30 de junio de 2012

El Buñuelo


A Isabela Dávila

Aquella abnegada ama de casa, que pensaba que cuidar hijos y hacer las tareas del hogar durante todo el día sin descanso era una tarea encomendada por un dios gracioso a la mujer, tenía un solo momento de rebeldía en su vida cotidiana: cuando echaba mano una vez al mes de la calabaza, la levadura y la harina y, desafiando las agrias y agresivas críticas de su  bestial marido, que odiaba los buñuelos por considerarlos “demasiado dulces”, hacía una sartenada y los disfrutaba luego junto a sus  dos hijos pequeños pasándolos por el platito de azúcar para que se pegara en su superficie aceitosa y llevándoselos luego a la boca con una inconfesable satisfacción voluptuosa.
Siempre se iba a la habitación de los niños para ocultarse de las miradas inquisitivas de su patriarcal marido, que consideraba un peligro para el orden social que una mujer sintiera ciertos niveles de placer más allá de los doce o quince minutos que entregaba su cuerpo deseable al varón que la tenía en propiedad o del arrobo que sentía al ver lo limpia que salía la ropa de la lavadora, muestra sin duda de estulticia que debía a su genética de hembra, pues su marido había aprendido a decir “genética” para no tener que decir “mandato divino”.  Y es que, pese a su oficio de fontanero, hacía de banderillero en algunas fiestas taurinas de pequeñas ciudades y su mentalidad estaba constreñida al modo tradicional y autoritario de entender el papel del varón que tienen los toreros más castizos.
Aquel día, tocaba buñuelada y su marido estaba de peor humor que nunca porque una cliente se había negado a pagarle alegando que había hecho un trabajo estéticamente deleznable en su cuarto de baño y su jefe le había dado la razón y le había echado una bronca descomunal. Ella pasó con su gran fuente colmada de buñuelos por delante de él, que estaba viendo un canal temático de deportes en la tele, su obsesión, su gran obsesión, el canal que retransmitía los partidos de liga de todos los países importantes del mundo, el que le hacía, a veces, incluso olvidarse de las corridas de la Maestranza o de Las Ventas que retransmitían en otro de sus canales favoritos dedicado al toreo. Cuando vio a su esposa pasar con los buñuelos por delante de él, como siempre, comenzó con sus reproches:
-¡Ya está la golosa…! ¡Siempre con los dichosos buñuelos! No te hartas nunca de buñuelos, con lo dulzón que estará eso. ¡Tenías que comer hasta reventar a ver si me dejas en paz de una vez con tus manías!
Ella aguantaba a su marido por sus hijos, si no fuera por ellos, habría vuelto a casa de sus padres, al cortijo de Aguadulce y habría buscado algún trabajo como asistenta de hogar para sobrevivir. Eran sus hijos los que la impulsaban a resistir; además, cuando él le decía aquellas palabras tan crueles o la empujaba con desprecio para apartarla de su camino, su corazón se volvía el de una niña triste que aguantaba aquel castigo por el regusto dulce que tiene la amargura.
Apenas desapareció ella por la puerta del pasillo camino de la habitación de sus pequeños, cargada con los buñuelos, cuando él cambió de cadena, aprovechando la pausa del descanso del partido, momento en que, completamente atónito, observó al torero Enrique Ponce comiéndose un buñuelo con complacida parsimonia en los estudios de televisión del canal “Toros”. Aquella visión le provocó una conmoción interna: ¿su torero favorito, aquél de quien había recibido una felicitación porque le puso unas banderillas al toro que toreaba y las había puesto con tal maestría que le gustaron hasta al pobre animal, él, comiendo aquella cosa que a él le parecía para mujeres…? ¿Y si no era para mujeres sólo? ¿Y si un hombre hecho y derecho también podía permitirse comer un buñuelo? Desde ese momento, no pensó en otra cosa que en saber el gusto que tendría una de esas cosas, porque nunca las había probado. Estaba en un tris de rogar al Santísimo Cristo de la Buena Muerte, del que era devoto, que su esposa le dejara aunque fuera un solo buñuelo para poder probarlo, para untarlo en el plato de azúcar y embucharlo con delectación masculina.
Veinte minutos después, ella aparecía por la puerta del pasillo otra vez y, como si el Cristo del que era devoto hubiera sido artífice de un milagro, llevaba en la fuente un buñuelo, un único buñuelo, que su golosina y la de sus hijos había perdonado despertando así todavía más la de él. Interminables se le hicieron los cuarenta minutos que su esposa tardó en terminar de fregar platos y cacharros y salir de la cocina en dirección al dormitorio porque temía que la voracidad de ella acabara también con aquel último buñuelo antes de que él tuviera la posibilidad de cogerlo para, aun por una sola vez en su vida, probar el dulce y prodigioso sabor que se imaginaba debía tener.
En cuanto su esposa desapareció del campo visual, entró en la cocina, y buscó desesperadamente el buñuelo. En un principio desesperó de encontrarlo y pensó que la mula de su mujer había acabado con la, ahora para él, delicia para hombres muy hombres pero su corazón comenzó a galopar con fuerza cuando al abrir la puerta de uno de los armarios de debajo del fregador encontró el buñuelo. Rápidamente lo metió en el tarro del azúcar y se lo echó a la boca, un sabor desagradable le llegó a las papilas gustativas y su nariz olió algo parecido a goma quemada. Su gozo en un pozo, aquello no era lo que él se imaginaba que podía ser un buñuelo sino la cosa más asquerosa que había probado jamás. Ahora despreciaba todavía más la afición de su mujer por aquellas repugnantes cosas.
Pero de pronto tuvo un presentimiento, volvió a mirar en el armario porque, al coger el buñuelo, había tenido la impresión de haber visto una botella cuyo contenido le era desconocido. En efecto, era una botella que no había visto hasta entonces, la miró a la luz y vio en su etiqueta la inscripción VENENO PARA RATAS. Para acabar de confirmar lo que más se temía su corazón, su esposa le dijo desde el salón:
-Alfredo, no sé si a las ratas les gustarán los buñuelos, he empapado el que me ha sobrado en un nuevo veneno que las mata al instante. Cógelo, que está en el armario, y pónselo en el patio, en un sitio medio escondido, donde ella se lo pueda comer tranquila…


28 de junio de 2012

Cámara Macabra

A la actriz Raquel Mesa

La explosión derribó parte del tabique y un vapor extraño y un intenso frío penetró desde el otro lado. Los cacos pasaron con sigilo por el agujero abierto en la pared.

-Esto no es el banco, Marrajo -dijo el Tomate dándose un paseo de inspección por el lugar.

-No. Es una cámara frigorífica -contestó el Marrajo decepcionado.

-¡Dios, Marrajo, vámonos de aquí! -exclamó el Tomate de pronto, presa del pánico y dirigiéndose, apresurado, hacia la salida-. ¡Ahí hay un brazo de persona congelado...!

-¡Tranquilo, Tomate...! -se apresuró a decir el Marrajo-. Aquí cerca hay un hospital. Esto debe ser el depósito de órganos para trasplante. Leí en una revista de la barbería que colocar un brazo de otro a un tío ya no es nada, lo hacen hasta con los ojos cerrados.

-¡Chacho, qué susto, madre mía! -dijo el Tomate ya más apaciguado-. Habría que ver al tío con el brazo nuevo cómo se saca los mocos cuando está distraído pensando en la luna... Yo nunca me acostumbraría a una cosa así.

-Piénsalo bien, Tomate -dijo el Marrajo-, podemos carecer de cualquier cosa menos de coraje. Todo lo demás, nos lo pueden poner postizo.

-Marrajo, mira que esto me parece a mí que no es el hospital... -dijo el Tomate otra vez nervioso-. Aquí hay una caja de pollos preparados para hornear...

-Tranquilo, Tomate -replicó el Marrajo-. Seguro que utilizan el mismo frigorífico para los órganos y para el cocinero. En tiempos de crisis no se puede derrochar la energía. Oí el otro día en la radio del coche que están haciendo recortes en sanidad.

-Marrajo, hay que ver... -dijo al cabo de unos instantes el Tomate-. Yo no sabía que para tener coraje no hacía falta pensar. Estoy viendo ahora mismo una cabeza con raya en el pelo y todo.

25 de junio de 2012

Laura Selene

A Isabela Dávila

La vidente paragnosta titulada en Parapsicología por la Universidad de Valdemoro, Laura Selene, que había recibido su don de clarividencia de los extraterrestres del planeta Atlántido, cobraba por cada sesión tanto dinero que ninguna persona normal podía volver en otra ocasión ni siquiera para hacerse revisiones anuales.

En cierta ocasión, fue una mujer de 35 años a su consultorio de tarot a preguntarle si se podía fiar de la persona con la que iba a casarse. Laura Selene, para responder a la pregunta, puso unas cuantas cartas boca arriba y comenzó a decir:

-Es una persona muy falsa... Ha engañado a mucha gente y me sale que a ti también te quiere engañar...

Puso boca arriba otra carta y continuó tras un chasquido de la lengua provocado aparentemente por la alarma:

-Es una persona estafadora... Está con cosas de naipes...

-¡Ay, Dios! Será tahur... -conjeturó la cliente en voz alta.

-Debes tener mucho cuidado -continuó la vidente tras destapar otra carta-; puede arruinar tu vida; no tiene escrúpulos; es un ser vacío; sólo disfruta haciendo daño a los otros; el dinero no le importa tanto como martirizar a sus víctimas; esta persona te hará infeliz, apártate de ella... No te cases.

-Oiga, Laura -dijo la cliente-, ¿y cómo es tan malo?

-No sabes lo que corrompe a una persona meterse en el mundo del fraude y la estafa -contestó Laura Selene.

-¿Me puede decir algo ahora de mi futuro? -preguntó la cliente tímidamente.

-Sí -dijo Laura Selene- dime un número del 3 al 5.

-El cuatro.

La vidente echó unas cuantas cartas y dijo:

-Vas a tener tres hijos pero con el segundo vas a tener problemas en el parto.

-¡Pero eso no puede ser...! -dijo la cliente.

-El tarot no miente... -sentenció ofendida la vidente.

-¡Pero es que soy transexual!

23 de junio de 2012

La Grúa

Su padre le llevó a una juguetería para premiar las brillantísimas notas con que había acabado el año. Luisito quería una grúa, una simple grúa, pero su padre le reservaba una sorpresa descomunal. Tenía la secreta intención de regalarle la colección completa de vehículos urbanos de la marca más famosa. Además de la grúa, le compraría el autobús, el camión de bomberos, la ambulancia, el coche de policía, el camión de la basura y los furgones del banco y de la perrera municipal, sin olvidar la gorra y el silbato de policía municipal que regalaban con el lote completo. Cuando entraron en el establecimiento, el padre de Luisito se dirigió al dependiente y tras sonreír y guiñar el ojo a su hijo le dijo:

-Sáquele a esta fiera el lote completo de la Automoción Urbana que anuncian por la tele.

Pero Luisito puso una expresión de profunda perplejidad y dijo:

-No, papá, yo quiero sólo una grúa, si me compras todo el lote, me voy a aburrir mucho.

Su padre le sonrió sin comprender pero, finalmente, con una risa avergonzada, rectificó ante el dependiente pidiéndole esta vez sólo una grúa.

En ese mismo instante, un vendedor de juguetes de Togo quitó la cartulina que señalaba el precio de un camión de bomberos que había en el escaparate y puso otra que tenía una cifra menor. Una niña muy delgada que estaba pegada al cristal observando el juguete, cuando acabó de ser consciente en toda su amplitud de la relevancia de aquel cambio, dejó ver una sonrisa de oreja a oreja e instintivamente, con una alegría inmensa, elevó sus manos hacia el cielo en actitud de agradecimiento.

21 de junio de 2012

Seis microrrelatos para bien amar (VI)

A Renate Mörder

Dos peones de albañilería almorzaban, sentados en el cuarto piso de un edificio en construcción. Las paredes aún exhibían, sin enlucir, los ladrillos unidos con el hormigón. El más joven de los dos le dijo al otro:

-Pepe, quitando el tema del sexo, ¿cuál es la diferencia entre el mejor amigo y la novia?

Pepe meditó un tiempo y al final contestó:

-Si estás solo con tu mejor amigo un día festivo durante más de hora y media, puedes perder al amigo pero, si no estás solo con la novia un día laborable hora y tres cuartos o más, puedes perder a la novia.

-¡Caray! -se limitó a replicar con cierta inquietud el otro.

18 de junio de 2012

Seis microrrelatos para bien amar (V)

A Victoria Martínez

Dos amigos adolescentes hablaban de novias sentados en el suelo bajo un enorme graffiti patrocinado por el Ayuntamiento, que adornaba el muro de una vivienda.

-Estoy amargado,  porque ninguna mujer me quiere, tío, tengo una vida muy triste -decía uno.

-¿Y no será al revés? -preguntó el otro-. ¿No será que ninguna mujer te quiere porque estás amargado?

-¿Y según esa hipótesis, por qué demonios estoy amargado?

-No tengo ni idea... ¿Te gusta ese sabor?


16 de junio de 2012

Seis microrrelatos para bien amar (IV)


A Julia Montejo

Un amigo mío, que es un erudito polaquista (pero muy simpático) dice haber leído, en el borrador de "Quo Vadis?" de Henryk Sienkiewicz, por debajo de un gran borrón de tinta, lo siguiente: 

 "-¡Oh, dioses, me he enamorado del nuevo esclavo, Servandus, es tan hermoso...! -dijo Nerón rasgando suave y distraídamente su lira.
"-¿Y qué os parece que os ha enamorado de él, césar? -preguntó Petronio.
"-Sus caderas, su tórax, sus hombros, la virilidad de su sonrisa... ¡Su hermosura, Petronio, o es que no crees que la tiene a raudales! -contestó irritado Nerón.
"-Perdonadme, oh, césar, no me gustan los hombres -replicó Petronio- pero tampoco creo que se deba amar la belleza pues no es una entera cualidad de las cosas o las personas sino  más bien una fantasía de nuestro deseo por lo que enamorarse de ella es tan absurdo como amar el amor...
"-¿Entonces, mi impertinente Petronio, de qué se ha de enamorar un hombre? 
"-De lo más feo que haya en la persona más hermosa. Sólo lo feo es real, césar."

14 de junio de 2012

Seis microrrelatos para bien amar (III)


A Nieves Delgado


Demóstenes, a pesar de su tartamudez, se convirtió en el mayor orador de todos los tiempos, cuya capacidad para persuadir fue puesta a dura prueba ante los atenienses, duros de oído; sin embargo estuvo un año entero empleando sus extraordinarias dotes para convencer a su primo Aquiles de que no le convenía casarse con Ademia y pudo al fin conseguirlo pero, en ese mismo momento, se casó.

11 de junio de 2012

Seis microrrelatos para bien amar (II)

A Txaro Cárdenas

El dios Amor reparte el salario los viernes. Se sienta en su mesa y da a cada pareja su bolsa de monedas. Las bolsas están en dos montones. En un montón están las bolsas con menos monedas, que son para las parejas que se aman porque se parecen y en el otro montón están las bolsas más repletas, que son para las parejas que se parecen porque se aman. Se aplica así una ley justa que consiste en pagar más a los que más trabajan.

9 de junio de 2012

Seis microrrelatos para bien amar (I)

A I. D.
El farmacéutico del pueblo se enamoró de la frutera y, a quien iba a pedirle medicinas para la gripe, le decía:

-No, hombre, no... Vaya a la frutería de Felisa y cómprele un kilo de naranjas. Las exprime, calienta bien el zumo y se lo toma con un poco de miel. Verá qué bien le sienta.

Felisa también amaba al farmacéutico y cuando alguien le preguntaba si tenía fruta buena para combatir el estreñimiento, le contestaba:

-Pues dicen que si las mandarinas... pero yo te aconsejo que no te compliques la vida y que vayas a la farmacia de Alejandro y te compres un buen laxante. 

7 de junio de 2012

Los dos pajaritos

Francesca agonizaba en su cama. Su vida estaba llegando a su término final. En la habitación, todos guardaban silencio pero desde el pasillo llegaba el murmullo de los que hablaban en voz baja. Elisa Pagano preparaba café en la cocina con el pequeño Francesco agarrado a sus faldas temblando de miedo porque su primo Pietro Ripoldi le había dicho que iba a venir a llevarse a la bisabuela un hombre con alas de gallina. Había sido un día soleado de primeros de junio pero esa noche soplaba un viento huracanado que hacía traquetear las ventanas que daban al norte, entre las que se encontraba la de la alcoba de la moribunda. Cuando el café estuvo preparado, Elisa llenó las tazas y, tras colocarlas en una bandeja, se encaminó con ella, con cuidado de no derramar el líquido, hasta donde estaba el resto de la familia. Los hijos de Francesca, Carlo, Giuliana y Elisa, tenidos en su primer matrimonio con el ya difunto Luigi Pagano, eran ya casi ancianos y la casa estaba llena de nietos y biznietos. También había en ese momento muchos familiares de su segundo marido, que ya había muerto. Elisa fue pasando la bandeja entre los familiares que había en la alcoba de la agonizante Francesca hasta que todos tuvieron su café. Pero en ese momento, la ventana, que había estado traqueteando como una loca desde hacía una hora o dos, se abrió de golpe dejando entrar un viento enfurecido que se llevó por el aire las cajas de medicinas y las servilletas de papel que había en la mesita de noche y levantó las sábanas de la cama. Fiorenzo Pagano, hijo de Carlo, se apresuró a cerrar los postigos de nuevo pero no pudo evitar que invadieran la intimidad familiar dos extraños intrusos que peleaban con rabia en el aire, ajenos al lugar en el que estaban y al viento que los arrastraba: eran un pajarito amarillo y un gorrión. Fiorenzo, al apercibirse de ellos, dejó abierta media hoja de la ventana para intentar que volvieran a salir pero sólo salió el gorrión, derrotado ante el mayor ímpetu guerrero del pájaro amarillo. Éste, en cambio, se posó junto al rostro de Francesca, justo debajo de su boca y picoteó sus labios provocando la irritación de Fiorenzo, que intentó atrapar al pájaro. Francesco, el asustado biznieto, contemplaba la escena con ojos maravillados y su miedo desapareció de pronto. El pajarito amarillo, perseguido por Fiorenzo, saltaba de un lado a otro de la habitación. Finalmente, huyó al exterior, acompañado de otro pajarito amarillo que nadie había visto entrar pero que algunos dijeron que había salido de debajo de las sábanas de Francesca. La ventana volvió a cerrarse y la calma retornó, pero en ese momento se apercibió Fiorenzo de que su abuela ya no respiraba. 

-La abuela ha muerto -dijo a los que había en la alcoba.

Elisa, con un brillo de alegría en sus cansados ojos exclamó:

-¡Mi padre ha venido a llevársela! ¡El pajarito amarillo! Ellos se llamaban el uno al otro "mi pajarito amarillo", ¿verdad Carlo? -dijo dirigiéndose a su hermano quien asintió-. Desde que vieron, siendo novios, dos pájaros amarillos en el parque.

Francesco, lleno de alegría e ilusión por este suceso maravilloso que había presenciado desde el pasillo, comprendió que su primo Pietro no era más que un tonto ignorante.

4 de junio de 2012

El Pacto de Virtudes

En una habitación que parecía la consulta de un médico que, por los elementos que contenía, se adivinaba además cirujano estético, una adolescente se vistió su camiseta para tapar unos pechos voluptuosos mientras un hombre maduro, vestido con bata blanca y en cuyo rostro lucía unas gafas redondas que le daban un aire delicado le decía:

-Recuerda, Virtudes, el plazo expira a tus cincuenta años. 

-No me importará morirme entonces -contestó la adolescente-, quiero vivir la vida intensamente y, de la otra forma, mi vida habría sido tan anodina que me habría muerto igual a los cincuenta años, aunque fuera de aburrimiento nada más. 

-Ya sabes que no hay vida eterna para nadie, mi caso es distinto porque soy un ser de otra especie. Pero, aunque no la haya y sólo tengas que pagar con una muerte prematura, tu vida va a transformarse profundamente y no habrá marcha atrás. ¿Firmas el contrato a pesar de todo?

La adolescente se aproximó, sin decir nada, al papel y le estampó unos garabatos con determinación casi furiosa. Luego dijo con despecho:

-¡Pues claro, imbécil! ¿Crees que voy a estar toda la vida siendo Virtudes la boba, la que ni de casualidad consigue que Pedro se fije en ella? 

-Recuerda que fuera de aquí no eres ya Virtudes sino una chica nueva, ni yo soy Lucifer sino un cirujano plástico, en el momento en que desveles a alguien este secreto, morirás.

-Vale, "pobre diablo"... -contestó Virtudes y salió por la puerta y dio un portazo.

*** ***

La nueva chica se ganó pronto la popularidad de todos los chicos y chicas del instituto. Había llegado de Francia, era huérfana pero actuaba como actriz en el cine y el teatro. Pedro era el único que no le hacía caso y ella, todo el mundo lo sabía, se sentía muy mal ante ese desinterés, la gente era perfectamente consciente de que "Claudia" suspiraba con melancolía por Pedro. Pero en cierta ocasión, ella le invitó a tomar algo en la cantina y conversaron. En cierto momento de la conversación, ella, fingiendo coquetería pero deseando en realidad interesar a Pedro le preguntó:

-¿Te parezco guapa o fea, Pedro?

Pedro dijo que muy guapa pero que sabía de una mujer muy hermosa también que acababa de morir. 

-Se llamaba Virtudes -dijo Pedro- y la amaba en secreto porque no me atrevía a decirle nada pues soy fóbico social. Ahora me encuentro muy mal, lloro todas las noches, no puedo soportar haber dejado de verla todos los días en el pupitre de delante. La muerte es tan mezquina...

Claudia, mostrando una extraña turbación, le respondió, nerviosa:

-Olvídala, esa chica ha muerto, es cosa ya del pasado, debes enamorarte otra vez...

-No puedo olvidarla, he determinado dejar este mundo, ella es lo único que me hacía falta de él y ahora que la he perdido, no me importa dejarlo.

-¡No puedes quitarte la vida ahora...! -gritó Claudia-. Tienes toda la vida por delante para volver a enamorarte... -Claudia cada vez más nerviosa gritó:- ¡Enamórate de otra chica! ¡De Eva, de Vanesa... de mí! -Claudia puso un énfasis especial a su voz en el momento de ponerse como ejemplo.

Pedro agachó la mirada y dijo tristemente:

-No es posible... esta noche me iré de este mundo, lo he decidido.

Pero en ese momento Claudia se desabrochó la camisa y mostró su vientre:

-No tengo la cicatriz de los cuerpos que han nacido de un vientre humano, sólo algunas partes de mi anatomía son de una persona que tú conoces bien, son las suficientes para que no haya perdido mi auténtica identidad, lo demás es creación del Diablo, he hecho un pacto con él, soy Virtudes...

Pedro se quedó mirándola estupefacto y, luego de asimilar todo lo que le había dicho y de creerlo ante la evidencia que le proporcionaba su falta de ombligo, le contestó al fin:

-Te amo, Virtudes, te amo con todo mi corazón...

Virtudes acercó su rostro al de Pedro y ambos se besaron con ansiedad. Pero, en medio de la escalada de sus deseos, cuando esperaban que el beso les condujera al encuentro definitivo de sus dos almas, la boca de Virtudes se detuvo en la búsqueda, sus labios se volvieron fríos y lívidos, su cabeza se inclino por el peso hacia el suelo y se desplomó, perdido el aliento para siempre.

2 de junio de 2012

El Espejismo

A mi buena amiga Susana Escarabajal Magaña

Agustín Peje Sobrarbe, dueño de una tienda de pompas fúnebres de Orense, estaba empeñado en hacerle ver a todo el mundo que llegaba a su tienda, entre angelotes de mármol y urnas de cerámica, que la vida era como un triste camino polvoriento lleno de nada más que piedras y fatigas. Fuera de su negocio, no era menos pesimista. Cansaba a los amigos cuando más animación mostraban en el bar viendo jugar al Dépor con su escepticismo rotundo y, a quien se oponía a darle la razón con respecto a los escasos gozos que podían esperarse del mundo, solía salirle con la idea de que la felicidad que producía la existencia en los que no vivían la vida tristemente era debido a una expectativa tan ilusoria como el espejismo de un bosque en un desierto inmenso y abrasador.

Pero, cuando, por una bronconeumonía, hubo de faltar durante dos semanas a su negocio y guardar cama, se estuvo acordando durante todo aquel tiempo, plagado de toses dolorosas y escalofríos entre mantas, de cuando quería ser gaiteiro en la banda de su ciudad y acabar de compositor famoso y celebrado de la gaita gallega y se sintió, como solía, triste y deprimido, aunque, esta vez, no le causaba pesadumbre la naturaleza falaz de los sentidos y lo doloroso de la vida sino, por primera vez en mucho tiempo, su menguado espíritu de lucha.

Como algunos estudios de solfeo sí tenía, entregado a su típica morriña gallega, en su tiempo de convalescencia, sentado en la cama, compuso un "Adagio de ángeles para tres gaitas", que ganó un concurso de composición de La Coruña y se utilizó en la ceremonia del Año Jubilar de Santiago de Compostela. Mientras el gran botafumeiro vomitaba incienso oscilando cada vez más rápido de un extremo a otro de la catedral, tres gaitas entonaban el adagio de Agustín Peje provocando casi el arrobo místico de los feligreses. El adagio pronto alcanzó fama internacional y se llegó a hacer un arreglo para gaita escocesa, que se hizo tan célebre en Gran Bretaña como el Good Save the King.

Los derechos de autor del "Adagio" le dieron a Agustín la posibilidad de cerrar su lúgubre tienda para dedicarse por completo a la composición musical y aprovechó para acabar sus estudios musicales. Gracias a estos estudios, pudo componer su "Fuga a 4 gaitas Morriñas Galegas", que fue un nuevo éxito rotundo. Pero su espíritu continuaba, en cierto modo, preso del sentimiento desengañado de su época de vendedor de angelotes. Se acordaba de que su mujer no le había dado ningún hijo y pensaba con tristeza que su estirpe acabaría el día en que él diera el último y más débil estertor y que ninguna carne de su carne cerraría sus párpados para ocultar piadosamente su ojos en blanco. 

Su esposa decidió consultar a un ginecólogo, quien le dijo que un ligero defecto congénito en los ovarios le había impedido hasta entonces tener hijos pero que, con una ligera operación quirúrgica, el problema se solucionaría. Así que, un año después, casi simultáneamente al estreno de su espectacular "Gaita Erguida, allegro vivace para gaita y guitarra", tuvo dos mellizos preciosos, con el pelo rubio él y morena pero muy blanca ella. Por aquel tiempo, Agustín ya no era ni la sombra de lo que fue, el Depor para él era el número uno y, si no ganaba la liga, era por los árbitros y el presidente del club, que no fichaba a ningún crack ni sabía administrar el dinero. Pensaba de la vida que era un paraíso donde había que empeñarse todos los días en encontrar la felicidad y el que no la encontraba era por no esforzarse lo suficiente. Citaba a Epicuro en lugar del Eclesiastés y pedía que no le rindieran culto familiar después de su muerte sino que tiraran las cenizas al río Miño. Decía que la muerte no le preocupaba en absoluto pues, cuando apareciera, ya no estaría él y, mientras él estuviera, la muerte no aparecería.

Sin embargo, en cierta ocasión, cuando sus hijos tuvieron dos años, contempló el llanto del varón en una excursión al monte porque se le cayó la piruleta al barro. Su boca, pringosa por el caramelo, se retorcía en un rictus doliente y sus ojillos, entre grandes pestañas amarillas, se entornaban como para evocar y seguir aferrándose a ese mundo mejor que acababa de salir del campo real de sus expectativas y recibir así al menos un ligero alivio al dramatismo de la coyuntura en la que se encontraba. Esta visión, por otra parte de lo más cotidiana, acompañada del ligero frío otoñal y la humedad del ambiente, afectó de tal manera a su sensibilidad inconsciente que, a partir de ese instante, sin saber por qué razón, entró en una grave depresión y una crisis creativa le obligó a abandonar su actividad compositora. 

Agustín, aquellos días en que se vio aquejado por tan profunda melancolía, sentado al borde del lecho, sin saber si se acostaría otra vez o se levantaría, pensaba:

-Después de una decepción o un desengaño no hay posibilidad de volver a sentir felicidad, ésta es un espejismo pues nuestro corazón muere la primera vez que fracasa uno de nuestros deseos. El amor es una ficción, nacemos solos, solos vivimos y luchamos, morimos solos y, si alguna vez vemos la luz de una dulce pasión, es un espejismo, pues sólo nos enamoramos de una imagen interna que se proyecta en cada nueva mujer que atrae nuestra atención. La muerte será la última sensación que tenga en la vida, no el placer, no el éxito, no la satisfacción, sino la sensación terrorífica de una presencia angustiosa, la más intensa de todas las sensaciones, la de estar llegando al final, que hará insignificantes todos los goces de la vida. Cuanto haya hecho por mi felicidad, me será ajeno en esos instantes y la despedida del mundo será una atroz experiencia de dolor físico, miedo intenso, tristeza y soledad. Podemos vivir alegres pero siempre es a costa de nuestro corazón, nuestro corazón nos pide el llanto cada uno de los días de esta penosa existencia pues nada sacia la sed de ese alma sola que alberga el hombre en su cuerpo. Los pájaros no piensan y nunca dejan de cantar pero el hombre con corazón no puede hacer otra cosa que gemir permanentemente pues su alma es un enigma para todos los demás... 

Lo único que le producía algún interés en este período de crisis era la extraña actividad, que comenzó a practicar, de buscar cadáveres de insectos en sus salidas al campo para intentar averiguar a través de su examen qué clase de muerte habían tenido. Era casi siempre una elucubración sin base científica alguna, una forma de conducir su imaginación hasta suposiciones tan descabelladas como infantiles que hacía sin dejar de sujetar el escarabajo inmóvil o la moscarda entre los dedos, a los que tenía como el puente de unión entre toda aquella fabulosa especulación retrospectiva y la realidad más material. Lo que nos une con los insectos es que comparten nuestro espacio natural y, pese a ser absolutamente diferentes de nosotros en cuanto a su aspecto físico y a sus costumbres, lo que en teoría los convierte en horriblemente feos y repulsivamente raros, nos son absolutamente familiares y hasta en la mayoría de los casos nos pueden parecer incluso bonitos. Caminando con agrado por el campo aquella primavera, comprobó que siempre había un insecto, siempre una forma de vida que le hacía compañía, no se sentía solo aunque no hubiera otro ser humano a su lado que conociera los códigos de su corazón. A un insecto, no nos lo imaginamos diferente a nosotros sino igual en su forma de afanarse por subir a la hoja, por posarse en la flor... Los insectos, vivos o muertos, eran parte de las sensaciones agradables que percibía mientras caminaba, parte del esplendor de la vida y no los podía ver como enigmas ocultos sino como compañeros de viaje. 

Agustín, después de llenar tres cajas de zapatos con cadáveres de insectos, en una extraña ocupación que poco a poco le devolvió las ganas de vivir, comprendió al fin que la soledad es un espejismo, lo mismo que la muerte, que no somos enigmas para los demás sino seres de una transparencia milagrosa y que la muerte es un suceso natural al que no debemos temer y sucede todos los días en cualquier parte del mundo. Llegó también a la conclusión de que todos los deseos son efímeras creaciones mentales y que lo único permanente de ellos no es una idea abstracta y fuera de la realidad sino, muy al contrario, la cicatriz en forma de corazón con que se ha marcado el tronco de un árbol o la huella que ha dejado en la Humanidad la fuerza de cada gesto anónimo de generosidad. Entonces sí, Agustín Peje Sobrarbe dejó por fin de ser aquel propietario diligente de una tienda de pompas fúnebres que había sido y, saliendo del capullo de su pesimismo tras aquella depresión demoledora, liberó la mariposa azul que se ocultaba en su alma y, echando mano de su nuevo ritmo interno y de la nueva frase melódica de su corazón, compuso, con la miel que generaba su alma en la compañía de su esposa y sus dos hijos, la "Sonata para piano Corazón Generoso" porque ya estaba bien de gaitas.