27 de julio de 2012

Dos amigos brasileiros

A Anne Smith

Fabio Silveiro, sentado en un sillón, hablaba sosegada y amigablemente en la biblioteca de su mansión con un antiguo amigo que conoció hacía diez años en una fiesta de invitados de Sao Paulo. José Falçao era un periodista que había escrito por aquel entonces un libro sobre la guerra de la independencia de Brasil y había alcanzado cierta notoriedad. Le invitaron a aquella fiesta de gente influyente y allí conoció a Fabio, con quien simpatizó muy pronto. Pero lo peor de aquella amistad es que tenían una tendencia muy pronunciada a los piques. Ninguno de los dos quería ser el perdedor en ninguna discusión o juego entre ellos dos.

Tras hablar de sus respectivas familias, José dijo, sin disimular su intención burlesca:

-Fabio, cada vez que te he preguntado a qué te dedicas me has respondido en términos muy vagos y generales, sospecho que tu profesión no es nada honesta.

Fabio soltó una carcajada y respondió:

-Según lo que entiendas por profesión honesta. Si te refieres a la proporción entre mi sueldo y mi esfuerzo, no ha sido nada deshonesta, he estado muchas veces en riesgo de morir.

-¿Y eso? -preguntó José.

-Bien -respondió Fabio Silveiro-, a principios de los años 70, colaboré con la dictadura.

-¿Haciendo qué?

-Sencillamente, ejecutando a gente que resultaba un estorbo por sus ideas políticas -respondió Fabio Silveiro.

José miró gravemente a los ojos a Fabio y dijo:

-Eres un estorbo, Fabio...

Fabio prosiguió:

-En los años 80', comencé a trabajar para los terratenientes y las multinacionales asesinando a miembros del Movimiento de los Trabajadores sin Tierra. Son una plaga, exactamente como las que atacan a las plantas. Habré matado una cincuentena desde entonces... -Fabio miraba a José con un brillo extraño en la mirada y con expresión retadora. José aguantaba también sin desviar su vista de las pupilas de Fabio con una expresión neutra, imposible de interpretar, como si estuviera jugando a un juego donde las propias intenciones debían ser impenetrables al rival.

-Fabio, eres una plaga -dijo.

-En los noventa también mataba niños de la calle y vagabundos. Hacían muy feo en las calles. No importa quitar de en medio unos cuantos especímenes humanos si queda con eso más bonita una ciudad -dijo Fabio.

-Fabio -dijo José-, haces muy feo en este mundo...

-Pero ahora a lo que más me dedico es al comercio de la droga -prosiguió Fabio-. La droga engancha mucho, hay gente que prefiere matar a su madre a pasar un día sin la dosis. Es un buen negocio, José...

-Eres un adicto a causar sufrimiento y destrucción. Estás enganchado a eso, Fabio -dijo José con un odio contenido pero a punto de estallar- eres un canalla asesino...

Cuando escuchó estas palabras dichas en tono tan serio, Fabio estalló en una carcajada gozosa y dijo:

-¡Importador de productos químicos para el campo...! ¡A eso me dedico, José! Vendo insecticidas y fungicidas. ¡Te has tragado mi farol! ¡Qué ingenuidad tienes para ser periodista, caray!

-¡Asesino! -gritó José Falçao levantándose. Y, a continuación, se dirigió a la salida.

-¡Te juro que es verdad, José! -dijo Fabio poniéndose serio otra vez.

-Precisamente porque lo es, eres un asesino -dijo José-. ¿O es que no tienes idea de la cantidad de campesinos que mueren por culpa de tus productos?

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