26 de marzo de 2012

El Doctor Baumftragen

Dedico este relato a mi amiga Isi Sil,
una noble y muy culta joven suizo-española
que trabaja por los más necesitados.
"Isi, dondequiera que vaya este cuento
contra la crueldad humana llevará 
siempre esta dedicatoria".


Los locos peligrosos del psiquiátrico berreaban hambrientos en sus celdas, al paso del presidente de la Asociación Bávara de Enfermos Mentales, que llegaba de la mano del director del centro, ambos con sus pulcras y blancas batas, con el propósito de estudiar el estado de uno de los pacientes, extremadamente violento pero que había entrado en una extraña fase pacífica. 

-Eminentísimo doctor Baumftragen, preferiría que no entrásemos en la celda -dijo el director-, mejor sería interrogarle desde afuera y, si insiste en no hablar, le atizaremos con su bastón... -y añadió algo azorado al darse cuenta de que el bastón del doctor tenía un baño de oro-. Discúlpeme, doctor, siempre contando con su beneplácito.

-Por supuesto que sí, Güldenstein, le doy mi permiso para que, si esa bestia no habla, le pegue un golpe con mi bastón.

Una vez junto a la celda del paciente, mirándole a través de los barrotes, pudieron comprobar que estaba relajadamente sentado en el taburete, justo la actitud que recomendaba el centro para que no deshicieran los pacientes la cama, y que exhibía en su rostro una sonrisa plácida y hasta se podría decir que agradable.

Herr Baumftragen carraspeó dando un sobo a su barba para componérsela mejor y, con maneras y entonación estudiadamente cordiales, dijo:

-Mi querido amigo Hans, muy buenos días, soy el doctor Baumftragen. ¿Cómo te encuentras esta mañana?¿Bien?

Hans amplió su sonrisa desde el otro lado de los barrotes al oír a herr Baumftragen y contestó con mucha cordialidad en sus gestos:

-Estoy muy enfadado, muchas gracias, herr Baumftragen.

Baumftragen volvió su rostro hacia el director y con la mirada brillándole le dijo en voz baja, para que el paciente no le oyera:

-Cincuenta miligramos de Viscozepam cuatro veces al día y, si no responde... -y se paró un segundo para saludar a Hans a ver cómo reaccionaba y tras comprobar que le devolvía amigablemente el saludo continuó- si no responde, le dices que te has tirado a la golfa de su hija. No podemos quedarnos sin una cobaya para nuestro medicamento contra la agresividad. ¿Está completamente seguro de no haberle suministrado ya la primera dosis del tranquilizante?

Herr Güldenstein dijo que sí con la cabeza.

-Estamos perdidos, Güldenstein. ¡Ya no tienen sangre en las venas ni los locos!

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