22 de marzo de 2012

La Obsesión

Leandro estaba preocupado por su salud psíquica. Pero el del psiquiatra era el tipo de tratamiento médico que, para él, marcaba el declinar en el prestigio social de la persona que llegaba a requerirlo. Su sufrimiento interior apenas le daba tregua. Cuando lo consideraba objetivamente, le causaba asombro cómo podía pasar tantos meses angustiado por aquella obsesión infantil que se había apoderado de su mente sin que su voluntad pudiera hacer nada para salir de ella pese a que sus creencias más firmes le eran del todo opuestas. Cuando más sufría era por la noche, cuando los faros de cualquier automóvil que aparecía en una calle algo oscura le hacían temer que fueran las temidas entidades, objeto de su miedo, que irrumpían para ejercer sobre él sus violentas manipulaciones físicas y psíquicas. Incluso en su dormitorio se sentía desprotegido y era un suplicio para él esperar en la cama hasta la hora en que podía al fin conciliar el sueño. Hacía meses que se había prohibido, con horror, las películas fantásticas y, no veía la televisión por no encontrarse con ninguna imagen de aliens, ni siquiera con los ingenuos monstruos de los dibujos animados. Jamás le había contado su obsesión a nadie; una férrea barrera de pudor le mantenía silencioso para todo lo que se refería a su sufrimiento interior. Hacía un año que no salía con ninguna mujer y la soledad aumentaba esa sensación de enrarecimiento de su vida que había traído su fijación con aquellas horribles y absurdas entidades misteriosas.

Un día iba en dirección al trabajo cuando se encontró con Alberto Gracia, un viejo conocido de la Universidad con el que hacía muchos años que no hablaba. Lo recordaba como un tipo bastante imbécil, que siempre estaba riéndose de alguien y que, con su temperamento malicioso y burlón, encontraba con facilidad todo tipo de motivos para hacerlo de cualquiera. Le dijo a Leandro que trabajaba cerca de allí y, como también era el caso de Leandro, pues se trata de la calle Prendimiento, y no podían entretenerse más en ese instante, quedaron en comer los dos aquel día en la cafetería Tiempos para hablar sobre qué había sido de sus vidas. A Leandro, la perspectiva de hablarle de su vida a aquel sujeto no le hacía muy feliz pero ya le había dicho que trabajaba en aquella calle y no había forma de escaquearse.

A las dos de la tarde de aquel mismo día encontró, sentado ya en una mesa de la cafetería, a Alberto, leyendo La Guerra de los Mundos de H. G. Wells. Leandro era un mal lector y no conocía el libro pero recordaba la película de Spielberg y un estremecimiento le sacudió por dentro y empalideció visiblemente. Alberto dejó el libro en la mesa y tras saludar a Leandro comenzó a interrogarle. Pero Leandro tenía a la vista el horrible monstruo de la cubierta del libro y se encontraba cada vez más incapaz de mantenerse atento a la conversación y su perturbado estado de ánimo le mantenía con una palidez mortal. Alberto se dio cuenta del repentino mal estado de su compañero y le preguntó, con su típica curiosidad tendenciosa de época de la universidad, si había máquina para el café en su lugar de trabajo y si no se había dado nunca el caso de que la leche que servía supiera mal, como si estuviera en mal estado. Como Leandro contestó que nunca bebía café con leche en la máquina, Alberto, que se había percatado de las miradas de horror que había dirigido alguna que otra vez al monstruo dibujado en la portada de la novela, como un moderno Porfiri Petrovich, atacó al centro de resistencia de Leandro diciendo:

-Me encantan las novelas de ciencia-ficción, descubren nuestros terrores más ocultos. Tú debes tener alguno, ¿no? ¿De qué cuernos tienes miedo, Leandro?

Leandro hacía tiempo que no encontraba una ocasión tan apropiada para deshacerse de su secreto y, aunque el confidente no lo era tanto, su sufrimiento en ese momento era tan grande que, por aliviarlo algo, decidió liberarse de meses de soledad y silencio.

-Me dan pánico los extraterrestres, Alberto, desde que vi en el cine La Cuarta Fase. De sobra sé que no hay muchas posibilidades de que existan pero la pequeña duda que permite tener esa escasa probabilidad me tiene martirizado el ánimo, me paso las noches casi en vela y no puedo salir de noche por miedo a que me abduzcan...

-¡Esa película es muy mala, Leandro! No sé ni cómo fuiste a verla -dijo Alberto con jovial desenfado-. Leandro, vamos a ver, ¿qué libros lees? 

-Pues no leo mucho, la verdad es que hace dos o tres años por lo menos que no he agarrado un libro.

-Me lo suponía, Leandro. Tu mente no está abierta, no siente curiosidad porque no la cultivas. El resultado es que no piensas más que en lugares comunes y en exageraciones. Hay que leer buena literatura. Mira, amigo, lo primero que te recomendaría que leyeras es la novela de Marcel Proust En Busca del Tiempo Perdido. ¿La has leído?

-Pues no. ¿De qué va? -dijo Leandro, convencido por completo de que con aquella novela se liberaría de su tendencia a obsesionarse porque estaba libre de exageraciones y lugares comunes.

-Pues va de un hombre que se pone a desayunar una magdalena y ese sabor le hace acordarse de unos sucesos de su pasado, se pone a escribirlos y, al final, resultan 3.000 páginas.

Leandro, en ese momento, se levantó de su silla y se marchó muy ofendido, sin decir una sola palabra más.

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