15 de marzo de 2012

Cosecha

A sus 67 años, todavía podía enorgullecerse de conservar suficiente fuerza para cuidar de su media hectárea de tierra. Sin embargo, en los dos últimos años, había engordado desmedidamente y se cansaba más de lo normal cuando tenía que hacer la faena diaria. Era un espectáculo extraño ver aquella masa de materia orgánica avanzando oscilante por la parcela, desparramándose o estirándose, agitándose y vibrando como una enorme ameba, porque eso, más que un ser humano, había acabado pareciendo el agricultor debido a su voracidad compulsiva a la que le había llevado su conocido gusto por la comida. 

Al llegar la primavera, plantó tomateras para poder cosechar tomates, producto que a él personalmente le encantaba saborear, al verano siguiente. Pero su peso ya empezaba a ser excesivo y dudó de que sus fuerzas le siguieran acompañando a la vuelta de algunos meses por lo que hacía ya planes para encontrar un sustituto asalariado. Hacia mediados de abril notó que sus plantas apenas habían crecido y, para intentar investigar a qué se debía, decidió arrancar una. Tuvo que hacerlo con su azada, ni con una ni con las dos manos hubo manera. Pero la mayor sorpresa de su vida se la llevó cuando descubrió lo que había debajo de la tierra. La raíz había crecido descomunalmente más que en una tomatera normal adulta y, mientras que el tronco en la superficie era de la apariencia de apenas dos semanas, la raíz era gruesa como la de un hierbajo enorme. 

Consultó con su ingeniero agrónomo acostumbrado y éste mostró igual sorpresa y no supo qué aconsejarle pues su honradez profesional era superior a su orgullo de persona sapiente. Unos días más tarde empezó a experimentar un picor extraño por la zona del plexo solar pero a los pocos días se calmó y se acabó olvidando. Entre tanto las tomateras mostraron las primeras flores, adelantándose en más de dos meses al momento en que debería ocurrir en un caso normal. Sus picores volvieron y eran tan rabiosos que se hizo una herida rascándose. El médico de cabecera le dijo que la herida estaba ulcerada y le mandó tratamiento. Pero la úlcera empezó a crecer pese a los cuidados que recibía. Y fue pocos días antes de comienzos de junio cuando, al levantarse una mañana y mirarse al espejo, descubrió que parte de su cara había adquirido un tono verdoso. El doctor le envió a un especialista pero aquella mancha no sólo no desapareció sino que se extendía cada vez más levantando a su paso una costra dura sobre la piel, de la que, con un ligero esfuerzo, se desprendían conchas del tamaño de una moneda de tamaño mediano.

Las tomateras ya daban sus primeros frutos sin haber crecido a penas más de un palmo desde que fueron plantadas. Eran unos frutos deformes, aplastados y de contornos irregulares y asimétricos. La mancha verduzca se volvió negra y comenzó a emitir un olor nauseabundo mientras, en su cuerpo, las llagas se multiplicaron y aparecieron también enormes quistes que deformaron todavía más su cuerpo afectado de obesidad mórbida. A principios de julio, algo muy extraño sucedió en la parcela. Junto a las plantas, nacieron raijos que crecían velozmente, a un ritmo de quince centímetros al día, con un aspecto muy diferente al de una tomatera, y al final de su crecimiento, al cabo de diez días, florecía sobre su copa una extraña flor violeta con una mancha en los pétalos que los niños decían que parecía la cara del diablo. Fue entonces cuando el cuerpo del agricultor dio auténticas señales de estar próximo a su fin. Una calurosa noche, cuando, después de la cena, de la que no pudo probar bocado, se levantó de la mesa, la fiebre que le ocasionaban sus llagas y la tensión de sus nervios le hizo caer desmayado al suelo y convulsionar durante media hora. Después de esto, su conciencia abandonó su cuerpo y sus sentidos definitivamente.

El final estaba al llegar, según los médicos, y el sacerdote del pueblo acudió a dar la extremaunción, provisto de su sombrero de paja para protegerse del sol mientras avanzaba por aquellos caminos polvorientos. Al pasar junto a la parcela, no pudo dejar de percibir que todas aquellas enormes plantas de una sola y gran flor violeta en su cima estaban orientadas en dirección contraria a la de la luz solar, curioso espectáculo de uniformidad que le hizo experimentar una emoción intensa e inexplicable. Mientras el cura rezaba las oraciones junto al cuerpo del agricultor, que ya emitía los estertores, vio perfectamente salir de las ronchas negras de su cara una tras otra hasta seis o siete pequeñas mariposas marrones parecidas a polillas, que cuando pasaron junto a él esquivó con un muy evidente gesto de aprensión.

Cuando el agricultor fue enterrado, su parcela fue labrada y todo volvió a la normalidad. Nadie quería especular sobre los motivos de lo que había ocurrido. Simplemente se decían unos a otros que, a veces, pasan cosas extrañas.

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