19 de marzo de 2012

La Barraca

Este relato lo dedico a mi gran
amiga, Nora Francucci, intelectual
y poeta argentina de una gran 
sensibilidad e integridad.
A ti te entrego, Nora, esta visión
luminosa del valor de confiar y
respetarse a sí mismo, con todo mi
afecto y mi admiración.



¡Qué cosas pasan! El Tío Gos, como su nieto, el Tonet, le había dejado la puerta cerrada del dormitorio y no entraba la luz del día, encendió la lámpara de carburo para liarse un cigarro. Y, como es tan flojo, porque es más vague que la chaqueta de un guardia, tiró luego el mixto encendido al suelo por no soplar. Pero en el suelo había cáñamo y prendió enseguida. Su nieto volvió al poco con la hierba a la espalda para echarle a los conejos y, cuando vio que por el techo se veía salir humo, sólo pensó que él no sería capaz de acabar sólo con el fuego y eso fue su fallo. De modo que su único pensamiento fue ir a pedir auxilio. La siguiente barraca, que es la de Vicente el de la Migalera está a más de un kilómetro. Menos mal que a todo esto pasaban por el camino dos guardiaciviles y, cuando llegó hasta ellos, levantando los brazos y meciéndose los cabellos les decía:

-¡Auxili, que el meu iaio es va a cremar! ¡Auxili, que el meu iaio es va a cremar!

Y uno de los guardias, como vio que parlaba en valenciá, le gritó:

-¡Hable usted como las personas, y no como los maleantes!

-Que se quema mi barraca y mi abuelo, que está impedido porque le dio un telele, está dentro -le dijo casi llorando el pobret.

Total que corren los guardias detrás del Tonet y, al llegar y ver que salían llamas de un costado, dejan los tricornios encima del poyo que hay bajo la morera y uno de ellos le dice al Tonet.

-Dos que se vayan turnando junto al fuego y un tercero que saque el agua del pozo.

Y grita el pobre Tonet, que estaba tan nervioso que no atinaba a salir de su confusión:

-¡Ay, madre mía, que hacen falta tres y yo sólo les he encontrado a ustedes!

-Vamos a ver -dice entonces el guardia con un cabreo fenomenal-, ¿si usted no va a ayudar, qué piensa, sentarse a mirar el espectáculo?

Aquello no hubo manera humana de apagarlo y a los diez minutos ya estaba la barraca desplomada y el nieto del Tío Gos haciendo un número de los de llorar a moco tendido, que casi les parte el alma a los guardias. Pero lo que no se esperaba nadie fue que, a todo esto, llega el tío Gos abrochándose los pantalones, porque había estado haciendo sus necesidades en un bancal, andando por su propio pie, más tranquilo que un rey, sin rastro de parálisis. Se echa las manos a la cabeza su nieto y le dice:

-¡Ay, yayo, que te has salido de la barraca y no andabas!

Y el tío Gos, todo indignado, respondió:

-¡Ahí dentro me iba a quedar yo...!

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por su comentario