26 de julio de 2012

Esto pasa de castaño a oscuro

A Mary Cruz Sastre

El empresario Eduardo Calvo estaba desquiciado, sentía celos hasta de la sombra de su novia. Siempre que iba por la calle con ella y se daba cuenta de que la miraban, le hervían las meninges. Se habría liado a tortas hasta con un obispo si se hubiera atrevido a sonreírle.

-¡Marta, esto pasa de castaño a oscuro...! -le decía cuando flirteaba con alguien.

Un lunes, después de las diez de la mañana, salió de su despacho para desayunar en un restaurante con un cliente japonés. 

Pero su sorpresa fue mayúscula al ver a Marta con un hombre muy alto paseando acompañados de mucha gente. Eduardo, lleno de ira, se acercó por detrás y, rápido como una exhalación, la agarró de la mano y, tirando de ella, la iba conduciendo, con celeridad inusitada, por el trayecto sin rumbo premeditado que su furia celosa le impelía a seguir mientras le decía:

-¡Marta, esto pasa de castaño a oscuro...! 

Al doblar la primera esquina, se paró y se volvió hacia ella por primera vez desde que la cogió de la mano y fue en ese momento cuando, milésimas de segundo antes de que un guardaespaldas grande como un oso cayera sobre él y lo derribara en el suelo, comprobó que aquella mujer no era su novia Marta sino la princesa de Asturias.

2 comentarios:

  1. La ceguera de los celos es tan inmensa que ya no reconocía ni a su novia, por un momento me ha impactado, muy bueno Luís.

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  2. Gracias, Mónica. En efecto, hay que tener mucha ceguera para sentir a una persona propiedad privada de uno.

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Gracias por su comentario