21 de abril de 2012

Mauricio y Clark

A Susana Escarabajal y Dioni Atrapamoscas

Hay una isla brasileña que está deshabitada porque tiene fama de estar plagada de serpientes venenosas. Yo he vivido allí y sé que es un rumor propagado por traficantes de droga, que esconden allí su mercancía. Llegué a su playa a nado para salvar mi vida tras el naufragio de mi pesquero en el que, al parecer, murieron todos mis compañeros. Sólo dos años después llegó el momento de mi rescate y volví a mi Minas Gerais natal para dedicarme a un oficio de secano. La isla es paradisíaca, con un lago potable y mucha vegetación comestible además de algún mamífero de sabroso sabor. Fui feliz allí, dentro de la soledad horrible que experimenté, hasta que llegó Clak.

Su globo aerostático cayó un día sobre la isla falto de gas para calentar el aire por un error de su cabeza llena de pájaros, pájaros todos ellos de mal agüero y carroñeros, si hubiera que continuar el símil. Su cabeza siempre estaba ideando algo nuevo. Un día me dijo:

-Mauricio, ¿por qué no competimos por la comida de la isla? Así nos preocuparemos de que nuestros suministros no escaseen nunca. Unimos al interés por comer el de acumular comida. Nos estimulará la idea de que el otro no se quede con la fruta de las ramas más bajas y fáciles de alcanzar.

De modo que empezó a almacenar cocos, bananas y otras frutas en su cabaña. Pero la mayor parte se pudría y se echaba a perder antes de que se la pudiera comer. Pero fue tal su empeño en almacenar comida que pronto no quedó fruta en los árboles y palmeras y yo, como no había tenido su misma obsesión infantil por llenar mi despensa, me quedé sin alimentos y le pedí que me diera de los suyos puesto que ya había quedado suficientemente claro que aquel juego lo había ganado él.

-No, Mauricio -me contestó-, si quieres comida, tendrás que trabajar para mí.

Así, tuve que pasarme dos meses desbrozando un gran terreno circular alrededor de su cabaña, construyendo un largo muro que la rodeara con piedras unidas con arcilla, cavando una balsa junto a su casa y un canal desde el lago que desembocara en ella y otra infinidad de trabajos agotadores que tenían la supuesta finalidad de mejorar "nuestras" condiciones de vida.

Cuando ya quedaban pocos víveres para los dos, me dijo:

Mauricio, sintiéndolo mucho, no puedo seguir pagándote el sueldo que cobras ahora, ni siquiera reduciéndote la jornada a la mitad. He de despedirte con todo el dolor de mi corazón...

Entonces, cerró la puerta de la muralla en un movimiento ágil aprovechando mi desconcierto y me dejó fuera. Hube de trasladarme, rumiando la ira, a la chabola de mis primeros días en la isla y alimentarme de raíces e insectos. Hasta que, un día, lleno de resentimiento, me dije que yo también tenía poder y le corté el canal de agua del lago que fluía hasta la balsa. Pasó todavía un mes hasta que su pozo se secó. Entonces me pidió hacer las paces, según él, porque había comprendido que lo más importante entre los seres humanos era el amor y que no había que tener rencillas ni dejar que las diferencias nos separaran.

Mi repugnancia hacia este sujeto despreciable ya no tuvo límites cuando, acabando aquel discurso de pacificación, me dijo, mirándome con un brillo extraño en los ojos:

-Podemos hacer de esta isla una utopía, Mauricio, pero, para empezar a llevar a cabo este maravilloso ideal, has de concederme la libertad sexual.

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