10 de mayo de 2012

El Superdotado

Al lado de Diego Fernández, Mozart fue un niño bastante normal y con ciertas aptitudes posiblemente prometedoras. Su padre hubo de ser disuadido por su esposa, indignada ante una irresponsabilidad tal en un hombre adulto, de su intención de llevar a un niño de sólo once  meses al exorcista después de haber sorprendido al pequeño con un cubo rubik resuelto, cuando hacía apenas un cuarto de hora que se lo había dado para que se deleitara con sus colores y lo chupara mientras lo dejaba en su cunita y recordaba perfectamente que se lo había entregado totalmente desordenado, con seis colores en cada lado, que es lo único que él había logrado hacer desde que tenía aquel juego gracias al azar más que a su habilidad. A los tres años, las matemáticas le encantaban y, en lugar de con los cuentos cortos e ilustrados que miran los niños de su edad, se entretenía con las  largas tablas de cálculos de los técnicos de la NASA. Sus padres ignoraban cómo iban a educar a aquel niño que habían tenido si sabía más que ellos y, por eso, estaban muy asustados, eso sí, siempre que no estuvieran viendo su programa de televisión favorito o jugando al siete y medio. Un día, cuando contaba cuatro años, al recibir una denegación de la revista Nature para publicar su estudio "El Papel del Histrionismo en la Excitación Neurológico-Sexual de los Animales", decía el email, "por ser excesivamente complicado para que lo entiendan las nuevas generaciones de nuestros lectores", cayó en una depresión.

El médico de familia recomendó a los padres que contrataran a un psicólogo para que el pequeño no se viera acomplejado ante el resto de la gente por su diferencia. Fue el padre el que, mirando en una red de internet de profesionales de la salud, se encaprichó medio en broma de una psicóloga jovencita y atractiva cuyo blog le parecía el más bonito y persuadió a su esposa para que fuera ella la que diera tratamiento al niño. Su nombre era Claudia Rubio y su consulta estaba a tan solo cuatro manzanas de donde ellos vivían. Cuando fue con su padre a pedir la primera cita, Claudia, poniendo su mano sobre la de él, le preguntó con una sonrisa:

-¿Estás contento de que sea tu psicóloga?

Diego con la mirada brillante pero la boca algo abierta contestó tímidamente que sí.

Padre y psicóloga celebraron la ingenuidad tanto de la pregunta como de la respuesta con alegres risas y se levantaron los tres. A continuación, Claudia los condujo a la salida procurando no dar la espalda al padre cuyas manos estaban extrañamente nerviosas.

Era evidente para todo el que hubiera presenciado aquella primera cita, que Diego se había enamorado de su psicóloga nada más verla. A la siguiente cita, al empezar la consulta, el chico le propuso matrimonio.

Claudia vio en este gesto manifestación de baja autoestima, búsqueda de una autoridad fuera de los padres, escasa capacidad para reconocer sus limitaciones, sexualidad precoz y tendencias obsesivo-compulsivas. Claudia dijo entonces:

-Diego, ¿sabes por qué me pides matrimonio? Porque te quieres poco. Tú no me necesitas para ser importante. 

Claudia dedicó las dos horas de aquella primera cita real a explicarle con ejemplos muy sencillos y evidentes lo que era quererse y a demostrarle que lo más importante de la vida era eso, mucho más importante que querer a ninguna otra persona, ya fuera a su papá, a su mamá o a sus amiguitos y amiguitas. Al final de aquella kilométrica sesión, Claudia, mostrando una amplia sonrisa y acariciando el envés de la mano del chico con sus dedos le preguntó:

-¿Comprendes ya lo que es quererte a ti mismo?

-¡Sí! -contestó Diego con mucho ánimo.

-Y ahora, Diego, ¿todavía quieres que me case contigo? -volvió a interrogar la bella psicóloga, esperando su repuesta negativa como premio a aquella trabajada primera lección de salud mental.

Pero Diego demoró su respuesta un largo tiempo y, al final, manifestando profundas dudas y mucha confusión en su rostro y en la entonación de su respuesta, preguntó si tenía que contestar afirmativamente.

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