23 de julio de 2012

La palestina

A Nora Francucci

Dhuha, sonriente y con brillo en los ojos tiró una piedrecita al hijo del rabino. Éste se volvió y, al verla tan hermosa en sus 14 escasos años, con su pañuelo rodeando su bello rostro y su talle de mujer, esbelto y sensual, le devolvió la sonrisa. Miró un instante a su padre y, al verlo conversando con otros rabinos, se acercó a Dhuha y le preguntó su nombre. 

-Dhuha -dijo ella-. ¿Y tú?

-Noé -respondió él.

-¿Paseamos un rato? -preguntó Dhuha.

Noé miró otra vez en dirección hacia su padre y comprobó que continuaba con los otros rabinos, hablando acaloradamente y mostrando su cólera e indignación por algún tema de los que acostumbraba a tratar con ellos. Entonces, dijo:

-Vamos.

Dhuha le preguntó al cabo de un rato:

-¿Tienes novia?

-No -contestó Noé-. Mi padre buscará la mujer adecuada para mí. Me casaré con una buena judía, practicante de los preceptos de Yahveh. Quiero ser rabino cuando sea mayor.

-Es una pena -dijo Dhuha.

-Ya he visto que te gusto -dijo Noé- y tú a mi también. Pese a que eres palestina, tu cuerpo me gusta mucho. Conozco una casa abandonada a las afueras. Allí podemos besarnos y hacer algo más... Tu cuerpo me gusta. Puedo satisfacer tus deseos.

-Solo quiero un beso -dijo Dhuha-. Con eso ya es suficiente para los dos.

-No es suficiente un solo beso, Dhuha -dijo Noé-. Lo otro también te gustará hacerlo.

-Sólo un beso, Noé... -dijo Dhuha.

Noé agarró entonces a la niña fuertemente de la mano y, sin decir nada más, la condujo velozmente hasta la casa de la que le había hablado.

La arena del desierto había atascado la puerta. Noé, tras apartar la arena, la abrió y dejó que pasara Dhuha. En cuanto estuvo dentro, Noé cerró la puerta y, agarrándola fuerte, la besó. Ella intentó desasirse pero Noé siguió agarrándola y tocándola y comenzó a desgarrarle la ropa. Ella supo que iba a ser víctima de una infamia y en su fuero interno decidió que podía hacer algo mejor que intentar resistirse y acabar, pese a ello, con la ropa hecha jirones y su cuerpo desgarrado.

-Está bien -le dijo a Noé-. Hagámoslo pero con más suavidad.

Al cabo de unos minutos, Dhuha volvió a vestirse con lágrimas en los ojos y el alma dolida. 

-Me ha gustado mucho Dhuha, ha sido gozoso -dijo Noé sintiendo un placer vicioso en hablar abiertamente de aquella experiencia y, quizá sin ser totalmente consciente de lo humillante de su jactancia, continuó:- Cuando quieras que te satisfaga otra vez, me das con otra piedrecita.

-Es lo que pensé hace un rato... -contestó Dhuha.

Cuando salieron fuera otra vez, Dhuha dijo a Noé:

-Ve tú delante, tengo que hacer una cosa. 

-Bueno -dijo Noé. Y siguió caminando.

Dhuha cogió entonces una gran piedra que había junto a ella, en la que ya había reparado cuando llegaron a la casa abandonada, y atizó con ella en la cabeza de Noé. Él cayó al suelo y Dhuha volvió a atizarle una y otra vez hasta que su cráneo se partió. 

El ocaso se señalaba ya en el horizonte cuando Dhuha tomó el camino del desierto en dirección a Gaza.

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