5 de abril de 2012

El Comandante Galaz

El Comandante Galaz Hernández acababa de ver en casa de una chica de la ciudad más próxima una gran película, en cuyas escenas todavía estaba sumergido. Mientras caminaba hacia su morada por el sendero del campo de entrenamiento, jugaba su inconsciente con la imaginación haciéndole sentirse como el protagonista de la película, Máximo, pasando revista a las fuerzas romanas antes de atacar a los germanos. Cuando entró en casa, su madre, una mujercita anciana pero fuerte y llena de aliento, se acercó con celeridad y alegría a besarle pero, una vez que su rostro llegó al pecho de su hijo y su nariz se frunció un par de veces para oler algo, se volvió a apartar con brusquedad y, levantando su rostro hacia su hijo portando en sus facciones una expresión terriblemente agria, le dijo en un tono seco e imperativo:

-¡Has estado en la ciudad con una de esas mujerzuelas! ¡Pero mírame a la cara y ponte recto, que soy tu madre y me debes un respeto! -su hijo le obedeció, pero ella se lanzó al sofá con aire trágico y arrancó a gemir enjugándose las lágrimas con un pañuelo y a lanzar exclamaciones de lamentación-. ¡No esperaba yo que mi hijo me fuera a hacer esto! ¡Mi hijo, tan bueno...! -decía. Pero de pronto, cambiando en seco sus gemidos por el tono que había usado inmediatamente antes, duro y dominante, dijo-: ¡Tú no has nacido para el sexo, idiota! ¿Por qué te puse Galaz? Porque quería que fueras un símbolo para España, un hombre casto y cristiano que portara la luz del Santo Grial allá donde estuviera. Tu destino es llegar al Generalato del Ejército de Tierra, pero, además, sin mácula, puro como un niño. ¿No sabes que con tu comportamiento vas a matar a tu madre, si es que no la has matado ya? -y volvió a lanzarse a sus gemiditos tiernos.

El Comandante miraba fito fito a su madre con tanta vergüenza que quería que se lo tragara la tierra pero dijo:

-También a ti te han vuelto loca los libros de caballerías, mamá...

-¿Ironías a tu madre? -dijo ella volviendo a cambiar sus lastimosas lamentaciones por su implacable acritud-. ¡Piérdeme el respeto encima! -y, a continuación, tras pararse a contemplar el rostro de su hijo unos segundos, dijo mostrando en el tono como la punta del iceberg de un dolor enorme- ¿Pero será posible que te hayas quitado el rizo de la frente? ¡Dios mío, hijo, pero cómo has hecho eso!

El Comandante contestó:

-Mamá, tengo alopecia, ese rizo me quedaba ridículo, me hacía una parodia de Supermán...

-¡Tú no tienes que dar un paso sin contar conmigo, te lo he dicho mil veces!

-¡Mamá! Ya estoy harto. Me he enamorado de una mujer y voy a casarme con ella. No puedes seguir controlándome. Tienes que tranquilizarte, mi amor por ti es distinto y no va a desaparecer.

Pero ella le clavó la mirada y dijo levantando un dedo:

-Eres comandante por ser mi hermano quien es, no des motivo para que te retire tu apoyo...

El Comandante Galaz, bajó la mirada y tragó saliva, una sensación de dolor repentina le había invadido y tardó medio minuto en recuperarse pero después respiró hondo y dijo:

-Mamá, adiós, me voy del ejército.

-¡Vas a desertar! -dijo asustada su madre.

-No, mamá, seguiré el procedimiento habitual.

-¡Hijo mío! ¡Vas a abandonar a tu madre! ¿Qué va a ser de mí?

-Cásate con un gay, mamá, eres una gran dama, eso les gusta.


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