12 de mayo de 2012

Sam, el verdugo

Dedico este relato a mis sobrinos, 
Marina, Rocío, Belén y Jose Miguel.


Samuel Widdock, el verdugo, era un hombre viril, habituado a accionar el resorte eléctrico que acababa con la vida de toda aquella mala gente sin perder un átomo de aplomo y tan seguro de lo justo de su misión que apenas tardaba en entregarse al sueño cuando, después de un trabajo, apagaba la luz de su dormitorio. 

Sin embargo, cierto día, no pudo cumplir con su obligación. Esa mañana, su anciana y algo trastornada madre, harta de que le tirara migajas de los pastelitos de chocolate en el sofá, le había soltado:

-¡Sam, eres un detestable cerdo! ¡Maldita sea tu sangre judía!

Samuel se enteró de esta forma de que su padre no era el honrado metodista John Widdock, carpintero de Wyoming sino un judío. ¡Un extranjero! O, como en América llaman a los extranjeros, un "alien". ¡Eso le convertía en un híbrido, un sucio y asqueroso mestizo! Él, el honrado verdugo de Dakota del Sur, que gozaba enviando al infierno a todos aquellos diablos de inmundas razas, nacidas sólo para hacer el mal, era, en realidad... ¡judío!

Llegó a la prisión estatal para llevar a cabo la ejecución de la pena capital sobre la persona de un importante miembro de la mafia italiana. Pero, desde lo de por la mañana, estaba ausente de todo lo que ocurría a su alrededor. Cuando estaba inspeccionando la instalación eléctrica, la mayor parte de su atención estaba ocupada tratando de imaginar cómo practicaba un judío el acto sexual, por eso, estaba tan distraído que recibió una descarga al tocar con los dedos un cable pelado. Pese a lo poco grave del accidente, perdió el conocimiento. Cuando lo recobró, mostraba tal terror ante la silla eléctrica que no se pudo volver a acercar a ella. Hubo de ser tranquilizado por los guardias de la prisión y acompañado al exterior. A partir de aquel día, dejó su oficio. Estuvo mucho tiempo yendo al psiquiatra pero nunca volvió a estar sano mentalmente si es que lo había estado alguna vez.

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