12 de abril de 2012

La tentación de un director

Para aquella película multimillonaria habían escogido a Carlo Donioni, un auténtico bastardo, como director. Quería la perfección absoluta y al que no tenía estómago para seguir su ritmo le hacía sentirse una piltrafa. Aquella mañana había de rodarse la escena cumbre, donde el terrateniente inglés azotaba a su lacayo y éste le estrangulaba con la enorme fuerza de sus manos gigantescas. Las primeras 15 tomas fueron insatisfactorias para el director. No estaba dispuesto a estampar su firma en ninguna película que no fuera una obra maestra indiscutible y en una obra maestra no podía haber nada mediocre, ni siquiera una escena de crueldad e injusticia podía ser mediocremente cruel e injusta, por eso, cuando en la escena número 16 el actor que encarnaba al terrateniente seguía sin saber fingir suficiente saña a la hora de interpretar los azotes, Donioni arrebató al actor la fusta, completamente fuera de control, y comenzó a azotar a Mike Burn, el corpulento actor que interpretaba al lacayo, con furia desmedida una y otra vez hasta que la fusta se hizo dos pedazos. Mike Burn, hombre de gran sentido del humor y buen natural, sintió, sin embargo, en aquel momento, tal arrebato de indignación y tal deseo de venganza que, cogiendo al director de una pierna con una mano y de la camisa con la otra, lo elevó sobre su cabeza y, tomando impulso, lo lanzó con fuerza contra la cámara que rodaba la escena, que cayó al suelo junto a Donioni y quedó hecha pedazos. 

-¡No eres nadie, Donioni, no eres más que un saco de inmundicia! -gritó Mike Burn, mientras se secaba la sangre que le manaba de la cara.

Todos, absolutamente todos los que trabajaban en la película se marcharon entonces a la calle y dejaron solo a Donioni, que, comprendiendo que, en esta ocasión, estaba claro quién había sido el perdedor, se caló su gorra, cogió su abrigo y se marchó a pedir su cese del contrato.

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