23 de abril de 2012

Una conversión en Éfeso

A Isi Sil y Susana Escarabajal

Pablo creaba sin cesar nuevos acólitos para el mensaje nuevo de salvación eterna. Sabía cómo llegar a la sensibilidad de los hombres de toda laya y procedencia. Caminaba una vez por las afueras de Éfeso sobre su borrico junto a dos de sus discípulos cuando vio llegar a un comerciante de tejidos, opulentamente vestido y con una venerable barriga precediéndole en cada uno de sus fatigados pasos pues había muerto inesperadamente uno de los onagros que llevaban su mercancía durante el trayecto hasta Éfeso y había tenido que cargar con sus telas a la mula que aguantaba el peso de su descomunal humanidad en horas de mayor fortuna para él por lo que tuvo que seguir camino a pie enjuto.

Poco a poco, se fueron aproximando por la calzada las dos comitivas, la de Pablo, que salía de la gran urbe, y la del mercader, que llegaba. Cuando Pablo llegó a diez pasos del otro, se bajó del burro y, abriendo los brazos en cruz en dirección a aquél, le dijo:

-Hermano, Dios te ama.

El comerciante abrió los ojos no menos que la boca al oír aquello y, cuando salió de su asombro, le dijo:

-¿Y cómo lo sabes?

-Porque Dios ama a todas sus criaturas, una por una -contestó Pablo.

El comerciante agachó la cabeza y se meció la barba reflexionando aquellas palabras. Había adivinado que Pablo le estaba intentando convertir a una religión iniciática y examinaba su interior para sentir cómo encajaba aquel mensaje simbólico en su estructura espiritual. 

-¿Y hay alguna a la que no ame? -preguntó al fin.

-Sí -contestó Pablo- el hombre inicuo, el que daña a sus semejantes pero incluso ese puede ser amado por Dios y puesto entre sus hijos predilectos si se arrepiente...

-¿Y a quien Dios no quiere, qué le sucede? -preguntó curioso el Mercader.

-Ese irá a la Gehenna, al Infierno, al sufrimiento eterno, pero Dios es misericordioso y no quiere el mal de sus hijos, antes perdonará mil veces al hijo díscolo que ser en exceso riguroso una sola...

-Sí, pero en el infierno, ¿qué castigos se sufren?

-Las almas arden y se retuercen de dolor eternamente, sin compasión, pues el Ángel Caído es enemigo de la humanidad, pero no pienses en esas cosas, mi querido hermano...

-¿De qué más padecimientos habla tu Misterio, sacerdote? -preguntó el mercader, que ya sentía una atracción profunda hacia aquella fe que le ofrecía Pablo.

-La tortura, crucifixión y muerte del Hijo de Dios, que, abandonado por su pueblo, cargó sobre sí con el peso en la conciencia de todos nuestros pecados, fue abandonado por Dios en el momento de mayor tribulación lo que le hizo exclamar: "¡¿Dios mío, por qué me has abandonado?!". Descendió al Infierno pero resucitó tres días después y dejó que uno de sus discípulos le metiera el dedo en su herida mortal para que pudiera estar seguro de que había despertado de la muerte y andaba entre los vivos...

El mercader retorció los ojos hacia arriba y dijo:

-¿La crucifixión fue con cuerdas o con clavos?

-Con clavos, hermano, con clavos,... largos y gruesos clavos que traspasaron sus muñecas y sus pies, y en su cabeza pusieron una corona de espinas y, en lo alto, un letrero caustico que le atribuía la soberanía de Israel y, hasta para calmar su sed, le dieron hiel amarga. Él mismo llevó la cruz hasta lo alto de un montículo y la gente del pueblo se reía de él y le insultaba y todo eso porque predicó la justicia en la Tierra...

El mercader seguía retorciendo los ojos mientras Pablo, llevado por un repentino y extraño ímpetu, hablaba y hablaba del sufrimiento de Jesús y no veía el momento de callar. Pero, de pronto, el mercader inspiró hondo y exclamó:

-¡Me has ganado para tu fe, espléndido sacerdote! Pero no sigas hablando, deja algo para cuando estemos en las termas de Éfeso reposando placenteramente.

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