recientes sobre OVNI's en internet. Le robaron la cartera primero y el reloj después. Cuando fue a preguntar a un policía cómo se volvía al hotel, hubiera jurado que el reloj que llevaba puesto era el suyo, pero este investigador del fenómeno extraterrestre tuvo que descartar la hipótesis por ser demasiado descabellada. Al llegar al hotel, vio a tres personas con una pancarta enrollada entrar delante de él. Por charlar un poco, pues se estaba aburriendo, le preguntó al recepcionista si sabía por qué llevaban aquellos clientes una pancarta.

-Mañana vienen de todas partes de México a pedir justicia para los desaparecidos -respondió el recepcionista.

-¿Qué desaparecidos? -preguntó Roberto Brevas.

-Muchos jóvenes desaparecen en México pero la policía no investiga  -dijo el recepcionista.

En el cerebro bien entrenado en el prejuicio extraterrestre de Roberto Brevas, se encendió un foco que iluminó, al modo de una revelación, las palabras del titulo del dossier que todavía estaba por escribirse: DECENAS DE POSIBLES ABDUCCIONES EN MÉXICO. EL GOBIERNO MEXICANO SE NIEGA A INFORMAR A LOS FAMILIARES. El dossier ya era cosa de mero trámite, pensó, bastaban unas cuantas entrevistas a los manifestantes, luego ir a tocarle las narices a un policía, que si había suerte, contestaría con evasivas pero se dejaría fotografiar para la revista y... ¡a casa!

Esa noche se comunicó con la revista desde el hotel y les habló de su sospecha de que los extraterrestres estaban secuestrando mexicanos provocando un silencio de impotencia en las autoridades. El director felicitó a Roberto Brevas indicándole que era precisamente ese tipo de noticias el que necesitaba para su primer número y que sería bien recompensado por tan excelente trabajo.

Al día siguiente, el ufólogo, compartiendo la jornada con los manifestantes, venidos de todos los estados mexicanos e incluso de otros países, y entrevistando a muchos de ellos, no pudo dejar de advertir, pese a su obcecado prejuicio ufológico, que la hipótesis extraterrestre dentro de ese asunto se desintegraba como una roca espacial dentro de la atmósfera. Todo apuntaba a una guerra sucia contra el narcotráfico. 

De todas formas, una foto de un policía en la comisaría quedaría muy aparente y daría peso a la causa extraterrestre incluso en aquel caso. De modo que se dirigió a la comisaría de policía y, una vez allí, preguntó a un agente si le podía hacer una foto. El agente posó mientras el ufólogo disparaba la cámara y después, por no inventarse toda la entrevista, Roberto Brevas decidió preguntarle si tenía idea de a qué eran debidas las desapariciones antes de poner pies en polvorosa.

Lo que el investigador de lo insólito no había siquiera sospechado es que la persona con la que estaba hablando era una persona honesta y bondadosa y, tras llevarle a un lugar apartado, le hizo revelaciones sobre la corrupción de la policía mexicana tan duras que le entró un sudor frío pese a su temple valeroso hecho a oír hablar de las hazañas de los perversos extraterrestres. El buen policía le pidió que divulgara en España lo que le había contado pero sin revelar su nombre. 

Pero de Roberto Brevas ya no se ha vuelto a saber nada. No regresó a su hotel donde se dejó su maleta con todas sus pertenencias. La revista que le contrató publicó un solo número que ahora se vende a precio de oro para coleccionistas de basura. En su portada puede leerse: ¿NUESTRO CORRESPONSAL, EL UFÓLOGO ROBERTO BREVAS, ABDUCIDO POR LOS OVNI's?

Seis microrrelatos comicopatéticos (IV)

A Bea Magaña

-Alicia, por favor, dame una oportunidad. Sabré hacerte feliz. Tienes que amarme. Puedes hacerlo... por favor... te lo suplico, ámame.

Alfredo gimoteaba como un niño frente a una mujer veinte años menor que él y extremadamente atractiva, que había al otro lado del mostrador de una tienda de ropa.

Alicia lo miró con los párpados medio entornados y dijo:

-Alfredo, ni yo soy una ONG ni el amor se puede dar por caridad. Búscate a una persona a la que gustes de verdad.

Alfredo abatió su rostro, se tapó los ojos con una mano y comenzó a sollozar.

-Muy bien -dijo entonces Alicia-, tú ganas. Voy a amarte este lunes, y del miércoles al viernes a las diez de la noche pero a cambio de que en cuanto pase esa hora ya no me quieras nada.

18 de agosto de 2012

El rey de los reencarnados

A Vanessa Richard

El enorme vientre de Jefuda Tragantre tembló blandamente mientras se acomodaba como podía en el trono. La hebilla metálica del cinturón de sus pantalones estuvo a punto de estallar bajo su túnica de relucientes estrellas bordadas con hilo de oro con el bailoteo que hubo de hacer para encajar el trasero en el asiento mesiánico.

Los dos sacerdotes oficiantes, vestidos a la manera de Star Trek, que le seguían en el cortejo hasta el altar, encajaron sus espadas láser de juguete en dos hendiduras en el respaldo del trono de forma que quedaron cruzadas sobre la cabeza de Jefuda Tragantre, el Gran Enviado de la Osa Mayor, Rey de los Reencarnados de la Tierra y Máximo Sacerdote del Dios Zumbadwey. 

Los fieles se habían puesto en pie al entrar estas tres figuras y estaban muy ocupados haciendo con los brazos, las manos y la cabeza unos extravagantes gestos que repetían una y otra vez del mismo modo. De pronto uno de los dos oficiantes dio en la mesa del altar unos golpes con una maza como de juez y dijo:

-Emitamos vibraciones al cosmos, hermanos.

Entonces todos los asistentes comenzaron a hacer vibrar sus cuerdas vocales tirando el aire por la nariz. Durante unos tres minutos, aquel sonido dio al templo una ligera semejanza con una cuadra de ganado vacuno. Un nuevo golpe de maza interrumpió los mugidos y recomenzaron los signos mímicos de los asistentes. El otro oficiante se colocó ante un atril con un micrófono y dijo:

-Zumbadwey no permite que tropecéis en el escalón de vuestro portal.

Y a continuación todos respondieron al unísono:

-Los portales son de Zumbadwey.

Entonces el oficiante buscó una página del libro del atril y leyó:

-Sentencia mil doscientos treinta y cuatro de las sesiones de ouija de Praga: "Oh, Prole Reencarnada de la Tripulación del Viaje Fecundador, Zumbadwey nos protege, Zumbadwey nos guía, Zumbadwey dispone, Zumbadwey castiga nuestros errores, debemos obedecer a Zumbadwey porque Zumbadwey es nuestro  gran plan, el único plan que nunca falla."

Buscó de nuevo una de las páginas y leyó:

-Sentencia cuatrocientos cincuenta y dos de las sesiones de ouija de Bucarest: "No temáis los cortocircuitos en el panel de mandos, temed solo a Zumbadwey porque no siempre el técnico electricista estará sobrio"

Luego leyó:

-Sentencia ochocientos noventa de las sesiones de ouija de Praga: "Zumbadwey os quiere iguales porque no tiene un plan para cada hombre."

Por último, leyó:

-Sentencia mil doce de las sesiones de ouija de Milán: "Oh, Prole Reencarnada de la Tripulación del Viaje Fecundador, para que todos los hombres sean iguales, Zumbadwey ha creado unos poquitos diferentes que cargan con lo que os sobra."

A continuación dijo: 

-Hermanos, sed generosos con Jefuda, él tiene que cargar con lo que os sobra.

El otro oficiante recogió entonces en una canastilla los abundantes donativos de los asistentes.

Cuando todos habían dado ya su dinero, Jefuda se intentó levantar pero estaba tan encajado en la silla que se puso en pie con ella pegada a su trasero. Los oficiantes consiguieron sacársela pero en ese momento la hebilla de su cinturón acabó de romperse y su pantalón quedó a la altura de sus talones. Los oficiantes iban a levantárselos de nuevo pero él temía que la operación descubriera parte de su rolliza desnudez y se lo impidió con un gesto. A pasitos cortos intentó bajar las escaleras con tan mala fortuna que tropezó y cayó sobre los escalones remangándose su túnica intergaláctica con lo que exhibió sus calzoncillos de lunares rojos a toda la feligresía. 

Los diligentes oficiantes le volvieron a tapar el trasero y le ayudaron a reincorporarse pero se olvidaron de subirle los pantalones y siguió caminando a pasitos cortos hasta franquear la puerta de la sacristía.

Seis microrrelatos comicopatéticos (III)

A Susana Escarabajal

Carlos estaba en el piso de estudiantes viendo el televisor junto a Eva.

-Eva -dijo de pronto-, dime de una vez qué tendría que tener yo para que te enamoraras de mí.

-Jamás lo sabrás -respondió Eva.

Carlos mostró, con un gesto, su impaciencia y desesperación.

-Imagínate -se explicó Eva- que te lo digo. Si lo sabes y consigues enamorarme, acabaré teniendo una relación con un hombre que no me gusta. 

16 de agosto de 2012

El abogado

A Itziar D'Alma

Su madre, en el momento de darle a luz, sintió que aquellos nueve meses de molestias y dolores estaban teniendo un apropiado colofón aunque no por ello menos excesivo. Su cuerpo se estaba abriendo para expulsar lo que su abultado vientre escondía pero con tal dolor que a veces vacilaba su intención de acabar de sacarlo afuera. Cuando por fin escuchó el llanto del prodigioso niño, estaba tan exhausta que hasta los labios le temblaban al sonreírle.

Alfredo le dio a su madre noches de insoportable insomnio y días de desvelos al inicio de su vida. Cuando empezó a tomar la papilla, lloraba y renegaba de las cucharadas tanto que su madre enfermó de los nervios y contrajo fobia a los potitos. Tanto le fatigaba el niño cuando comenzó a andar y a poner infinitas veces en peligro los objetos de la casa y hasta a sí mismo que recordaba con nostalgia cuando acarreó piedras enormes para construir una ermita en el pueblo.

Al cabo del tiempo, cuando iba al colegio, su madre no paraba de limpiarle la ropa, hacerle meriendas, ayudarle en los deberes, reñirle y gritarle cada vez que se portaba mal y aconsejarle con firmeza y resolución cada vez que estaba triste. Sufría por sus notas y por los amigos que traía a casa, por cada tos y cada estornudo, por su rubor o su palidez, por lo que le contaba y lo que se callaba. Sufría por él lo mismo cuando sufría un poco que cuando estaba demasiado feliz, lo mismo cuando la enfadaba que cuando le despertaba ternura.

Al llegar a la adolescencia, se dolía de que, siendo todavía un niño ignorante, hubiera dejado de obedecerle. Hubo de inventarse un sinfín de estrategias y echar mano de trabajosas artimañas para que no fuera del todo por el mal camino. Aún así, cuando entró en la Universidad, no tuvieron límite las lágrimas que derramó porque su hijo quería ser abogado y no un bohemio soñador y poeta. Todo lo dejó pasar, no obstante, porque pensó que abogaría siempre por causas justas.

Pero, cuando acabó la carrera y el primer caso que aceptó fue como defensor de un maltratador de su esposa, su pobre madre echó a su hijo de casa, cambió la cerradura e hizo testamento para legar su patrimonio enteramente a una reserva de buitres. Sic transit gloria mundi.

Seis microrrelatos comicopatéticos (II)

A Nieves Delgado

Salva vivía amargado, metido en el torbellino de un círculo vicioso, y su amiga Silvia lo estaba todavía más viendo el estado en que se encontraba su amigo y lo mucho que la importunaba.

Salva se había encontrado innumerables veces ante el ultimátum inapelable de Silvia

-O amistad o nada...

Él se decidía siempre por la amistad pues la quería enormemente y no podía soportar la idea de quedarse sin su compañía. Pero, a las pocas semanas, volvía a sentir la agridulce llamada del amor, llevado por la falsa ilusión de que ella al fin le correspondía. Entonces él comenzaba a tomarse unas libertades que la soliviantaban y la acosaba hasta un punto intolerable para ella y todo acababa en un nuevo ultimátum que era el comienzo de un nuevo periodo con un desenlace similar a todos los anteriores.

Así que al final el ultimátum fue diferente a los anteriores. Esta vez, Silvia dijo a Salva:

-O pides ayuda o nada...

Ahora el pobre Salva está en un centro especializado en tratar dependencias donde le inyectan sustancias para aliviarle el mono de amor.

13 de agosto de 2012

Los racistas

A Katy Reyes

Abelardo Estepona Sotelo y su esposa Marta Suárez Pimienta eran oriundos del mismo Madrid, salidos de dos familias de la alta sociedad del Madrid Madrid de siempre. Lo que más odiaban en la vida eran dos cosas: la gente de piel más o menos oscura en primer lugar y, en segundo, siguiéndoles muy de cerca, la gente pobre, tan ordinaria, sucia y estúpida, según ellos.

En verano, eran de los pocos madrileños que se quedaban en casa. Para ellos, no había ningún sitio decente en el mundo fuera de Madrid o el Vaticano. Todos los demás eran para gente chabacana y medio imbécil o estaban llenos de comunistas y hombres perversos.

Por no ir, no iban ni a Las Ventas a ver torear a los mejores por San Isidro porque les parecía que no era de su alcurnia y cultura asistir a un espectáculo donde los toreros mostraban en la entrepierna semejante bulto y donde todos los que participaban eran vulgares y medio incultos. No, Abelardo y Marta los únicos sitios a los que iban eran la cadedral de la Almudena los domingos y al Prado o al Bernabéu, a ver jugar al mejor equipo del mundo.

Su cultura no era, sin embargo, tan vasta como ellos creían, más bien tiraba a basta. Sus familias eran de las que, por no leer, no leían ni los prospectos de los medicamentos. Preferían dedicar el tiempo a visitar a las duquesas y burguesas para conocer detalles escabrosos sobre las vidas de los miembros de su clase cada vez que les dejaba algo de tiempo su obcecado empeño en superar el billón en su cuenta de ahorros.

Abelardo y Marta se toleraban bien el uno al otro. Eso sí se les daba bien: la condescendencia paternal con lo que no les molestaba en exceso. Por ejemplo, toleraban bien que los seguidores del Real Madrid rompieran el mobiliario urbano el día que celebraban una victoria grande. Aquella gente enloquecida por el alcohol y el fanatismo les parecía la parte más sana del pueblo de Madrid, la que acataba y admiraba la superioridad de la clase pudiente de la capital.

Si ya odiaban a los inmigrantes musulmanes antes, desde el atentado del 11 de marzo, el odio que les tenían los superaba y les hacía hervir la sangre provocándoles tales crisis de indignación que al domingo siguiente tenían que decir al confesor que habían cometido pecado de ira. El cura los absolvía tranquilamente al conocer la causa. Sin embargo, como eran defensores de la tesis conspirativa que divulgó el diario El Mundo, jamás declaraban en público que su odio a los musulmanes tuviera que ver con aquel atentado masivo, según ellos, obra del grupo terrorista ETA aunque el PSOE lo estaba haciendo pasar por una matanza islamista en una conjura contra el PP sin precedentes en la reciente historia española.

Pero el destino les tenía reservado, dentro de sus opulentas aunque insatisfechas vidas, un encuentro inesperado y de gran trascendencia con una persona de aquella cultura. Bajaba un sábado por la noche Abelardo de su despacho en la oficina de su empresa cuando, al ver a una de las limpiadoras fregando los escalones, sabiendo que era musulmana por el velo que llevaba a la cabeza, se apartó con repugnancia a un lado haciendo un aspaviento despectivo, que la mujer, muy bella y de unos 30 años, no pudo dejar de percibir pero, acostumbrada a resignarse a tener un papel inferior ya en su propio ambiente, como mujer que era, transigió modestamente. 

Bajados tres escalones más, Abelardo dio un traspiés y, cayendo hacia adelante, se abrió una brecha en la frente y quedó inconsciente. La mujer musulmana, que se llamaba Fadwa y era Marroquí, bajó inmediatamente a socorrer a Abelardo. Se quitó el velo y, tras formar con él una cinta, taponó con la parte central la herida, de la que manaba abundante sangre, y ató fuertemente los dos extremos en el lado opuesto de la cabeza para poder tener las manos libres para transportar al herido al ascensor.

Mover el cuerpo de Abelardo, aunque iba mucho al gimnasio, no era tarea ligera para una mujer. No era, ni mucho menos, el prototipo exacto del hombre delgado pues no se privaba de ningún placer gastronómico; de hecho, llamarle corpulento parecería un eufemismo. Con un grandísimo esfuerzo y sacrificio, Fadwa lo llevó arrastrando hasta el ascensor y comprobó que no funcionaba, entonces cayó en la cuenta de que el sobresalto le había hecho olvidar que el ascensor estaba averiado desde por la mañana, motivo por el cual Abelardo había intentado bajar por las escaleras.

Hasta la planta baja restaban tres pisos, que Fadwa se creyó en la necesidad de bajar con el herido pues, a pesar de la compresa improvisada, la herida seguía manando un pequeño hilillo de sangre y no había tiempo que perder. Sabía que moverle bruscamente sólo conseguiría aumentar la gravedad de la hemorragia, de modo que fue hasta el cuarto de los utensilios de limpieza, que era el único del que tenía la llave y estaba en la primera planta, separó con gran esfuerzo los goznes de la puerta y, arrastrando la hoja, porque era de madera muy pesada, la subió hasta donde estaba el herido. Una vez allí, colocó el cuerpo de Abelardo sobre la hoja y comenzó a empujarla hasta la escalera que llevaba al rellano de abajo. Temiendo que la puerta se deslizara tan rápidamente cuando la dejara sobre los escalones que derribara al herido, se colocó delante y sentándose de escalón en escalón para guardar mejor el equilibrio y sujetando por la espalda el borde de la puerta, fue bajando los escalones hasta la planta baja donde dejó enseguida a Abelardo y corrió bajo las farolas encendidas de la ciudad, inhóspita ciudad, para pedir ayuda al primer coche que parara.

El primero que paró fue un tunecino con un coche que superaba el nivel de polución permitido. Rápidamente agarraron a Abelardo de brazos y piernas y, con más voluntad que fuerzas, lo metieron en el coche y enfilaron hacia el hospital La Paz. Cuando el celador que estaba en información vio a Fadwa y al tunecino pedirles una camilla con sus acentos extranjeros, lo primero que les dijo fue:

-Si no están cotizando a la Seguridad Social o abonan los gastos, no podemos atenderles.

Pero Fadwa con gran nerviosismo dijo:

-¡Es hombre importante... muy rico... español... se está desangrando...!

La expresión del celador cambió por completo y llamó a unos camilleros. Abelardo salvó la vida, según los médicos, gracias a la acción de Fadwa y del tunecino, que se llamaba Abdul-Mujîb. Según sus estimaciones, si lo hubieran atendido un cuarto de hora más tarde, no habrían podido salvarlo.

España es país abierto a todas las culturas y que acoge con simpatía a todas las razas y credos. Solo las personas que ven en peligro sus anacrónicos privilegios ante la llegada al país de gente a la que la mentalidad tradicionalista no es capaz de coaccionarles del mismo modo que a los españoles autóctonos, pueden tener algo que decir contra los extranjeros que llegan al estado español. Lo único que pueden temer los racistas españoles de la inmigración es el advenimiento, dentro de nuestras fronteras, de la inteligencia y la racionalidad.

Abelardo se enteró de la hazaña de Fadwa y del gesto del tunecino pero no quiso que las televisiones hablaran del asunto y el caso no llegó a ser conocido públicamente. Abelardo, para compensar a sus dos salvadores, los invitó a comer a su casa un día de entre semana para que no coincidieran con invitados de postín, a los que habría sentado mal la comida si la hubieran compartido con dos musulmanes de tan humilde extracción social.

Marta, después de la comida, enseñó a Fadwa la colección de pipas que heredó de su padre, pero no le quiso enseñar ninguna otra cosa de importancia porque temía despertar su codicia y tener que dársela. Por su parte Abelardo enseñó a Abdul-Mujîb un libro sobre la Guardia Civil porque pensaba que quizá tuviera algo que ver con terroristas y quería infundirle temor por las fuerzas de seguridad del estado. Fadwa invitó a Abelardo y Marta a comer a su casa para corresponder a su hospitalidad pero Abelardo se negó:

-De ninguna forma, Fadwa, tu sueldo de limpiadora no te permite agasajarnos de esa manera -dijo-. Nos damos por cumplidos, muchas gracias.

A todo esto Marta dijo a Abelardo delante de sus anfitriones:

-Abelardo, ¿no les vas a dar nada?

Abelardo se quedó blanco y respondió tartamudeando:

-Sí, por supuesto, voy a buscar en la billetera...

-¡No, por favor...! -dijo Fadwa avergonzada. Pero luego, viendo en el rostro de Marta su expresión de fingida bonachonería infantil, sintió que era objeto de un irreprimible menosprecio por parte de aquella gente y decidió que era inútil intentar convencerles de su nobleza de carácter.

Seis microrrelatos comicopatéticos (I)

A Isi Dávila

Marcos, al salir del retrete del bar, vio a Elisa en la barra. Se aproximó a ella y le dijo:

-Elisa...

-¡Largo de mi vista, energúmeno! -le gritó Elisa.

-Elisa, yo te amo... -dijo Marcos.

-¡Largo o llamo a mi novio que ha ido a comprar tabaco! -respondió Elisa.

-¿Tanto te cuesta amarme, Elisa? 

-¡Y tanto que sí! ¡Largo de aquí o llamo a la policía!

-¡Elisa, me amarás alguna vez!

-¡Jamás...! ¡Jamás...! ¡Ni cuando las ranas se peinen con raya en medio!

Marcos inclinó al suelo el rostro y dijo, tristemente, bajando la voz:

-Está bien... El mes que viene te lo preguntaré otra vez.

11 de agosto de 2012

¿Qué piensas?

A Beatriz Viña

La profesora Adela Núñez estaba de pie junto a la pizarra enseñando a sus alumnos a hacer raíces cuadradas cuando entró su colega de séptimo de EGB, Enrique. Este iba a pedirle un mechero para mostrar a sus alumnos un experimento de laboratorio pero, al verla tan hermosa aquella mañana, empalideció y tras aproximarse a ella aceleradamente, la cogió entre sus brazos y la besó apasionadamente en la boca. Ella se puso toda colorada y, mientras su colega volvía a salir precipitadamente de la clase, se arreglaba el pelo, que se le había revuelto durante el arrumaco. 

Los alumnos, después de la lógica carcajada general, sonreían maliciosamente a la señorita Adela. Ella, enfadada, preguntó a uno de ellos, que le miraba con expresión especialmente cáustica:

-¿Qué piensas, Fernando?

-Que ese profesor no es su novio de verdad -contestó Fernando.

-¡Fuera de clase pero ya! -gritó Adela con ira.

Mientras Fernando salía, la señorita Adela preguntó a una niña que había cruzado una mirada con su compañera de pupitre en la que, con toda evidencia, se percibía una cierta sorna:

-¿Y tú que piensas, Josefina?

Josefina respondió con tono un poco descarado:

-Nada... que las matemáticas calientan mucho... la cabeza.

-¡De cara a la pared media hora! ¡Y rápido! -gritó la profesora.

Los niños se habían puesto muy serios pero Pablo, uno de ellos, no había podido evitar reírse con el chiste de Josefina y aún estaba tratando de dominar su risa nerviosa. Adela se aproximó a él lentamente y, cuando al fin remitieron las repetidas carcajadas, le preguntó en un tono aparentemente tranquilo:

-¿Qué pensabas, Pablo? 

-Nada, señorita -respondió Pablo empalideciendo.

-Di, hombre; queremos reírnos todos porque esta mañana es la mañana de la diversión y la alegría... -dijo Adela y, con un tono más sombrío y amenazante que en la anterior ocasión, volvió a preguntar:- ¿Qué pensabas, Pedro?

-No sé... -respondió el niño mirando tristemente al suelo.

Adela, en ese momento, disparó su mano contra la mejilla de Pablo y volvió a la pizarra. Pero, cuando estaba escribiendo una ecuación con la tiza de espaldas a la clase, oyó la voz de Pablo llamándola:

-Señorita Adela...

Ella se volvió y dijo:

-¿Qué?

-A nosotros nos castiga solo por pensar pero a don Enrique, que ha sido el que le ha dado el beso, ¿qué le va a hacer?

Los koko-kolo'nganga

A Sol Maya

Según un estudio muy serio del antropólogo parmesano, Fortunato Malhadado, la tribu africana de los koko-kolo'nganga creen que los miembros de su comunidad que sean fieles y morigerados cumplidores de las buenas maneras sociales son individuos maleducados, ordinarios y, además, arrogantes y soberbios. En cambio, los que, por actuar como les dicta su corazón en cada momento, dan una impresión rarísima en los demás son tenidos como personas de muy agradable trato, amables, consideradas y modestas porque su comportamiento da pie a que los demás las traten también como les dé la gana.

9 de agosto de 2012

Cada cual salve su pellejo

A Isi Dávila

Un hombre muy alto y delgado, vestido con ropas policromadas y poco usuales, con un bonete a la cabeza y la piel negra entró en un bar de Alicante, se dirigió a la barra y le dijo al hombre que servía en ella si tenía trabajo para él. El barman, que también era dueño del local, le respondió que no y en silencio le observó marcharse. 

-Dan miedo estos negros -me dijo a mí, que, en ese momento, estaba en la barra comiéndome unos callos-, no se sabe si  tendrán hasta costumbres caníbales.

-Ese creo que no es caníbal -dije yo entonces-, en esta ciudad sobra gente y en cambio a él le faltaban unos kilos.

-Puede ser -dijo el dueño-. Pero cuando vea que no le da nadie trabajo, ¡hala... a robar! Esa gente viene de la selva y es medio salvaje, no tienen ni idea de lo que es la propiedad privada.

-En eso se parecen y hasta son superados por los banqueros y los políticos de España -dije yo.

-Siempre están con sus guerras y tienen sus países hechos un desastre -dijo el dueño del bar- pasan hambre pero es por lo mala gente que son.

-No sé cómo andan de moral pero creo que no son inventos suyos ni la metralleta ni la granada ni el cañón ni la bomba atómica -dije yo.

-Siempre nos están enseñando en la tele a las horas de la comida esos niños con el vientre hinchado por el hambre -continuó el dueño del bar-. ¿Tengo yo la culpa de eso? ¿A mí qué más me da? Que cada cual salve su pellejo y ya está. ¿Me da a mí alguien algo? ¿No he conseguido yo todo lo que tengo partiéndome el espinazo?

-No digo que no pero ¿qué es lo que tienes? -dije yo dejando la cuchara en el plato de los callos-. Trabajas todo el día y no te queda ni tiempo para disfrutar de la vida. Llegas a casa y lo único en lo que puedes entretenerte es la tele, que en lugar de sacarte de la rutina diaria con reflexiones serias sobre el sentido de la vida, te castiga con su propia rutina, que no tiene el más mínimo sentido, y te llena la cabeza de historias que, en circunstancias normales, te importarían un bledo. Y, por si eso fuera poco, acabas más insatisfecho aún que si no hubieras encendido el aparato porque la publicidad te acaba convenciendo de que necesitas el detergente que lava más blanco, la taladradora que taladra más fácil, la empresa de telefonía que mejor te sabe servir, el coche para los hombres más hombres, el aire acondicionado más silencioso y hasta el papel higiénico más suave.  

"Si puedes con el trabajo y la televisión, aun te queda aguantar un sistema en que apenas cuentan las personas como individuos y, si no eres una pieza común y corriente que encaje fácilmente en este mundo de fabricas y cadenas de montaje, estarás tan solo como en una isla desierta.

"Te jubilas a los 65 años pero a los cuarenta ya no encuentras trabajo. Tampoco lo encontrarás a los 35 si no tienes experiencia laboral. Nuestros médicos parecen veterinarios porque nos tratan como a bestias, nuestras escuelas e institutos nos enseñan a avergonzarnos de ser nosotros mismos y, en lugar de convertirnos en seres racionales, hacen locos de los alumnos.

"Y pese a tu necesidad de, al menos, sentir que eres un ser humano y estás vivo, difícilmente encontrarás a nadie que te dé afecto y calor y, lejos de ello, tendrás que conversar sobre deportes, política, economía o crímenes, temas que en el fondo te dejan frío, cada vez que quieras sentir cerca de ti a una persona.

"Acabamos nuestros días lejos de nuestros hijos, a los que hemos criado con cariño, porque nos recluyen en residencias de ancianos y, cuando culturas más pobres pero más sabias tratan a los hombres viejos respetuosamente, en la nuestra acaban solos y amargados, perdidas sus raíces como para hacer más horrible la muerte. 

"¿Sigues pensando en serio que trabajar cada cual para uno mismo es la solución para todos los problemas? ¿No crees que, si ayudas a los demás, te estás ayudando a ti? Tu falta de generosidad también te da hambre a ti, quizá no de alimentos, pero sí de cualquier otra cosa que necesites. Si no eres generoso, eres un fanático y ningún fanático alcanza jamás la felicidad. Su vida depende de los demás, de los que espera que se ajusten a su modelo, un sueño que jamás se cumple. Su felicidad no estriba en aceptar lo que le trae la vida sino que quiere que sea la vida la que acepte lo que su obcecación le pide. Por tanto, no ser generoso con los demás es la forma más extremada de ser mezquino con uno mismo."

-La teoría suena bien -me dijo el dueño del bar-, pero yo no he visto nunca que quien da veinte euros regalados los vuelva a ver en su vida. Aquí el que no corre vuela. Si hay que ser mezquino se es pero antes que nadie está uno. Pero en algo sí tienes razón: trabajo como un negro. De hecho, estoy pensando en contratar a un empleado para aligerar trabajo. Pero aun no ha resultado nadie por aquí y lo voy dejando...

-¿En qué tipo de persona piensas para cubrir el puesto? -pregunté.

-No soy remilgado para eso -respondió-, cualquiera me serviría.

-¿Y por qué no un negro?

-Los negros son gente sucia -respondió-, no quiero suciedad en mi local.

-El color de la piel es genético -dije yo-, no producto de la falta de aseo.

-Tú debes ser un poco de izquierdas -me dijo entonces el dueño del bar dejando escapar una risita condescendiente-; en la forma de hablar se advierte que no eres del todo imparcial.

-Tu capacidad para los prejuicios es casi ilimitada, amigo -dije yo-; encajarías muy bien en un régimen stalinista.

En ese momento, se nos aproximó un joven de unos 25 años con acento y aspecto de español autóctono que le dijo al dueño:

-Oiga, ¿es verdad que necesita un empleado? Es que he estado escuchándoles...

-Pues sí -dijo el dueño-; verdad es.

-Me gustaría trabajar aquí -dijo el joven-. Es un sitio muy agradable. Me encanta la hostelería.

El barman se quedó mirando al joven con una sonrisa congelada en el rostro y al final dijo:

-Estás contratado, chaval. Mañana a las siete, aquí.

Un año después regresé a aquel bar para tomarme, una vez más, unos callos porque me habían gustado mucho los que me tomé allí en la anterior ocasión pero me encontré el local cerrado.

Al otro lado de la calle, había otro bar, casualmente y entré para tomarme allí los callos. En la barra había  un hombre negro que bien podría ser el que llegó aquella vez a pedir trabajo al dueño del bar cerrado.

Le pedí unos callos y le pregunté, por decir algo, si era el dueño del local:

-No, yo empleado -dijo él atropellando la gramática española-; mi jefe, vacaciones ahora.

Comprobé que los callos que hacía aquel hombre estaban mucho mejores que los que probé en el bar del otro lado de la calle y le pregunté si sabía por qué lo habían cerrado.

-Dueño contrató hombre malo para ayuda -dijo el hombre-. Era sucio; gente no quería ir más. Le robaba caja cuando no le veía. Dueño le echó. Él matar y comerse una pierna. Estaba loco, loco peligroso.  Ahora, encerrado con bozal. Hombre joven pero como regadera. Españoles muchos mal cabeza. En selva costumbres más sanas...

Lástima de callos, pensé, porque a partir de aquel momento no pude seguir comiéndome el delicioso plato que me había preparado aquel excelente cocinero.

Pagué la cuenta, medio mareado me salí afuera e irguiéndome respiré aire hondamente tras lo que recuperé el dominio de mis fuerzas. Volví a entrar y pedí al hombre un vaso de agua. Me lo dio y, al ver mi palidez, me dijo:

-Yo también mareé cuando saber lo que comió loco.

Le alargué mi brazo y estrechamos nuestras manos mientras le decía:

-Nuestras almas son hermanas.

Entonces me sirvió un brandy y dijo:

-Para calmar. Paga casa.

En ese momento acabé de comprobar por qué aquel local estaba repleto de clientes y pensé que un empleado como aquel era de los que hacían feliz a su jefe.

Amor o amistad

A Ana Quevedo

Aránzazu estaba sentada en el parque leyendo un libro de poemas y llegó Aitor. Se sentó junto a ella sin decir nada, porque nunca hablaban mucho. Pero, al cabo de un rato, Aitor se rascó la cabeza y dijo:

-Arantxa, ¿lo nuestro es amor o amistad?

Aránzazu se levantó y comenzó a caminar por el parque mientras Aitor le seguía. Luego salió del parque y avanzó en línea recta tres o cuatro manzanas. Dobló la esquina por el bar de Edurne Zabaleta y luego cruzó el río acariciando el barandal del puente. Aitor iba detrás pensando muy nervioso en qué le contestaría a su pregunta. Arantxa caminó por la zona antigua de la ciudad durante una hora, recorriendo las calles en zigzag. Aitor se desesperaba, no entendía por qué se lo estaba pensando tanto. Finalmente, llegó a la playa, se quitó los zapatos y con ellos en la mano paseó sobre la arena. 

Aitor se puso delante de ella y le dijo:

-Arantxa, ¿lo has pensado ya?

-¿Si he pensado el qué? -preguntó Aránzazu.

-¿Lo nuestro es amor o amistad? -repitió Aitor.

-Aitor -respondió Arantxa-, no he estado pensando en tu pregunta. Estaba demasiado distraída disfrutando de tu compañía.

6 de agosto de 2012

La Guerra del Archipiélago Malayo

A Mónica Benítez Tarrés

El escuadrón E-50 estaba acampado frente al templo sin atreverse a cometer una infamia contra Dios entrando con violencia en el recinto sagrado, donde estaba metido el mando supremo del último reducto de resistencia en el sudeste.

El oficial al mando del escuadrón pidió a su subordinado a cargo de la radio que le pusiera con el cuartel general. El subordinado accionó los botones del artefacto y le pasó el auricular:

-Aquí el comandante Álvarez, aquí el comandante Álvarez, general Smith, tenemos una problemática.

-Aquí el general Smith -respondió el aparato-. ¿De qué problemática se trata?

-Mi general, estamos a punto de cazar a la cúpula de la resistencia del sudeste pero no nos atrevemos a continuar la ofensiva porque se han refugiado en un templo.

-Mi enhorabuena, es una gran noticia, Álvarez, serás condecorado si conseguimos solucionar este contratiempo de narices. De momento continúa cercando el templo sin hacer nada. Voy a pedir consejo al Secretario de Defensa.

El general Smith, dejó el auricular de la radio y volvió a su despacho en un barracón del frente noreste abanicándose con un pai-pai. Una vez allí, conectó el ordenador y envió un mensaje al chat del Secretario de Defensa. Su mensaje decía:

Estimado y honorable señor Secretario de Defensa, la guerra está a punto de terminar, gracias a Dios, pero el oficial que lleva a cabo la batalla final necesita permiso para entrar con sus fuerzas en un templo.

Al cabo de unos diez minutos, en el chat aparecía este breve y desconcertante mensaje:

¿Quién es usted y de qué guerra me está hablando?

El general Smith se apresuró a teclear la respuesta que se le demandaba no sin un cierto grado de perplejidad.

¿Qué guerra va a ser, señor Secretario de Defensa? La del archipiélago malayo. Fue usted mismo quien me nombró para dirigir la campaña, soy el general Smith...

Está bien, Smith, siga a la espera.

El Secretario de Defensa, Alberto Krulls, sentado en su despacho de la capital del Estado, cogió el teléfono y llamó a su secretario.

-Chi Tsi, hazme el favor, búscame entre los asuntos pendientes "guerra del archipiélago malayo"

-Jamás he oído hablar de ese asunto, señor Krulls -dijo Chi Tsi- dudo que en el archivo haya un tema con ese nombre. Pero buscaré por si acaso.

Al cabo de media hora, Chi Tsi entró con una enorme cara de felicidad esgrimiendo un escueto portafolios y diciendo:

-Tenía usted razón, señor Krulls. ¡Hay una "guerra del archipiélago malayo"! Se me pasó totalmente por alto, ¿cómo he podido ser tan despistado? 

Alberto Krulls tomó en sus manos el portafolios y comenzó a leer. 

-Esta guerra hace cuatro años que se inició y ya ni me acordaba de ella -dijo una vez leído todo el informe-. Claro, tiene uno la cabeza en los problemas de todos los días y pierde de vista lo más importante. ¿Sabes que mi hija ha suspendido el francés? La voy a castigar duramente...

Chi Tsi sonrió, condescendiente, de pie ante la mesa del Secretario de Defensa.

-Pero aquí no dice por qué iniciamos el conflicto, Chi -continuó Krulls repasando con los ojos los tres folios del informe-, y yo no me acuerdo tampoco. Ponme al teléfono con el Alto Mando Militar.

John Juan Huang, un hombrecillo de edad mediana de baja estatura y movimientos vivarachos que estaba comiendo un canapé en una fiesta muy elegante, escuchó el sonido de su móvil, pidió disculpas al corrillo de señoritas en cuya compañía estaba y se dirigió a la terraza para contestar.

-Dígame. Buenas tardes, señor Secretario. ¿La guerra del archipiélago malayo? ¿Y es seguro que somos nosotros los que la hacemos? Perdone mi ignorancia, ya sabe que estoy poco tiempo ascendido... En media hora le informo del detonante y de las motivaciones del conflicto, señor secretario, tenga la seguridad.

Casi una hora después, Alberto Krulls, levantó el auricular del teléfono de su despacho.

-¡No me diga! -dijo con tono de asombro-. ¿Ese es el motivo por el que se inició? No me puedo creer que estemos manteniendo todavía esa guerra cuando podríamos haber utilizado el dinero que nos cuesta en investigación sobre armas superpotentes y entrenamiento de hombres de peligrosidad elevada. Y lo peor es que hemos estado tirando piedras contra nuestro propio tejado. Hay que buscar enseguida responsables. Chi Tsi será el primero que caiga, no me gusta su cara de hombre dormido...

El general Smith tras mucho tiempo de esperar, al fin recibió en el chat el siguiente mensaje.

Smith, diga a su hombre que abandone el campo de batalla. Vuelvan todos a casa en el primer portaaviones que encuentren.

Smith, absolutamente asombrado tecleó este mensaje:

 ¿Y cual es el motivo de esta decisión? Si nos vamos ahora, perderemos la guerra...

El mensaje que el secretario de Defensa  introdujo a continuación en el chat decía esto:

Smith, iniciamos esa guerra para conseguir petroleo del país en el que estás. Pero, a los tres días, su rey nos hizo donación de todo el crudo que se extrajera de sus yacimientos a cambio de la paz. Sin embargo hasta hoy no hemos podido beneficiarnos de esta cesión porque el país estaba en guerra.