30 de junio de 2012

El Buñuelo


A Isabela Dávila

Aquella abnegada ama de casa, que pensaba que cuidar hijos y hacer las tareas del hogar durante todo el día sin descanso era una tarea encomendada por un dios gracioso a la mujer, tenía un solo momento de rebeldía en su vida cotidiana: cuando echaba mano una vez al mes de la calabaza, la levadura y la harina y, desafiando las agrias y agresivas críticas de su  bestial marido, que odiaba los buñuelos por considerarlos “demasiado dulces”, hacía una sartenada y los disfrutaba luego junto a sus  dos hijos pequeños pasándolos por el platito de azúcar para que se pegara en su superficie aceitosa y llevándoselos luego a la boca con una inconfesable satisfacción voluptuosa.
Siempre se iba a la habitación de los niños para ocultarse de las miradas inquisitivas de su patriarcal marido, que consideraba un peligro para el orden social que una mujer sintiera ciertos niveles de placer más allá de los doce o quince minutos que entregaba su cuerpo deseable al varón que la tenía en propiedad o del arrobo que sentía al ver lo limpia que salía la ropa de la lavadora, muestra sin duda de estulticia que debía a su genética de hembra, pues su marido había aprendido a decir “genética” para no tener que decir “mandato divino”.  Y es que, pese a su oficio de fontanero, hacía de banderillero en algunas fiestas taurinas de pequeñas ciudades y su mentalidad estaba constreñida al modo tradicional y autoritario de entender el papel del varón que tienen los toreros más castizos.
Aquel día, tocaba buñuelada y su marido estaba de peor humor que nunca porque una cliente se había negado a pagarle alegando que había hecho un trabajo estéticamente deleznable en su cuarto de baño y su jefe le había dado la razón y le había echado una bronca descomunal. Ella pasó con su gran fuente colmada de buñuelos por delante de él, que estaba viendo un canal temático de deportes en la tele, su obsesión, su gran obsesión, el canal que retransmitía los partidos de liga de todos los países importantes del mundo, el que le hacía, a veces, incluso olvidarse de las corridas de la Maestranza o de Las Ventas que retransmitían en otro de sus canales favoritos dedicado al toreo. Cuando vio a su esposa pasar con los buñuelos por delante de él, como siempre, comenzó con sus reproches:
-¡Ya está la golosa…! ¡Siempre con los dichosos buñuelos! No te hartas nunca de buñuelos, con lo dulzón que estará eso. ¡Tenías que comer hasta reventar a ver si me dejas en paz de una vez con tus manías!
Ella aguantaba a su marido por sus hijos, si no fuera por ellos, habría vuelto a casa de sus padres, al cortijo de Aguadulce y habría buscado algún trabajo como asistenta de hogar para sobrevivir. Eran sus hijos los que la impulsaban a resistir; además, cuando él le decía aquellas palabras tan crueles o la empujaba con desprecio para apartarla de su camino, su corazón se volvía el de una niña triste que aguantaba aquel castigo por el regusto dulce que tiene la amargura.
Apenas desapareció ella por la puerta del pasillo camino de la habitación de sus pequeños, cargada con los buñuelos, cuando él cambió de cadena, aprovechando la pausa del descanso del partido, momento en que, completamente atónito, observó al torero Enrique Ponce comiéndose un buñuelo con complacida parsimonia en los estudios de televisión del canal “Toros”. Aquella visión le provocó una conmoción interna: ¿su torero favorito, aquél de quien había recibido una felicitación porque le puso unas banderillas al toro que toreaba y las había puesto con tal maestría que le gustaron hasta al pobre animal, él, comiendo aquella cosa que a él le parecía para mujeres…? ¿Y si no era para mujeres sólo? ¿Y si un hombre hecho y derecho también podía permitirse comer un buñuelo? Desde ese momento, no pensó en otra cosa que en saber el gusto que tendría una de esas cosas, porque nunca las había probado. Estaba en un tris de rogar al Santísimo Cristo de la Buena Muerte, del que era devoto, que su esposa le dejara aunque fuera un solo buñuelo para poder probarlo, para untarlo en el plato de azúcar y embucharlo con delectación masculina.
Veinte minutos después, ella aparecía por la puerta del pasillo otra vez y, como si el Cristo del que era devoto hubiera sido artífice de un milagro, llevaba en la fuente un buñuelo, un único buñuelo, que su golosina y la de sus hijos había perdonado despertando así todavía más la de él. Interminables se le hicieron los cuarenta minutos que su esposa tardó en terminar de fregar platos y cacharros y salir de la cocina en dirección al dormitorio porque temía que la voracidad de ella acabara también con aquel último buñuelo antes de que él tuviera la posibilidad de cogerlo para, aun por una sola vez en su vida, probar el dulce y prodigioso sabor que se imaginaba debía tener.
En cuanto su esposa desapareció del campo visual, entró en la cocina, y buscó desesperadamente el buñuelo. En un principio desesperó de encontrarlo y pensó que la mula de su mujer había acabado con la, ahora para él, delicia para hombres muy hombres pero su corazón comenzó a galopar con fuerza cuando al abrir la puerta de uno de los armarios de debajo del fregador encontró el buñuelo. Rápidamente lo metió en el tarro del azúcar y se lo echó a la boca, un sabor desagradable le llegó a las papilas gustativas y su nariz olió algo parecido a goma quemada. Su gozo en un pozo, aquello no era lo que él se imaginaba que podía ser un buñuelo sino la cosa más asquerosa que había probado jamás. Ahora despreciaba todavía más la afición de su mujer por aquellas repugnantes cosas.
Pero de pronto tuvo un presentimiento, volvió a mirar en el armario porque, al coger el buñuelo, había tenido la impresión de haber visto una botella cuyo contenido le era desconocido. En efecto, era una botella que no había visto hasta entonces, la miró a la luz y vio en su etiqueta la inscripción VENENO PARA RATAS. Para acabar de confirmar lo que más se temía su corazón, su esposa le dijo desde el salón:
-Alfredo, no sé si a las ratas les gustarán los buñuelos, he empapado el que me ha sobrado en un nuevo veneno que las mata al instante. Cógelo, que está en el armario, y pónselo en el patio, en un sitio medio escondido, donde ella se lo pueda comer tranquila…


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