3 de marzo de 2012

El Corazón de Oro


Cada 24 de diciembre representa el nacimiento
de un intento más de acabar con la aflicción
humana. Ha sido una victoria contra el Mal,
pues de lo contrario nadie tendría interés alguno 
en celebrarla, pero, como siempre, ha sabido
a derrota. El campo de batalla siempre está
dentro de nosotros. Ahí, cada vez que 
vencemos, muere algo nuestro. 

Aquel individuo alto que había tenido el dudoso honor de rematar con un tiro de rifle al hombre que había sido objeto del linchamiento, al quitarse el cucurucho, descubrió un rostro atractivo, con ojos azules muy claros, facciones nobles y un tupido cabello amarillo. Pero en su expresión se percibía no sé si rencor o amargura o un profundo sentimiento de impotencia, no se podría decir, porque no podemos conocer con precisión qué está sintiendo alguien si él no nos lo dice. Alguien, se acercó a él por lo que se precipitó a calarse de nuevo su cucurucho del Ku-Klux-Klan. 

-No te molestes, Karl, soy William -se apresuró a decir-. No te agobies más, no había nada entre ese tipo y tu chica. He hablado con ella. Sólo le entregó unos poemas. Era uno de esos mariconazos que hacen versos...

-¡También me lo dijo a mí ayer! -exclamó Karl-. Pero no la he creído. El negro ha dicho: -"La amaré más allá de esta vida". ¿Te crees que me chupo el dedo, Bill? Un amor así tiene que haber sido correspondido al menos un poco. Me las pagará. ¡Te juro Bill que me las pagará!

Karl desapareció corriendo a través del bosque en la penumbra de la luna creciente.

*    *    *

El Jefe de Policía entró en la sala de autopsias y al llegar junto al forense se quitó el sombrero y le tapó la cara al cadáver.

-Curiosa noche para que me invites a tu lugar de trabajo, Alfred -dijo.

-Mike, la víspera de Navidad la celebran las familias pero tú no tienes familia. Tú lo que tienes es una esposa que es un sargento. 

-Dime qué ocurre -contestó Mike, con repentina seriedad profesional.

-Pues me parece que ha aparecido una organización rival.

-¿Cómo lo sabes?

-Este hombre negro carecía de corazón, o mejor dicho, su cadáver llevaba incrustado en el lugar de su corazón uno de oro puro. Su pecho no estaba abierto ni hay aberturas lo suficientemente grandes en ninguna otra parte de su cuerpo. No sé cómo demonios lo han hecho.

-Fred, te perdono por esta vez, pero la gracia del chiste no compensa las molestias. Hasta pasado mañana, que lo pases bien con tus amistades.

-Ojalá fuera una broma, Mike, esto es sólo una parte. Tampoco el cuerpo de Karl Knabell, que ha muerto  por el golpe, al caer misteriosamente por la ventana de la habitación de su prometida, presenta señal alguna de cicatrices u operaciones quirúrgicas. Y sin embargo, su corazón tenía al abrir su pecho un número marcado a fuego.

-Demasiado fácil, Fred, lo adivinaría hasta un niño: el 666.

-No, Mike, es mucho más gris: el 5693...


*   *   *

-Ese número sí que no me dice nada, Fred -dijo Mike después de soltar una carcajada-. Tus chistes me han hecho reír al fin -y cogiendo de nuevo su sombrero se dispuso a salir otra vez. El Jefe de Policía ya estaba acostumbrado a las bromas a veces pesadas del forense y las toleraba mal que bien.

-Lo he comprobado y es el número de placa del cabo Randell. ¡Te digo que no es ninguna broma Mike! Comprueba por ti mismo cuanto te he dicho.

Alfred Covent se dirigió a un rincón de la sala de autopsias, abrió un cajón y volvió con dos objetos metidos en sendas bolsas asépticas. Mike Zinneman analizó pacientemente primero el corazón de Karl Knabell y comprobó que el número estaba muy débilmente grabado, apenas una chamuscadura superficial. Luego cogió el objeto encontrado en el cuerpo del hombre negro, Bill Harper, lo rascó con la llave de su camioneta todoterreno y, después de hecha la prueba, dijo a su compañero:

-Fred, o Dios es un timador de poca monta o este suceso es más terrenal de lo que parecía en un principio. Este objeto es plomo con un baño de oro.

*   *   *

Al día siguiente, día 25 de diciembre, a las diez de la mañana, la esposa de James Randell abría la puerta de casa al Jefe de Policía, envuelta en su albornoz azul claro. 

-Hola, Mike, pasa. Jim está en la sala de estar. Está viendo los dibujos animados con la pequeña -y dijo esto último con el tono cómicamente decepcionado de la mujer que esperaba un marido más maduro cuando se casó.

-¿Como va la Navidad, Oficial? -dijo el cabo Randell poniéndose en pié y aproximándole la mano.

-Jim, ¿puedes venir conmigo al departamento de policía? -dijo Mike- Hay dos problemones allí, que no nos aclaramos.

*   *   *

El 26 de diciembre, un mendigo fue al departamento de policía pidiendo la comida de un día completo a cambio de un corazón que había hallado dentro de una bolsa de basura en un contenedor. Mike Zinnemann, en cuanto este hecho le fue comunicado, corrió a la sala de autopsias e interrogó al forense. El ADN iba a ser analizado pero no cabía duda alguna, en aquella ciudad tan pequeña, tan provinciana no se perdían corazones todos los días y menos en fechas tan tópicas y familiares, ni aunque hubiéramos hablado del cruel enero o el agobiante julio, habrían encontrado los basureros repletos de corazones. El corazón no era de un animal. No podía ser de otro que del pobre Bill Harper.

-¡Fred, creo que sé lo que ha pasado! -De pronto recordó que el departamento de policía estaba bajo sospecha y pidió al forense que le acompañara a la calle.


*    *    *

Mientras caminaban por la calle, Mike decía al forense con cierta excitación:

-Fred, estamos en trance de desarticular la rama comarcal del KKK, pero antes tenemos que hacer desaparecer todo rastro de mística en este caso. James Randell me parece una buena persona, buen padre de familia, buen esposo, admirable hoja de servicios, además no se ha encontrado nada sospechoso en su domicilio, pero en estos casos nunca se sabe, hay muy buenos fingidores. No obstante no tengo pruebas contra él y está otra vez de servicio. Dime ahora una cosa, Fred, ¿abandonaste la sala durante la autopsia de los dos cadáveres?

-Claro que sí, Mike, dos veces, cuando tenía a medio abrir el abdomen de ambos. Hace tiempo que sospechaba lo mismo que tú pero sigo sin sospechar quién armó el fregado. 

-¿Fred, por qué leche saliste de la sala las dos veces?

-Ed Martin me llamó desde el centro de vigilancia. Decía que le había parecido ver llegar a los de la funeraria.

-¿Y por qué demonios no fue él a mirar?

-Estaba con un catarro de ojos y por no molestar al relevo porque tiene dos hijos pequeños...

-Fred -dijo Mike dando un giro rápido de 180 grados y volviendo rápidamente hacia el departamento de policía- tu historia me confirma una vez lo que he creído desde siempre: que la gente ingeniosa no servís para nada. O mucho me equivoco, o Edward Martin es quien hizo el intercambio en el cuerpo de su colega de raza y nos da la pista sobre la infiltración del KKK entre los nuestros.

*    *    *

Pero Ed Martin, como era de sospechar se mostró muy poco colaborador y salió del interrogatorio sin haber reconocido ninguna de las sospechas del jefe de policía. Era realmente triste encontrarse en semejante callejón sin salida. Sin embargo las cosas se pondrían peor el 31 de diciembre. Ed apareció con un tiro en la nuca en el arcén de la carretera a las afueras de la ciudad. Realmente no era posible que el caso adquiriera mayor complicación. Ningún otro policía estaba al corriente del caso, excepto Mike y Alfred. A no ser que el gris y aburrido agente Frank, que había entrado en medio del interrogatorio por no sé qué asunto justo cuando Ed pronunciaba la triple K fuera uno de los infiltrados. Era ciertamente significativo el hecho de que, tras esta irrupción, la leve actitud de cooperación de Ed, se había transformado en un nervioso disimulo acompañado de cierto temor que no podía ocultar su mirada. Consciente de este último detalle, Mike se acordó que su número de registro era el 5698, tan sólo diferente en la última cifra al que Ed había marcado a fuego y hierro en el corazón de Karl Knabell. 

Era la noche del 5 de enero cuando Mike llamó por teléfono a Fred y le pidió que acudiera al departamento de policía porque tenía una sospecha inquietante que si se confirmaba, podría dar un vuelco a este caso. 

Fred sacó la víscera humana marcada a fuego y metal de un frasco con formol y la puso bajo una potente lente mientras Mike le observaba ansioso. Efectivamente la cifra final no era un tres sino un ocho algo borroso. Una patrulla de policía se desplazó hasta el hogar del agente Frank. Vivía sólo, nadie entraba en su casita del barrio residencial. Entre inmundos y macabros fetiches, se le hallaron los hábitos del KKK, que mostraban haber sido usados recientemente en el exterior.

Los federales acabaron el trabajo con un saldo no demasiado vergonzoso para el cuerpo de policía local. James Randell quedó totalmente absuelto. Como la inmensa mayoría de la gente, tenía un corazón de oro.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por su comentario