31 de marzo de 2012

La Explicación

Dedico este relato a Isi Sil,
una joven trabajadora de 
una ONG, que me hace el honor
de ser mi amiga y me regala su grata 
compañía, obsequio que no hay
nada con que pagarlo, pero que 
ha ganado de mí un afecto tan grande
que poco se diferencia del amor.
Isi, este relato, bueno o malo, te lo
ofrezco como humilde tributo a lo 
que recibo de ti. 


Calvin pedaleó durante una hora sobre su bicicleta hasta llegar a Andover, en el condado de Hampshire, donde le esperaba la triste explicación que necesitaba conocer, por una malsana curiosidad. Al frío de aquella mañana de invierno, se sumó el cansancio por la lucha contra el viento en aquellos casi 20 kilómetros desde Overton, el pueblo donde vivía y había nacido. La nubosidad que cubría el cielo debilitaba y volvía tan lúgubre la luz del sol que daba a la granja de los Harrison, padres de la chica, una apariencia mortecina, digna de aquel adiós definitivo a un amor frustrado en forma de cartesiana aclaración.

La chica, una rubia y atractiva veinteañera, salió, avisada por su madre, que fue quien contestó a la llamada de Calvin. Avanzaron tres pasos más allá de la puerta y Calvin empezó el diálogo:

-Es la última vez que vengo a importunarte. Ya sé que me has dicho que sales con otro. Pero tengo que saber algo. ¿Por qué no te gusto, Gladys? Porque no te creo cuando me dices que es sólo una cuestión de gustos.

-Oye, Calvin, eres una persona muy testaruda, tu madre tuvo que padecer mucho para enderezarte.

-Es sólo que necesito esa explicación, es necesaria para salvar mi amor propio.

-¡Está bien, Calvin! Tengo diez razones para que no me gustes, ni una más, eso sí. Escúchalas con atención porque no las voy a repetir ni las discutiré contigo -Gladys, contando con los dedos, comenzó entonces esta enumeración-: eres feo, gordo, torpe, te pareces en la cara a mi tía, eres tonto, timorato, te estás quedando calvo, me das asco, pareces una gallina cuando andas, te ríes como una hiena y no eres ni la mitad de hombre que mi Joe.

Calvin tardó un poco en contestar, reflexionando la respuesta de Gladys con una concentrada introspección. Al final dijo:

-Sí, Gladys, todo eso puede ser pero ¿de verdad hay motivo para que no salgas conmigo?

Calvin, apenado en lo más hondo, un  minuto después, ya estaba pedaleando rumbo a Overton. Para su disgusto, la dirección del viento había cambiado y volvió a tenerlo de cara todo el trayecto.

2 comentarios:

  1. Normalmente tus relatos me suelen gustar, aunque opino también que su punto flaco casi siempre es el final. Éste, sin embargo, me parece un relato redondo. Enhorabuena, Luis.

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  2. Gracias Nieves, trataré de acabar mis relatos machacando a mis protagonistas si es eso lo que te ha gustado de este final XDDD

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Gracias por su comentario