9 de abril de 2012

El gran odiado

A Mientras Leo

Andrés se puso pálido cuando pidió un dedo de brandy y Joaquín le dijo con ironía maliciosa que bebiera más porque "el tamaño sí importaba". En lo que quedó de noche, no volvió a hablar y se lo pasó mirando el suelo con expresión triste y apesadumbrada. Fue por eso que no se apercibió de que, al poco, una chica preciosa se había sentado junto a él y le había lanzado miradas hasta que, tras comprobar que no le hacía caso, se había cansado y se había ido, ni de que, después, fuera quien fuera, alguien se había acercado con sigilo y le había robado su cazadora, ni de que, más tarde, todos los de la pandilla habíamos salido del bar y le habíamos dejado solo, ni de que, al final el dueño del local, ignorando su presencia en un rincón había ido a cerrar la puerta y se había marchado a su casa. No sólo se quedó allí encerrado durante un día entero sino que no pudo presentarse a un examen y tuvo que hacerlo en septiembre. Además, se lo pasó pensando con amargura que no resultaba atractivo a las chicas, que sus cosas no tenían valor y que era un chico tan extraño que llamaba la atención de todo el mundo. Cuando, muchos años después, me comentó aquel episodio, me dijo:

-Si supieras hasta qué punto me odié y desprecié en aquella ocasión, dirías que nunca nadie ha tenido que aguantar una compañía tan odiosa para él durante tanto tiempo pudiendo haberla alejado con el simple gesto de permitirle que se sintiera algo más querida...

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