17 de marzo de 2012

El Patito

Dedico este relato a mi amiga María José Muñoz Hernández

Un niño, sentado en el asiento trasero de un automóvil, lloraba sin tregua, emitiendo un quejido sostenido, que a su estresado padre, que iba por la cuarta hora seguida frente al volante, más que despertarle ternura o compasión, le recordaba reiteradamente, por puro desapego ocasional, el molesto zumbido de un abejorro. El resto de los pasajeros permanecían en silencio y la radio del coche estaba apagada, por lo que los lamentos sin palabras del niño eran los protagonistas de ese trecho del viaje.

-¡Luis -gritó al fin el padre, irritado-, si no te callas, hay leña, te lo advierto!

Pero esta muestra de frialdad e indiferencia paterna al dolor afligió aún más al niño e hizo subir el volumen de sus lloros.

-¿Luis, por qué lloras, hombre? -preguntó la madre retóricamente por conceder al pequeño una tregua en aquella guerra psicológica-. En la próxima gasolinera, encontraremos un patito exactamente igual al que has visto en ésta. Si querías el patito, haberlo dicho cuando estabas allí y no ahora, que ya es tarde.

-¿Y por qué es tarde? -preguntó, quejoso, el pequeño, en medio de su llantera.

-¡Porque el patito se lo ha llevado ya un señor con un bigote muy grande! -exclamó el padre, inventándose la historia para intentar que el niño dejara de atormentarlo.

-¿Y por qué no se lo cambiamos por el de la próxima gasolinera? -contestó suplicante el niño al cabo de unos segundos.

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