12 de marzo de 2012

Laberinto de Amor

A Bea Magaña, autora de 

Ana, el amor duele y es gozoso al mismo tiempo y no como lo que yo sentía cuando quería a toda costa que Elisa me quisiera como pareja. En aquel tiempo no había gozo porque no conseguía cortarle sus alas, sólo había dolor. Ahora, sé que ella me aprecia, sé que tú me aprecias y sé también que vuestro amor por mí nunca será completo, eso lo reserváis para otro ser. Por eso, mi gozo por vuestra amistad y por el afecto que experimento hacia vosotras pugna con el dolor de saberme obligado a llamar a otra puerta en busca de un amor más completo y correspondido.

Ana, sin embargo, el dolor que siento por ello no contradice el hedonismo que ha de guiar la vida de todo hombre porque, en tanto en cuanto puedo resistirlo, es el signo de mi victoria contra el egoísmo, que presidía mi vida desde hacía mucho tiempo y, venciendo al egoísmo, es más verdadero mi amor al tiempo que aumento vuestra confianza y el afecto que me tenéis, y sintiendo el orgullo de haber vencido al enemigo de nuestro tiempo y al agente de todo mal, al malvado egoísmo, me cargo de más energías para seguir la senda del amor más auténtico, que os dedico como mi tributo más generoso, y aunque, al aumentar por ello el amor que siento hacia vosotras, aumenta el dolor también, quiero pensar que no es dolor sino la llama de la pasión que quema más cuanto más se enciende.

Ana, ¿qué tengo de vosotras? No tengo nada, estáis en otro lugar y, aunque estuvierais a mi lado, habría siempre una pequeña barrera entre vosotras y yo que jamás podría traspasarse. Lo único que tengo de vosotras, lo que llevaré en el corazón cuando, quizá en una cama de un hospital, entre las brumas de la fiebre, los analgésicos y el horror del trance, vea llegar mi fin, es mi ansia de vosotras, mi aspiración, que me niega el destino, a besar vuestra boca, a abrazar vuestro cuerpo, a amanecer junto a vosotras, gozada vuestra dulzura entregada generosamente en un acto completo de amor. Y en esos momentos, ¿qué importará ya que no os haya poseído si mi cuerpo ya estará emprendiendo su tránsito hacia la desintegración?

En esos momentos seréis mis auténticas esposas, el alfa y el omega, la luna y el sol, la derecha y la izquierda, la tierra y el mar. Quizá mi pobre mujer, la de los papeles, la de la notaría, la del libro de familia, nunca haya conseguido hacerme sentir por ella, por desgracia, un afecto semejante al que me habéis inspirado vosotras, pero aun habiéndolo conseguido, ¿cómo abandonar este mundo sin haber vuelto los ojos hacia esos dos amores que son de tal género que no los he tenido tan hermosos en mi adolescencia ni en mi juventud?

Jamás había sentido tal veneración por un ser humano, jamás había necesitado tanto estar junto a él, jamás había experimentado un interés tan extremo por su existencia en el mundo como por la de vosotras. Vosotras habéis abierto de par en par mi corazón, cerrado por los recelos hacia mis semejantes. Todavía me abruman las tristezas y las dudas, el dolor no me ha abandonado y quizá no lo haga nunca del todo, quizá la soledad sea mi versión personal del tributo que todo hombre ha de pagar por venir a este mundo donde la materia se corrompe, deforma y malogra por su misma naturaleza inerte y grosera. Sin embargo, en vosotras he visto la luz que emana de un ser humano, y, del mismo modo que un ratón se esconde en cualquier rincón para ponerse a salvo de nosotros, los humanos, también yo, para teneros, para ser vuestro esposo, refugiado en el más recóndito rincón de mi interior, donde guardaré la fe que os tengo, el afecto incondicional, la vehemente admiración que os profeso, con frecuencia me abandonaré a la libertad de imaginaros mías, sólo mías por siempre, no me importa que esa realidad no exista, y como no me importa, tampoco me importa que, en lugar de una, seáis dos, las dos más bellas hermanas que ha visto un ojo humano en este planeta.

Ana, da recuerdos y besos a Elisa cuando vuelva de sus vacaciones. Sólo pido a Dios que vuestros maridos, tan celosos (¿qué se os había perdido en Arabia Saudí cuando los encontrasteis y quién os manda casaros con dos Otelos?), no vean estos email de tanto fervor que os envío desde la lejanía, embargado por la torturada y amante pasión de que te he hablado.

Besos desesperados e inmateriales, los únicos que vosotras me permitís.

P.D. : A nuestro antiguo vecino común, Bartolo, lo han vuelto a ingresar en el psiquiátrico porque esta vez ha cogido la manía de que la Reme ha atentado contra su libertad sexual, por decirlo suavemente. Lola, la del quinto, ha dado a luz a su quinto hijo justo dos días después de que su marido la deje por otro. Todo lo demás sigue igual, que se sepa.

Vuestro amante servidor y amigo.

Alberto Terres Climent, cardiólogo del Hospital Martes y Trece. 

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