7 de junio de 2012

Los dos pajaritos

Francesca agonizaba en su cama. Su vida estaba llegando a su término final. En la habitación, todos guardaban silencio pero desde el pasillo llegaba el murmullo de los que hablaban en voz baja. Elisa Pagano preparaba café en la cocina con el pequeño Francesco agarrado a sus faldas temblando de miedo porque su primo Pietro Ripoldi le había dicho que iba a venir a llevarse a la bisabuela un hombre con alas de gallina. Había sido un día soleado de primeros de junio pero esa noche soplaba un viento huracanado que hacía traquetear las ventanas que daban al norte, entre las que se encontraba la de la alcoba de la moribunda. Cuando el café estuvo preparado, Elisa llenó las tazas y, tras colocarlas en una bandeja, se encaminó con ella, con cuidado de no derramar el líquido, hasta donde estaba el resto de la familia. Los hijos de Francesca, Carlo, Giuliana y Elisa, tenidos en su primer matrimonio con el ya difunto Luigi Pagano, eran ya casi ancianos y la casa estaba llena de nietos y biznietos. También había en ese momento muchos familiares de su segundo marido, que ya había muerto. Elisa fue pasando la bandeja entre los familiares que había en la alcoba de la agonizante Francesca hasta que todos tuvieron su café. Pero en ese momento, la ventana, que había estado traqueteando como una loca desde hacía una hora o dos, se abrió de golpe dejando entrar un viento enfurecido que se llevó por el aire las cajas de medicinas y las servilletas de papel que había en la mesita de noche y levantó las sábanas de la cama. Fiorenzo Pagano, hijo de Carlo, se apresuró a cerrar los postigos de nuevo pero no pudo evitar que invadieran la intimidad familiar dos extraños intrusos que peleaban con rabia en el aire, ajenos al lugar en el que estaban y al viento que los arrastraba: eran un pajarito amarillo y un gorrión. Fiorenzo, al apercibirse de ellos, dejó abierta media hoja de la ventana para intentar que volvieran a salir pero sólo salió el gorrión, derrotado ante el mayor ímpetu guerrero del pájaro amarillo. Éste, en cambio, se posó junto al rostro de Francesca, justo debajo de su boca y picoteó sus labios provocando la irritación de Fiorenzo, que intentó atrapar al pájaro. Francesco, el asustado biznieto, contemplaba la escena con ojos maravillados y su miedo desapareció de pronto. El pajarito amarillo, perseguido por Fiorenzo, saltaba de un lado a otro de la habitación. Finalmente, huyó al exterior, acompañado de otro pajarito amarillo que nadie había visto entrar pero que algunos dijeron que había salido de debajo de las sábanas de Francesca. La ventana volvió a cerrarse y la calma retornó, pero en ese momento se apercibió Fiorenzo de que su abuela ya no respiraba. 

-La abuela ha muerto -dijo a los que había en la alcoba.

Elisa, con un brillo de alegría en sus cansados ojos exclamó:

-¡Mi padre ha venido a llevársela! ¡El pajarito amarillo! Ellos se llamaban el uno al otro "mi pajarito amarillo", ¿verdad Carlo? -dijo dirigiéndose a su hermano quien asintió-. Desde que vieron, siendo novios, dos pájaros amarillos en el parque.

Francesco, lleno de alegría e ilusión por este suceso maravilloso que había presenciado desde el pasillo, comprendió que su primo Pietro no era más que un tonto ignorante.

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