2 de junio de 2012

El Espejismo

A mi buena amiga Susana Escarabajal Magaña

Agustín Peje Sobrarbe, dueño de una tienda de pompas fúnebres de Orense, estaba empeñado en hacerle ver a todo el mundo que llegaba a su tienda, entre angelotes de mármol y urnas de cerámica, que la vida era como un triste camino polvoriento lleno de nada más que piedras y fatigas. Fuera de su negocio, no era menos pesimista. Cansaba a los amigos cuando más animación mostraban en el bar viendo jugar al Dépor con su escepticismo rotundo y, a quien se oponía a darle la razón con respecto a los escasos gozos que podían esperarse del mundo, solía salirle con la idea de que la felicidad que producía la existencia en los que no vivían la vida tristemente era debido a una expectativa tan ilusoria como el espejismo de un bosque en un desierto inmenso y abrasador.

Pero, cuando, por una bronconeumonía, hubo de faltar durante dos semanas a su negocio y guardar cama, se estuvo acordando durante todo aquel tiempo, plagado de toses dolorosas y escalofríos entre mantas, de cuando quería ser gaiteiro en la banda de su ciudad y acabar de compositor famoso y celebrado de la gaita gallega y se sintió, como solía, triste y deprimido, aunque, esta vez, no le causaba pesadumbre la naturaleza falaz de los sentidos y lo doloroso de la vida sino, por primera vez en mucho tiempo, su menguado espíritu de lucha.

Como algunos estudios de solfeo sí tenía, entregado a su típica morriña gallega, en su tiempo de convalescencia, sentado en la cama, compuso un "Adagio de ángeles para tres gaitas", que ganó un concurso de composición de La Coruña y se utilizó en la ceremonia del Año Jubilar de Santiago de Compostela. Mientras el gran botafumeiro vomitaba incienso oscilando cada vez más rápido de un extremo a otro de la catedral, tres gaitas entonaban el adagio de Agustín Peje provocando casi el arrobo místico de los feligreses. El adagio pronto alcanzó fama internacional y se llegó a hacer un arreglo para gaita escocesa, que se hizo tan célebre en Gran Bretaña como el Good Save the King.

Los derechos de autor del "Adagio" le dieron a Agustín la posibilidad de cerrar su lúgubre tienda para dedicarse por completo a la composición musical y aprovechó para acabar sus estudios musicales. Gracias a estos estudios, pudo componer su "Fuga a 4 gaitas Morriñas Galegas", que fue un nuevo éxito rotundo. Pero su espíritu continuaba, en cierto modo, preso del sentimiento desengañado de su época de vendedor de angelotes. Se acordaba de que su mujer no le había dado ningún hijo y pensaba con tristeza que su estirpe acabaría el día en que él diera el último y más débil estertor y que ninguna carne de su carne cerraría sus párpados para ocultar piadosamente su ojos en blanco. 

Su esposa decidió consultar a un ginecólogo, quien le dijo que un ligero defecto congénito en los ovarios le había impedido hasta entonces tener hijos pero que, con una ligera operación quirúrgica, el problema se solucionaría. Así que, un año después, casi simultáneamente al estreno de su espectacular "Gaita Erguida, allegro vivace para gaita y guitarra", tuvo dos mellizos preciosos, con el pelo rubio él y morena pero muy blanca ella. Por aquel tiempo, Agustín ya no era ni la sombra de lo que fue, el Depor para él era el número uno y, si no ganaba la liga, era por los árbitros y el presidente del club, que no fichaba a ningún crack ni sabía administrar el dinero. Pensaba de la vida que era un paraíso donde había que empeñarse todos los días en encontrar la felicidad y el que no la encontraba era por no esforzarse lo suficiente. Citaba a Epicuro en lugar del Eclesiastés y pedía que no le rindieran culto familiar después de su muerte sino que tiraran las cenizas al río Miño. Decía que la muerte no le preocupaba en absoluto pues, cuando apareciera, ya no estaría él y, mientras él estuviera, la muerte no aparecería.

Sin embargo, en cierta ocasión, cuando sus hijos tuvieron dos años, contempló el llanto del varón en una excursión al monte porque se le cayó la piruleta al barro. Su boca, pringosa por el caramelo, se retorcía en un rictus doliente y sus ojillos, entre grandes pestañas amarillas, se entornaban como para evocar y seguir aferrándose a ese mundo mejor que acababa de salir del campo real de sus expectativas y recibir así al menos un ligero alivio al dramatismo de la coyuntura en la que se encontraba. Esta visión, por otra parte de lo más cotidiana, acompañada del ligero frío otoñal y la humedad del ambiente, afectó de tal manera a su sensibilidad inconsciente que, a partir de ese instante, sin saber por qué razón, entró en una grave depresión y una crisis creativa le obligó a abandonar su actividad compositora. 

Agustín, aquellos días en que se vio aquejado por tan profunda melancolía, sentado al borde del lecho, sin saber si se acostaría otra vez o se levantaría, pensaba:

-Después de una decepción o un desengaño no hay posibilidad de volver a sentir felicidad, ésta es un espejismo pues nuestro corazón muere la primera vez que fracasa uno de nuestros deseos. El amor es una ficción, nacemos solos, solos vivimos y luchamos, morimos solos y, si alguna vez vemos la luz de una dulce pasión, es un espejismo, pues sólo nos enamoramos de una imagen interna que se proyecta en cada nueva mujer que atrae nuestra atención. La muerte será la última sensación que tenga en la vida, no el placer, no el éxito, no la satisfacción, sino la sensación terrorífica de una presencia angustiosa, la más intensa de todas las sensaciones, la de estar llegando al final, que hará insignificantes todos los goces de la vida. Cuanto haya hecho por mi felicidad, me será ajeno en esos instantes y la despedida del mundo será una atroz experiencia de dolor físico, miedo intenso, tristeza y soledad. Podemos vivir alegres pero siempre es a costa de nuestro corazón, nuestro corazón nos pide el llanto cada uno de los días de esta penosa existencia pues nada sacia la sed de ese alma sola que alberga el hombre en su cuerpo. Los pájaros no piensan y nunca dejan de cantar pero el hombre con corazón no puede hacer otra cosa que gemir permanentemente pues su alma es un enigma para todos los demás... 

Lo único que le producía algún interés en este período de crisis era la extraña actividad, que comenzó a practicar, de buscar cadáveres de insectos en sus salidas al campo para intentar averiguar a través de su examen qué clase de muerte habían tenido. Era casi siempre una elucubración sin base científica alguna, una forma de conducir su imaginación hasta suposiciones tan descabelladas como infantiles que hacía sin dejar de sujetar el escarabajo inmóvil o la moscarda entre los dedos, a los que tenía como el puente de unión entre toda aquella fabulosa especulación retrospectiva y la realidad más material. Lo que nos une con los insectos es que comparten nuestro espacio natural y, pese a ser absolutamente diferentes de nosotros en cuanto a su aspecto físico y a sus costumbres, lo que en teoría los convierte en horriblemente feos y repulsivamente raros, nos son absolutamente familiares y hasta en la mayoría de los casos nos pueden parecer incluso bonitos. Caminando con agrado por el campo aquella primavera, comprobó que siempre había un insecto, siempre una forma de vida que le hacía compañía, no se sentía solo aunque no hubiera otro ser humano a su lado que conociera los códigos de su corazón. A un insecto, no nos lo imaginamos diferente a nosotros sino igual en su forma de afanarse por subir a la hoja, por posarse en la flor... Los insectos, vivos o muertos, eran parte de las sensaciones agradables que percibía mientras caminaba, parte del esplendor de la vida y no los podía ver como enigmas ocultos sino como compañeros de viaje. 

Agustín, después de llenar tres cajas de zapatos con cadáveres de insectos, en una extraña ocupación que poco a poco le devolvió las ganas de vivir, comprendió al fin que la soledad es un espejismo, lo mismo que la muerte, que no somos enigmas para los demás sino seres de una transparencia milagrosa y que la muerte es un suceso natural al que no debemos temer y sucede todos los días en cualquier parte del mundo. Llegó también a la conclusión de que todos los deseos son efímeras creaciones mentales y que lo único permanente de ellos no es una idea abstracta y fuera de la realidad sino, muy al contrario, la cicatriz en forma de corazón con que se ha marcado el tronco de un árbol o la huella que ha dejado en la Humanidad la fuerza de cada gesto anónimo de generosidad. Entonces sí, Agustín Peje Sobrarbe dejó por fin de ser aquel propietario diligente de una tienda de pompas fúnebres que había sido y, saliendo del capullo de su pesimismo tras aquella depresión demoledora, liberó la mariposa azul que se ocultaba en su alma y, echando mano de su nuevo ritmo interno y de la nueva frase melódica de su corazón, compuso, con la miel que generaba su alma en la compañía de su esposa y sus dos hijos, la "Sonata para piano Corazón Generoso" porque ya estaba bien de gaitas.

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