29 de marzo de 2012

Crisis

Federico estaba acabado. Sus ahorros de toda una vida habían sido víctimas de la recesión económica y su empresa había quebrado, como tantas otras. Hacía tres meses que se había divorciado y no podría pagar ni siquiera la pensión para su hija de seis años, su linda Beatriz, a la que hubiera querido darle la luna en una mano y el sol en la otra. Eran las seis de la tarde y apenas quedaba una hora de sol pero todavía entraba una llamarada por la ventana que hería sus ojos. Notó que no podía moverse para coger el décimo vaso de whisky, que todavía estaba medio. Su nueva novia metió la llave por la cerradura y entró en el piso. Al ver dos botellas de whisky vacías y una empezada en la mesita de las bebidas, y a él tendido cuan largo era en la butaca, que había colocado frente a la ventana, mirando con cara de alucinado hacia el exterior, se asustó en extremo y llamó a una ambulancia.

-¿Estás bien, Fede? -preguntó apretándole las mejillas con las dos manos.

Federico, en medio de una risa loca que no le dejaba hablar le dijo que estaba arruinado y que su vida estaba acabada.

-No seas idiota, ya volverás a encontrar un trabajo.

Después de tomar un café bien cargado que le hizo ella, llegó la ambulancia. Traían una camilla pero él quiso bajar a pie hasta la ambulancia.

-No sé por qué has llamado a la ambulancia, tonta, no me pasa nada, estoy sólo un poquito bebido -decía con lengua de estropajo y tambaleándose mientras salía por la puerta del piso, sujetándole el camillero.

Ya en la puerta, el camillero pidió a la novia de Federico que le firmara el justificante, porque ella no iba a ir en la ambulancia sino en su coche; sin embargo, Federico siguió caminando sin que ellos dos se apercibieran en dirección a un furgón blindado que había en la puerta de la Real Casa de la Moneda. Como vio las puertas abiertas y creyó que era la ambulancia en la ofuscación que le provocaba su intensa borrachera, entró y se sentó. No había nadie en el interior porque dos de los guardias habían ido a traer las sacas de dinero y el guardia que conducía estaba fuera de la cabina del conductor fumando un cigarrillo y hablando con su novia por el móvil, y es que el factor humano es el factor humano... Cuando llegó uno de los guardias cargado con una saca, al ver la pinta de Federico, con las ropas descompuestas y mirada de poca agudeza mental, aunque avisó al conductor de modo subrepticio, no se anduvo con diplomacias y le dijo:

-¡Sss che, arreando de aquí! 

-Voy al hospital, estoy enfermo aunque no vaya en camilla -respondió Federico muy dignamente- y no arreo porque no soy ninguna mula, idiota...

-Esto es un furgón blindado para transportar dinero, caballero -dijo el guardia algo más calmado-. No vamos al hospital.

-Pues deberían -dijo Federico- porque el dinero está enfermo también.

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