24 de marzo de 2012

El Canoro Jilguero

La publicación del libro de un escritor emergente, que prometía convertirse en una celebridad nacional, fue motivo de una presentación multitudinaria en una ciudad pequeña. El libro era una novela de peripecias trepidantes que apasionaba a todo tipo de lectores. La presentación del autor la tenía que hacer su amigo, un oscuro escritor de provincias. Cuando todo el público estaba ya esperando en la sala en que se celebraba el evento, el referido amigo del autor se levantó de la mesa del escenario y se dirigió al atril. Sacó una pastilla de su bolsillo y ayudándose de un vaso de agua se la trago y comenzó a decir:

-Señores, me aburro. Algún médico lo llamará depresión pero yo lo llamo tedio, tedio infinito, a veces me olvido del tedio pero es un olvido simplemente pues el tedio que posee mi alma sigue ahí todo el maldito tiempo, martirizándome, aplastando mi ilusión por la vida. Lo que interesa a todo el mundo, el fútbol, la política, la cultura, los coches, los croissant, la mantequilla... todo me aburre. Quizá si encontrara un alma gemela, una mujer que quisiera compartir su vida conmigo después de comprobar que somos uno en las almas, aunque no en las voluntades, dejaría de sentirme solo, pero creo que seguiría sintiéndome aburrido. A mí no me engaña la electrónica, ni la cultura, ni las palabras de los poetas, ni la música para los ascensores, yo sé que no tengo más expectativas que arrastrarme duramente por la existencia hasta una segura muerte. No sé si hay otro mundo pero éste es sólo eso. A quien se le ocurrió por primera vez que somos seres maravillosos capaces de las mayores proezas, le animaba un espíritu piadoso, pero hemos llegado demasiado lejos. Las proezas humanas no despiertan ya mi admiración. Somos sólo sustancias pringosas que se afanan con dolor por levantarse por encima de la arena y escapar a la descomposición pero sobre las que aún pesa el destino maldito del barro. Señores, me aburro.

"Yo aprecio a los amigos, incluso llego a sentir un amor profundo por muchos de ellos. Hay una amiga que no acaba de conectar conmigo, pese al inmenso afecto que le profeso, sé que mi insistencia en querer de ella más que amistad es absurda si ella no me puede ofrecer más y, porque lo sé, he dejado de pedírselo, pero el afecto infinito, noble y generoso que le tengo no disminuye y ella, en cambio, apenas da muestra externa de que lo valora y agradece. No diré que es una mala persona porque tengo la absoluta seguridad de que es un ángel. ¿Además, qué culpa tiene ella de que yo no represente a sus ojos más que el equivalente de un violinista mediocre que toca en la calle e intenta reclamar su atención pero por el que no se detendría en su camino al metro? Precisamente por cosas como éstas, por lo decepcionante que es la vida para mí, que aspiraba a un cierto grado de felicidad, por lo poco dispuesta que está la realidad a obedecer a mi voluntad por mucho que me esfuerce, es por lo que me aburre ya todo. Si la vida tocara para mí de camino a un metro que me sacara de este mundo cuatrocientas veces mejor que el mejor violinista del planeta, los felices puede que la comenzaran a rodear y se pegaran golpes por echarle sus monedas y hasta sus almas, pero yo, recordando todo lo que he perdido, todo lo que no me han dejado tener, todo aquello a lo que he tenido y tendré que renunciar, tendría la precaución de taparme los oídos y seguir hacia adelante a toda prisa para no dejarme arrastrar por el hechizo de las notas.


"Estos sentimientos se han intensificado esta tarde cuando, paseando en soledad, no encontraba un motivo para liberarme de la tristeza que me oprimía, ni siquiera el recuerdo de los amigos que se resistían a contactar hoy conmigo me servía para sentir esperanza. No es un aburrimiento por no hacer nada, es un aburrimiento de la vida. Me aburre la indiferencia con que se recibe lo que escribo, me aburre la soledad, de la que no hay nadie dispuesto a sacarme en serio, pero sobre todo me aburre el color de las flores, la brisa del verano, el rumor de los pájaros, el frío del invierno, la forma de las hojas... me aburre existir para nada, seguir el hechizo de ilusiones que siempre se desvanecen como una voluta de humo, me aburre que toda mi vida haya sido sufrimiento y que en este mundo siga sin haber paz para mí, torturado por el fracaso y por la imagen de la muerte, que va a encontrarme solo, sin una mano que coja la mía y me sonría con dulzura para hacerla menos espantosa."

El disertador se paró durante unos instantes tras dar un respingo, como si hubiera sido objeto de un dolor intenso y, tras recuperarse, continuó:

-Pues os confesaré que la píldora que me he tomado no era la que los que me conocen saben que suelo tomar para combatir mi úlcera de estómago sino una dosis letal de cianuro. Moriré dentro de tres minutos si la información que me han dado es correcta, tiempo suficiente para recitar mi último poema, que se titula... -el disertador cayó en otra pausa provocada por un dolor mayor que el primero, que le hizo llevarse la mano al pecho. Parcialmente recuperado pero con voz más cavernosa y gesto más congestionado continuó- que se titula: ¿Por qué no se va a hacer puñetas el canoro jilguero que se apresta para la estación florida?

Sacó un papel doblado, lo abrió, miró al público poniendo la boca como para pronunciar la u y, sin darle tiempo a más se desvaneció y desapareció detrás del atril. Un médico que había entre el público en primera fila se acerco a tomarle el pulso pero ya estaba muerto.

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