30 de julio de 2012

En la salud y en la enfermedad

A Angela Vallvey

José se echó de golpe sobre el sillón de segunda mano al llegar a casa.

-¡Qué tarde has llegado! -dijo María.

-Es que hoy me ha tocado trabajar dieciocho horas -dijo José-. Había que cargar cien mil kilos de patatas y la máquina que las carga estaba averiada. Estoy rendido. Me duele todo el cuerpo... 

-Yo también estoy entumecida -dijo María-. Todo el santo día dando vueltas del sofá a la mecedora y de la mecedora al sofá. Voy a tener que buscarme un  trabajo. 

-¡Ni hablar! -gritó José-. La mujer, la pata quebrada y en casa. 

-¿Sabes qué día es el lunes? -dijo María de pronto, alegremente. 

-Sí -contestó José-. El día que me corté tres dedos con la trituradora del taller. 

-Sí -dijo María-. Pero también es nuestro aniversario de boda. 

-Ah, sí, es cierto... -dijo José-. Te felicito. Es un día muy especial para ti. 

-¿Me sigues queriendo, José? -preguntó María dulcemente. 

-¿Que si te quiero? -respondió José y añadió con ternura rudimentaria:- Ven que te sobe. ¿Y tú me quieres a mí, María? 

-Tanto te quiero -respondió ella- que te voy a dejar que me regales una cadena de oro puro.

28 de julio de 2012

Un niño especial

A Marina Gracia

Un niño de diez años dibujaba en el salón de casa mientras su padre escuchaba Las Cuatro Estaciones de Vivaldi en su cadena musical. El niño sacaba la lengua por la comisura de los labios y la movía en círculo cada vez que tenía que hacer una linea curva. Sin quitar la mirada de su cuaderno de dibujos, dijo de pronto:

-Papá... 

-¿Qué? -dijo su padre.

-¿Cuándo podré tener un patinete? 

-Mañana mismo, si quieres que te lo compre -contestó el padre.

El niño resopló con fastidio.

-¿Y cuándo tendré una bicicleta nueva? -preguntó de nuevo.

-Al final de curso, si sacas buenas notas, para montar en casa de la abuela -respondió el padre.

El niño volvió a resoplar con fastidio.

-Papá, ¿y cuándo tendré un coche de lujo?

-Para eso aún te faltan al menos treinta años, hijo, lo siento.

Entonces el niño tiró hacia el techo el lápiz de color verde que llevaba en la mano, se levantó y empezó a dar saltos y más saltos como un energúmeno mientras gritaba: 

-¡Qué bien, qué bien...! ¡Treinta años de ilusión, treinta años de ilusión...!

27 de julio de 2012

Dos amigos brasileiros

A Anne Smith

Fabio Silveiro, sentado en un sillón, hablaba sosegada y amigablemente en la biblioteca de su mansión con un antiguo amigo que conoció hacía diez años en una fiesta de invitados de Sao Paulo. José Falçao era un periodista que había escrito por aquel entonces un libro sobre la guerra de la independencia de Brasil y había alcanzado cierta notoriedad. Le invitaron a aquella fiesta de gente influyente y allí conoció a Fabio, con quien simpatizó muy pronto. Pero lo peor de aquella amistad es que tenían una tendencia muy pronunciada a los piques. Ninguno de los dos quería ser el perdedor en ninguna discusión o juego entre ellos dos.

Tras hablar de sus respectivas familias, José dijo, sin disimular su intención burlesca:

-Fabio, cada vez que te he preguntado a qué te dedicas me has respondido en términos muy vagos y generales, sospecho que tu profesión no es nada honesta.

Fabio soltó una carcajada y respondió:

-Según lo que entiendas por profesión honesta. Si te refieres a la proporción entre mi sueldo y mi esfuerzo, no ha sido nada deshonesta, he estado muchas veces en riesgo de morir.

-¿Y eso? -preguntó José.

-Bien -respondió Fabio Silveiro-, a principios de los años 70, colaboré con la dictadura.

-¿Haciendo qué?

-Sencillamente, ejecutando a gente que resultaba un estorbo por sus ideas políticas -respondió Fabio Silveiro.

José miró gravemente a los ojos a Fabio y dijo:

-Eres un estorbo, Fabio...

Fabio prosiguió:

-En los años 80', comencé a trabajar para los terratenientes y las multinacionales asesinando a miembros del Movimiento de los Trabajadores sin Tierra. Son una plaga, exactamente como las que atacan a las plantas. Habré matado una cincuentena desde entonces... -Fabio miraba a José con un brillo extraño en la mirada y con expresión retadora. José aguantaba también sin desviar su vista de las pupilas de Fabio con una expresión neutra, imposible de interpretar, como si estuviera jugando a un juego donde las propias intenciones debían ser impenetrables al rival.

-Fabio, eres una plaga -dijo.

-En los noventa también mataba niños de la calle y vagabundos. Hacían muy feo en las calles. No importa quitar de en medio unos cuantos especímenes humanos si queda con eso más bonita una ciudad -dijo Fabio.

-Fabio -dijo José-, haces muy feo en este mundo...

-Pero ahora a lo que más me dedico es al comercio de la droga -prosiguió Fabio-. La droga engancha mucho, hay gente que prefiere matar a su madre a pasar un día sin la dosis. Es un buen negocio, José...

-Eres un adicto a causar sufrimiento y destrucción. Estás enganchado a eso, Fabio -dijo José con un odio contenido pero a punto de estallar- eres un canalla asesino...

Cuando escuchó estas palabras dichas en tono tan serio, Fabio estalló en una carcajada gozosa y dijo:

-¡Importador de productos químicos para el campo...! ¡A eso me dedico, José! Vendo insecticidas y fungicidas. ¡Te has tragado mi farol! ¡Qué ingenuidad tienes para ser periodista, caray!

-¡Asesino! -gritó José Falçao levantándose. Y, a continuación, se dirigió a la salida.

-¡Te juro que es verdad, José! -dijo Fabio poniéndose serio otra vez.

-Precisamente porque lo es, eres un asesino -dijo José-. ¿O es que no tienes idea de la cantidad de campesinos que mueren por culpa de tus productos?

26 de julio de 2012

Esto pasa de castaño a oscuro

A Mary Cruz Sastre

El empresario Eduardo Calvo estaba desquiciado, sentía celos hasta de la sombra de su novia. Siempre que iba por la calle con ella y se daba cuenta de que la miraban, le hervían las meninges. Se habría liado a tortas hasta con un obispo si se hubiera atrevido a sonreírle.

-¡Marta, esto pasa de castaño a oscuro...! -le decía cuando flirteaba con alguien.

Un lunes, después de las diez de la mañana, salió de su despacho para desayunar en un restaurante con un cliente japonés. 

Pero su sorpresa fue mayúscula al ver a Marta con un hombre muy alto paseando acompañados de mucha gente. Eduardo, lleno de ira, se acercó por detrás y, rápido como una exhalación, la agarró de la mano y, tirando de ella, la iba conduciendo, con celeridad inusitada, por el trayecto sin rumbo premeditado que su furia celosa le impelía a seguir mientras le decía:

-¡Marta, esto pasa de castaño a oscuro...! 

Al doblar la primera esquina, se paró y se volvió hacia ella por primera vez desde que la cogió de la mano y fue en ese momento cuando, milésimas de segundo antes de que un guardaespaldas grande como un oso cayera sobre él y lo derribara en el suelo, comprobó que aquella mujer no era su novia Marta sino la princesa de Asturias.

23 de julio de 2012

La palestina

A Nora Francucci

Dhuha, sonriente y con brillo en los ojos tiró una piedrecita al hijo del rabino. Éste se volvió y, al verla tan hermosa en sus 14 escasos años, con su pañuelo rodeando su bello rostro y su talle de mujer, esbelto y sensual, le devolvió la sonrisa. Miró un instante a su padre y, al verlo conversando con otros rabinos, se acercó a Dhuha y le preguntó su nombre. 

-Dhuha -dijo ella-. ¿Y tú?

-Noé -respondió él.

-¿Paseamos un rato? -preguntó Dhuha.

Noé miró otra vez en dirección hacia su padre y comprobó que continuaba con los otros rabinos, hablando acaloradamente y mostrando su cólera e indignación por algún tema de los que acostumbraba a tratar con ellos. Entonces, dijo:

-Vamos.

Dhuha le preguntó al cabo de un rato:

-¿Tienes novia?

-No -contestó Noé-. Mi padre buscará la mujer adecuada para mí. Me casaré con una buena judía, practicante de los preceptos de Yahveh. Quiero ser rabino cuando sea mayor.

-Es una pena -dijo Dhuha.

-Ya he visto que te gusto -dijo Noé- y tú a mi también. Pese a que eres palestina, tu cuerpo me gusta mucho. Conozco una casa abandonada a las afueras. Allí podemos besarnos y hacer algo más... Tu cuerpo me gusta. Puedo satisfacer tus deseos.

-Solo quiero un beso -dijo Dhuha-. Con eso ya es suficiente para los dos.

-No es suficiente un solo beso, Dhuha -dijo Noé-. Lo otro también te gustará hacerlo.

-Sólo un beso, Noé... -dijo Dhuha.

Noé agarró entonces a la niña fuertemente de la mano y, sin decir nada más, la condujo velozmente hasta la casa de la que le había hablado.

La arena del desierto había atascado la puerta. Noé, tras apartar la arena, la abrió y dejó que pasara Dhuha. En cuanto estuvo dentro, Noé cerró la puerta y, agarrándola fuerte, la besó. Ella intentó desasirse pero Noé siguió agarrándola y tocándola y comenzó a desgarrarle la ropa. Ella supo que iba a ser víctima de una infamia y en su fuero interno decidió que podía hacer algo mejor que intentar resistirse y acabar, pese a ello, con la ropa hecha jirones y su cuerpo desgarrado.

-Está bien -le dijo a Noé-. Hagámoslo pero con más suavidad.

Al cabo de unos minutos, Dhuha volvió a vestirse con lágrimas en los ojos y el alma dolida. 

-Me ha gustado mucho Dhuha, ha sido gozoso -dijo Noé sintiendo un placer vicioso en hablar abiertamente de aquella experiencia y, quizá sin ser totalmente consciente de lo humillante de su jactancia, continuó:- Cuando quieras que te satisfaga otra vez, me das con otra piedrecita.

-Es lo que pensé hace un rato... -contestó Dhuha.

Cuando salieron fuera otra vez, Dhuha dijo a Noé:

-Ve tú delante, tengo que hacer una cosa. 

-Bueno -dijo Noé. Y siguió caminando.

Dhuha cogió entonces una gran piedra que había junto a ella, en la que ya había reparado cuando llegaron a la casa abandonada, y atizó con ella en la cabeza de Noé. Él cayó al suelo y Dhuha volvió a atizarle una y otra vez hasta que su cráneo se partió. 

El ocaso se señalaba ya en el horizonte cuando Dhuha tomó el camino del desierto en dirección a Gaza.

Dios es grande

A mi prima Fátima Trives García

Farûq era un hombre serio, temeroso de hacer el ridículo, pesimista, de apariencia triste y de alma amargada. Era un súbdito del monarca de Qatar y, por curiosidad, acudió como público a las bodas del príncipe heredero. Como siempre, su semblante se mostraba lúgubre y severo. Rara vez confiaba en su suerte pero aquel día estaba especialmente preocupado porque el acontecimiento le recordaba que a él le faltaba todavía el doble de dinero del que había ahorrado para que le alcanzara para comprar una casa y  poder casarse con su amada novia.

Cuando más concentrado estaba en sus sórdidos pensamientos, un guardia se le aproximó y le pidió sus documentos. Rellenó el formulario de una enorme multa y se lo entregó a Farûq. Desconocía la causa por la que se le sancionaba de aquella manera y se apenó tanto que casi se pone a llorar allí mismo a moco tendido. Aquello volvía ya prácticamente imposible que pudiera ahorrar jamás el dinero suficiente para casarse.

Pero, al poco, cuando vio cómo el príncipe llegaba en una limusina larguísima, avanzaba sobre una larga y bella alfombra y, de pronto, estaba a punto de caer al dar un paso en falso, sin saber exactamente por qué, su alma se llenó de felicidad y se dijo: "¡Alá es grande!". Pensó que la vida era bella más allá de que se cumplieran o no, de modo puntual, cada uno de los deseos de los hombres y que no importa la suerte que tengan sino la alegría que haya en su corazón.

Tan feliz se sintió con estos pensamientos que comenzó a aclamar al príncipe mostrando infinita alegría, pese a que aquel miembro de la realeza le fuera absolutamente indiferente, y no cesó hasta el fin de la ceremonia de jalear a los personajes importantes que iban apareciendo y de aplaudir y celebrar hasta la más trivial de las incidencias que tuvieron lugar.

Cuando faltaba poco para acabar la ceremonia, otro guardia apareció ante él y le pidió sus documentos. Pero Farûq no volvió a entristecerse por ello pese a que sospechaba que le iban a arrebatar el poco dinero que todavía le quedaba con una nueva multa por un motivo desconocido. En cambio, el guardia sólo le dijo que acudiera al día siguiente al departamento de policía de la ciudad y le recomendó que se cuidara bien de no faltar a la cita.

Farûq supo en su interior que iba a ser detenido y encarcelado pero siguió estando alegre y disfrutó de sus últimas horas de libertad hasta el día siguiente a la hora en que había de presentarse en el cuartel policial. Una vez allí, un policía comprobó sus datos y, acto seguido, le entregó un cheque por una suma tal de dinero que le permitía comprar no sólo una buena casa sino también la tienda de comestibles que soñaba con tener y, además, hacer unas grandes bodas en las que no faltara ni uno solo de los detalles que hacían grande una celebración entre gente común.

Farûq preguntó al policía que le entregó el cheque por qué lo hacía. El policía le respondió que el rey de Qatar había decretado que se multara a todos los hombres que mostraran tristeza en las bodas del príncipe y que lo recaudado se le entregara al más feliz de los que las estuvieran presenciando.

Seis microrrelatos sobre pseudociencias (VI)

A Julia Siles

-No sé si podré salir hoy a la calle -dijo Marta a su amiga por el móvil-. Lo que dice hoy el horóscopo del Hola me tiene muy preocupada.

-¿Qué dice? -preguntó la amiga.

-Que los Aries van a comerse el mundo hoy.

-¿Tú eres Aries?

-No, soy Capricornio.

22 de julio de 2012

Seis microrrelatos sobre pseudociencias (V)

A Bea Magaña

La medium psicocinética, según su apoderado, era capaz de mover rábanos sin tocarlos. Al parapsicólogo le pareció poco decoroso científicamente que la persona de experimentación tuviera apoderado pero decidió acceder a observar sus presuntos poderes bajo los rigurosos controles del laboratorio, aunque no tenía rábanos allí y le dijo al apoderado si no podía mover otra cosa a parte de rábanos.

-Si -dijo el apoderado-, el pandero.

21 de julio de 2012

Seis microrrelatos sobre pseudociencias (IV)

A Susana Escarabajal aunque no tiene relación con su vida

El sofrólogo decía con voz susurrante al hombre que descansaba en la camilla con los ojos cerrados:

-Has retrocedido veinte años antes de tu nacimiento actual; a una vida anterior; ahora dime qué estás viendo.

-La tele -contestó el sofronizado.

-Muy bien, ahora avanza cinco años -dijo el sofrologo-. ¿Qué ves?

-La tele. 

-Retrocede diez. ¿Qué ves?

-La tele...

Seis microrrelatos sobre pseudociencias (III)

A Dioni Escarabajal

El sacerdote le arrojó el agua bendita al rostro y dijo:

-Satanás, yo te conmino a que salgas del cuerpo de este joven por el poder de Dios Todopoderoso...

El joven comenzó a convulsionar y a vomitar espumarajos verdes mientras su voz emitía gritos animalescos.

El cura se quedó contemplando esta escena, chasqueó la lengua y torció escéptico sus facciones.

-Lo que tiene éste en el cuerpo no es el Diablo -se dijo- porque el Diablo sabe latín, griego y hebreo, se atrevió a conspirar contra Dios y tienta a los hombres con inteligentes y enredosas sutilezas y éste es la tercera vez que me pierde los nervios en veinte minutos.

19 de julio de 2012

Seis microrrelatos sobre pseudociencias (II)

A Miguel Ares


-Recapitulemos -dijo el ufólogo-, dice usted que el artefacto volador tenía forma de huevo, se posó sobre tres patas desplegadas como los telescopios, despidió un humo verde, se abrió una escotilla y salieron tres hombres muy pequeños vistiendo un mono blanco ajustado, ¿no es así? 


-Sí, señor -dijo el testigo. 


-¿Y esto dónde y cuándo lo vio exactamente? -preguntó el ufólogo-. Dígame el lugar y la hora donde vio esto.


El testigo, con toda la parsimonia del mundo, contestó:


-En Telecinco, a las diez de la noche.



16 de julio de 2012

Seis microrrelatos sobre pseudociencias (I)

A una niña llamada Dee


El médium tenía la cabeza, las extremidades y el tórax llenos de electrodos para percibir cualquier incremento fuera de lo común de actividad bioeléctrica; de su boca, nariz y oídos salían conductos cilíndricos de plástico que desembocaban en una caja transparente por si acaso emanaban de aquellos orificios aportaciones de vaporoso y fantasmal ectoplasma; una grabadora registraba los sonidos del laboratorio en espera de conseguir valiosas psicofonías; un termómetro psicotrónico registraba cambios de temperatura significativos para casos de poltergeist; tres cámaras móviles ultravioletas hacían un barrido de toda la habitación cada quince segundos y otra cámara fija en el médium aguardaba cualquier manifestación preternatural. 

Las personas que estaban a la mesa unieron sus manos; el doctor Krauss, con su característica barba de chivo, alzó su rostro al techo y dijo:

-Espíritu, si estás aquí, ¡manifiéstate!

De pronto, una voz desconocida, que no parecía venir de ninguna parte, dijo:

-¿Y si no estoy, qué?

14 de julio de 2012

Seis microrrelatos contra el miedo a la soledad (VI)

A Txaro Cárdenas


Un escritor cerró la puerta de su habitación de hotel dando un resoplido de alivio. Los últimos 30 minutos los había pasado firmando autógrafos, recibiendo elogios, dando manos, observando las sonrisas de afecto sincero de mujeres y hombres... Todo por el libro de autoayuda que acababa de publicar y que estaba siendo un éxito, sobre el cual, acababa de hacer una presentación multitudinaria. Su título era"Comunícate y llena tu vida de amigos" y mantenía la hipótesis de que era imposible ser feliz sin estar rodeado de amigos y comunicar con ellos ideas y afectos.

Pero ahora el escritor sentía que su vida era una farsa, había escrito un libro en el que no creía él mismo. Para él, no había mayor placer que estar solo y cualquier actividad comunicativa la consideraba un ejercicio de hipocresía y vanidad. 

Estaba sentado en una butaca con los pies descalzos para descansar de los incómodos zapatos cuando entró por la puerta su esposa. En ese preciso momento, se quitó también el audífono.

12 de julio de 2012

Seis microrrelatos contra el miedo a la soledad (V)

A Aura


Un hombre sufría una amarga soledad a la que le obligaba su extrema timidez. Tenía miedo de la gente y, al mismo tiempo, añoraba su estima. Lo que le daba miedo era que no se le estimara pero, como no se atrevía a exponerse a la observación de la gente, nunca podía ser estimado por ella. Su miedo, por tanto, actuaba al mismo tiempo como causa de lo que tanto temía.


Pero un día se dijo:


-¿Y por qué no me iban a estimar si dejo que me observen? ¿Soy acaso un monstruo?


Se miró al espejo. Hacía tiempo que no lo hacía por un extraño temor. Lo que vio le dejó una impresión desagradable al principio. Algo había de extraño y poco usual en aquel rostro. Se preguntó por qué no era como los demás, por qué tenía que ser precisamente él distinto a los demás, por qué había tenido esa mala suerte. 


Pero luego se asomó al balcón y observó a la gente que pasaba. Pensó que eran todos distintos, no había nadie que fuera "como los demás". Y, entonces, comprendió lo absurdo que era pretender la estima de la gente.

9 de julio de 2012

Seis microrrelatos contra el miedo a la soledad (IV)

A Marina Gracia

-A ver, Jorge -dijo la maestra-, ¿cuándo te sientes tú más satisfecho de ti mismo?

-Cuando es mi cumpleaños y vienen más amigos que a los otros cumpleaños -contestó el niño.

-Muy bien, Jorge. ¿Y tú, Miguel?

-Cuando he hecho bien los deberes y los maestros me dicen que soy muy listo  -contestó Miguel.

-¿Y tú, Susana?

-Cuando me dicen que soy muy guapa.

-¿Y tú, Vanesa?

-Cuando juego a la comba y salto más veces que ninguna.

-Muy bien, Vanesa. ¿Y tú, Juanjo? ¿Cuándo te sientes más satisfecho de ti mismo?

-Pues yo creo, señorita, que... -dijo Juanjo, y, después de dudar un tiempo, continuó:- cuando no pienso en nadie.

7 de julio de 2012

Seis microrrelatos contra el miedo a la soledad (III)

A Susana Escarabajal Magaña


Un hombre bebía y lloraba en plena borrachera en la barra de un bar. Otro borracho se le acercó, le dio una palmada en la espalda y le dijo tambaleándose:

-¿Por qué estás llorando, nene?

-Porque estoy solo -contestó el que lloraba haciendo pucheros.

Entonces, el que había hecho la pregunta empezó a tentarse el cuerpo asustado para comprobar si existía de verdad o tenía razón el hombre que lloraba.

5 de julio de 2012

Seis microrrelatos contra el miedo a la soledad (II)

A Alejandra Vallejo-Nájera


Esa noche, cansado de ir a bares atestados de gente ruidosa para sentirse acompañado por la muchedumbre, paseó tranquilamente por las calles solitarias absolutamente solo y se dio cuenta de que el miedo que había tenido hasta entonces a quedarse solo era porque se hacía muy mala compañía y que los únicos que están solos son los que se abandonan a sí mismos.

2 de julio de 2012

Seis microrrelatos contra el miedo a la soledad (I)

A Silvia Sánchez

Sabía que era el último Yanamamoto Osongo que quedaba sobre la superficie del planeta. Pero no desesperaba, disfrutaba alegremente del tiempo de vida que todavía le restaba. De hecho, no había nada terrible en ser el último Yanamamoto Osongo que quedaba pues, con toda seguridad, tampoco había existido jamás ningún otro.