16 de julio de 2012

Seis microrrelatos sobre pseudociencias (I)

A una niña llamada Dee


El médium tenía la cabeza, las extremidades y el tórax llenos de electrodos para percibir cualquier incremento fuera de lo común de actividad bioeléctrica; de su boca, nariz y oídos salían conductos cilíndricos de plástico que desembocaban en una caja transparente por si acaso emanaban de aquellos orificios aportaciones de vaporoso y fantasmal ectoplasma; una grabadora registraba los sonidos del laboratorio en espera de conseguir valiosas psicofonías; un termómetro psicotrónico registraba cambios de temperatura significativos para casos de poltergeist; tres cámaras móviles ultravioletas hacían un barrido de toda la habitación cada quince segundos y otra cámara fija en el médium aguardaba cualquier manifestación preternatural. 

Las personas que estaban a la mesa unieron sus manos; el doctor Krauss, con su característica barba de chivo, alzó su rostro al techo y dijo:

-Espíritu, si estás aquí, ¡manifiéstate!

De pronto, una voz desconocida, que no parecía venir de ninguna parte, dijo:

-¿Y si no estoy, qué?

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