23 de julio de 2012

Dios es grande

A mi prima Fátima Trives García

Farûq era un hombre serio, temeroso de hacer el ridículo, pesimista, de apariencia triste y de alma amargada. Era un súbdito del monarca de Qatar y, por curiosidad, acudió como público a las bodas del príncipe heredero. Como siempre, su semblante se mostraba lúgubre y severo. Rara vez confiaba en su suerte pero aquel día estaba especialmente preocupado porque el acontecimiento le recordaba que a él le faltaba todavía el doble de dinero del que había ahorrado para que le alcanzara para comprar una casa y  poder casarse con su amada novia.

Cuando más concentrado estaba en sus sórdidos pensamientos, un guardia se le aproximó y le pidió sus documentos. Rellenó el formulario de una enorme multa y se lo entregó a Farûq. Desconocía la causa por la que se le sancionaba de aquella manera y se apenó tanto que casi se pone a llorar allí mismo a moco tendido. Aquello volvía ya prácticamente imposible que pudiera ahorrar jamás el dinero suficiente para casarse.

Pero, al poco, cuando vio cómo el príncipe llegaba en una limusina larguísima, avanzaba sobre una larga y bella alfombra y, de pronto, estaba a punto de caer al dar un paso en falso, sin saber exactamente por qué, su alma se llenó de felicidad y se dijo: "¡Alá es grande!". Pensó que la vida era bella más allá de que se cumplieran o no, de modo puntual, cada uno de los deseos de los hombres y que no importa la suerte que tengan sino la alegría que haya en su corazón.

Tan feliz se sintió con estos pensamientos que comenzó a aclamar al príncipe mostrando infinita alegría, pese a que aquel miembro de la realeza le fuera absolutamente indiferente, y no cesó hasta el fin de la ceremonia de jalear a los personajes importantes que iban apareciendo y de aplaudir y celebrar hasta la más trivial de las incidencias que tuvieron lugar.

Cuando faltaba poco para acabar la ceremonia, otro guardia apareció ante él y le pidió sus documentos. Pero Farûq no volvió a entristecerse por ello pese a que sospechaba que le iban a arrebatar el poco dinero que todavía le quedaba con una nueva multa por un motivo desconocido. En cambio, el guardia sólo le dijo que acudiera al día siguiente al departamento de policía de la ciudad y le recomendó que se cuidara bien de no faltar a la cita.

Farûq supo en su interior que iba a ser detenido y encarcelado pero siguió estando alegre y disfrutó de sus últimas horas de libertad hasta el día siguiente a la hora en que había de presentarse en el cuartel policial. Una vez allí, un policía comprobó sus datos y, acto seguido, le entregó un cheque por una suma tal de dinero que le permitía comprar no sólo una buena casa sino también la tienda de comestibles que soñaba con tener y, además, hacer unas grandes bodas en las que no faltara ni uno solo de los detalles que hacían grande una celebración entre gente común.

Farûq preguntó al policía que le entregó el cheque por qué lo hacía. El policía le respondió que el rey de Qatar había decretado que se multara a todos los hombres que mostraran tristeza en las bodas del príncipe y que lo recaudado se le entregara al más feliz de los que las estuvieran presenciando.

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