31 de marzo de 2012

La Explicación

Dedico este relato a Isi Sil,
una joven trabajadora de 
una ONG, que me hace el honor
de ser mi amiga y me regala su grata 
compañía, obsequio que no hay
nada con que pagarlo, pero que 
ha ganado de mí un afecto tan grande
que poco se diferencia del amor.
Isi, este relato, bueno o malo, te lo
ofrezco como humilde tributo a lo 
que recibo de ti. 


Calvin pedaleó durante una hora sobre su bicicleta hasta llegar a Andover, en el condado de Hampshire, donde le esperaba la triste explicación que necesitaba conocer, por una malsana curiosidad. Al frío de aquella mañana de invierno, se sumó el cansancio por la lucha contra el viento en aquellos casi 20 kilómetros desde Overton, el pueblo donde vivía y había nacido. La nubosidad que cubría el cielo debilitaba y volvía tan lúgubre la luz del sol que daba a la granja de los Harrison, padres de la chica, una apariencia mortecina, digna de aquel adiós definitivo a un amor frustrado en forma de cartesiana aclaración.

La chica, una rubia y atractiva veinteañera, salió, avisada por su madre, que fue quien contestó a la llamada de Calvin. Avanzaron tres pasos más allá de la puerta y Calvin empezó el diálogo:

-Es la última vez que vengo a importunarte. Ya sé que me has dicho que sales con otro. Pero tengo que saber algo. ¿Por qué no te gusto, Gladys? Porque no te creo cuando me dices que es sólo una cuestión de gustos.

-Oye, Calvin, eres una persona muy testaruda, tu madre tuvo que padecer mucho para enderezarte.

-Es sólo que necesito esa explicación, es necesaria para salvar mi amor propio.

-¡Está bien, Calvin! Tengo diez razones para que no me gustes, ni una más, eso sí. Escúchalas con atención porque no las voy a repetir ni las discutiré contigo -Gladys, contando con los dedos, comenzó entonces esta enumeración-: eres feo, gordo, torpe, te pareces en la cara a mi tía, eres tonto, timorato, te estás quedando calvo, me das asco, pareces una gallina cuando andas, te ríes como una hiena y no eres ni la mitad de hombre que mi Joe.

Calvin tardó un poco en contestar, reflexionando la respuesta de Gladys con una concentrada introspección. Al final dijo:

-Sí, Gladys, todo eso puede ser pero ¿de verdad hay motivo para que no salgas conmigo?

Calvin, apenado en lo más hondo, un  minuto después, ya estaba pedaleando rumbo a Overton. Para su disgusto, la dirección del viento había cambiado y volvió a tenerlo de cara todo el trayecto.

30 de marzo de 2012

[El Relato del Mes - Marzo]

Amig@s, este mes de marzo participo en las dos modalidades del concurso El Relato del Mes, en la de tema libre y en la de tema obligatorio, que, en esta ocasión tiene la sugerencia temática de "después de la tormenta". En el apartado de tema libre participo con el relato Una Conversión en Éfeso y en el de tema obligatorio con Las tres tablillas de Ur donde la tormenta deja una secuela muy ejemplarizante, ja, ja, ja. Podéis pasar a leerlos, pinchando en esos dos enlaces, que conducen directamente a mis relatos. Si vuelvo a ganar, aunque no sea más que en una modalidad, no me volveré a presentar hasta dentro de mucho, no sea que me vayan a acabar votando todos por pura compasión y respeto. En el club de lectura de Orihuela al que asisto cada mes, recibí la amable felicitación de una chica por el premio del mes de febrero, lo que me sorprendió en un principio pero, cuando me recordó que, en la anterior ocasión, me había ocupado de repartir, entre los asistentes, los papelitos impresos con la dirección de este blog que llevaba en la cartera, la extrañeza se me transformó en satisfacción porque había llegado a creer que ningún miembro del club había sentido curiosidad por mi blog. Espero que os gusten los relatos y que, si tenéis vocación, participéis en el concurso como yo.

29 de marzo de 2012

Crisis

Federico estaba acabado. Sus ahorros de toda una vida habían sido víctimas de la recesión económica y su empresa había quebrado, como tantas otras. Hacía tres meses que se había divorciado y no podría pagar ni siquiera la pensión para su hija de seis años, su linda Beatriz, a la que hubiera querido darle la luna en una mano y el sol en la otra. Eran las seis de la tarde y apenas quedaba una hora de sol pero todavía entraba una llamarada por la ventana que hería sus ojos. Notó que no podía moverse para coger el décimo vaso de whisky, que todavía estaba medio. Su nueva novia metió la llave por la cerradura y entró en el piso. Al ver dos botellas de whisky vacías y una empezada en la mesita de las bebidas, y a él tendido cuan largo era en la butaca, que había colocado frente a la ventana, mirando con cara de alucinado hacia el exterior, se asustó en extremo y llamó a una ambulancia.

-¿Estás bien, Fede? -preguntó apretándole las mejillas con las dos manos.

Federico, en medio de una risa loca que no le dejaba hablar le dijo que estaba arruinado y que su vida estaba acabada.

-No seas idiota, ya volverás a encontrar un trabajo.

Después de tomar un café bien cargado que le hizo ella, llegó la ambulancia. Traían una camilla pero él quiso bajar a pie hasta la ambulancia.

-No sé por qué has llamado a la ambulancia, tonta, no me pasa nada, estoy sólo un poquito bebido -decía con lengua de estropajo y tambaleándose mientras salía por la puerta del piso, sujetándole el camillero.

Ya en la puerta, el camillero pidió a la novia de Federico que le firmara el justificante, porque ella no iba a ir en la ambulancia sino en su coche; sin embargo, Federico siguió caminando sin que ellos dos se apercibieran en dirección a un furgón blindado que había en la puerta de la Real Casa de la Moneda. Como vio las puertas abiertas y creyó que era la ambulancia en la ofuscación que le provocaba su intensa borrachera, entró y se sentó. No había nadie en el interior porque dos de los guardias habían ido a traer las sacas de dinero y el guardia que conducía estaba fuera de la cabina del conductor fumando un cigarrillo y hablando con su novia por el móvil, y es que el factor humano es el factor humano... Cuando llegó uno de los guardias cargado con una saca, al ver la pinta de Federico, con las ropas descompuestas y mirada de poca agudeza mental, aunque avisó al conductor de modo subrepticio, no se anduvo con diplomacias y le dijo:

-¡Sss che, arreando de aquí! 

-Voy al hospital, estoy enfermo aunque no vaya en camilla -respondió Federico muy dignamente- y no arreo porque no soy ninguna mula, idiota...

-Esto es un furgón blindado para transportar dinero, caballero -dijo el guardia algo más calmado-. No vamos al hospital.

-Pues deberían -dijo Federico- porque el dinero está enfermo también.

26 de marzo de 2012

El Doctor Baumftragen

Dedico este relato a mi amiga Isi Sil,
una noble y muy culta joven suizo-española
que trabaja por los más necesitados.
"Isi, dondequiera que vaya este cuento
contra la crueldad humana llevará 
siempre esta dedicatoria".


Los locos peligrosos del psiquiátrico berreaban hambrientos en sus celdas, al paso del presidente de la Asociación Bávara de Enfermos Mentales, que llegaba de la mano del director del centro, ambos con sus pulcras y blancas batas, con el propósito de estudiar el estado de uno de los pacientes, extremadamente violento pero que había entrado en una extraña fase pacífica. 

-Eminentísimo doctor Baumftragen, preferiría que no entrásemos en la celda -dijo el director-, mejor sería interrogarle desde afuera y, si insiste en no hablar, le atizaremos con su bastón... -y añadió algo azorado al darse cuenta de que el bastón del doctor tenía un baño de oro-. Discúlpeme, doctor, siempre contando con su beneplácito.

-Por supuesto que sí, Güldenstein, le doy mi permiso para que, si esa bestia no habla, le pegue un golpe con mi bastón.

Una vez junto a la celda del paciente, mirándole a través de los barrotes, pudieron comprobar que estaba relajadamente sentado en el taburete, justo la actitud que recomendaba el centro para que no deshicieran los pacientes la cama, y que exhibía en su rostro una sonrisa plácida y hasta se podría decir que agradable.

Herr Baumftragen carraspeó dando un sobo a su barba para componérsela mejor y, con maneras y entonación estudiadamente cordiales, dijo:

-Mi querido amigo Hans, muy buenos días, soy el doctor Baumftragen. ¿Cómo te encuentras esta mañana?¿Bien?

Hans amplió su sonrisa desde el otro lado de los barrotes al oír a herr Baumftragen y contestó con mucha cordialidad en sus gestos:

-Estoy muy enfadado, muchas gracias, herr Baumftragen.

Baumftragen volvió su rostro hacia el director y con la mirada brillándole le dijo en voz baja, para que el paciente no le oyera:

-Cincuenta miligramos de Viscozepam cuatro veces al día y, si no responde... -y se paró un segundo para saludar a Hans a ver cómo reaccionaba y tras comprobar que le devolvía amigablemente el saludo continuó- si no responde, le dices que te has tirado a la golfa de su hija. No podemos quedarnos sin una cobaya para nuestro medicamento contra la agresividad. ¿Está completamente seguro de no haberle suministrado ya la primera dosis del tranquilizante?

Herr Güldenstein dijo que sí con la cabeza.

-Estamos perdidos, Güldenstein. ¡Ya no tienen sangre en las venas ni los locos!

24 de marzo de 2012

MOON MAGAZINE



Acaba de nacer una nueva revista digital, gratuita, solidaria, divertida, participativa y para todas las edades, Moon Magazine, revista lúdico cultural. El número 0 salió en diciembre y el número 1 dedica un monográfico al poeta Xabier Lete y en la sección Sabías que... habla de las conexiones entre Rodin y Tchaikovsky. En la revista, hay espacios para que pueda participar cualquier persona que quiera demostrar y dar a conocer su creatividad, tanto en el campo literario como el audiovisual. Tiene un aspecto magnífico y la recomiendo a todo el mundo que sienta curiosidad intelectual, sentido solidario y ganas de pasarse un rato agradable. En el lateral de todos mis blog tenéis el enlace para acceder a ella.

El Canoro Jilguero

La publicación del libro de un escritor emergente, que prometía convertirse en una celebridad nacional, fue motivo de una presentación multitudinaria en una ciudad pequeña. El libro era una novela de peripecias trepidantes que apasionaba a todo tipo de lectores. La presentación del autor la tenía que hacer su amigo, un oscuro escritor de provincias. Cuando todo el público estaba ya esperando en la sala en que se celebraba el evento, el referido amigo del autor se levantó de la mesa del escenario y se dirigió al atril. Sacó una pastilla de su bolsillo y ayudándose de un vaso de agua se la trago y comenzó a decir:

-Señores, me aburro. Algún médico lo llamará depresión pero yo lo llamo tedio, tedio infinito, a veces me olvido del tedio pero es un olvido simplemente pues el tedio que posee mi alma sigue ahí todo el maldito tiempo, martirizándome, aplastando mi ilusión por la vida. Lo que interesa a todo el mundo, el fútbol, la política, la cultura, los coches, los croissant, la mantequilla... todo me aburre. Quizá si encontrara un alma gemela, una mujer que quisiera compartir su vida conmigo después de comprobar que somos uno en las almas, aunque no en las voluntades, dejaría de sentirme solo, pero creo que seguiría sintiéndome aburrido. A mí no me engaña la electrónica, ni la cultura, ni las palabras de los poetas, ni la música para los ascensores, yo sé que no tengo más expectativas que arrastrarme duramente por la existencia hasta una segura muerte. No sé si hay otro mundo pero éste es sólo eso. A quien se le ocurrió por primera vez que somos seres maravillosos capaces de las mayores proezas, le animaba un espíritu piadoso, pero hemos llegado demasiado lejos. Las proezas humanas no despiertan ya mi admiración. Somos sólo sustancias pringosas que se afanan con dolor por levantarse por encima de la arena y escapar a la descomposición pero sobre las que aún pesa el destino maldito del barro. Señores, me aburro.

"Yo aprecio a los amigos, incluso llego a sentir un amor profundo por muchos de ellos. Hay una amiga que no acaba de conectar conmigo, pese al inmenso afecto que le profeso, sé que mi insistencia en querer de ella más que amistad es absurda si ella no me puede ofrecer más y, porque lo sé, he dejado de pedírselo, pero el afecto infinito, noble y generoso que le tengo no disminuye y ella, en cambio, apenas da muestra externa de que lo valora y agradece. No diré que es una mala persona porque tengo la absoluta seguridad de que es un ángel. ¿Además, qué culpa tiene ella de que yo no represente a sus ojos más que el equivalente de un violinista mediocre que toca en la calle e intenta reclamar su atención pero por el que no se detendría en su camino al metro? Precisamente por cosas como éstas, por lo decepcionante que es la vida para mí, que aspiraba a un cierto grado de felicidad, por lo poco dispuesta que está la realidad a obedecer a mi voluntad por mucho que me esfuerce, es por lo que me aburre ya todo. Si la vida tocara para mí de camino a un metro que me sacara de este mundo cuatrocientas veces mejor que el mejor violinista del planeta, los felices puede que la comenzaran a rodear y se pegaran golpes por echarle sus monedas y hasta sus almas, pero yo, recordando todo lo que he perdido, todo lo que no me han dejado tener, todo aquello a lo que he tenido y tendré que renunciar, tendría la precaución de taparme los oídos y seguir hacia adelante a toda prisa para no dejarme arrastrar por el hechizo de las notas.


"Estos sentimientos se han intensificado esta tarde cuando, paseando en soledad, no encontraba un motivo para liberarme de la tristeza que me oprimía, ni siquiera el recuerdo de los amigos que se resistían a contactar hoy conmigo me servía para sentir esperanza. No es un aburrimiento por no hacer nada, es un aburrimiento de la vida. Me aburre la indiferencia con que se recibe lo que escribo, me aburre la soledad, de la que no hay nadie dispuesto a sacarme en serio, pero sobre todo me aburre el color de las flores, la brisa del verano, el rumor de los pájaros, el frío del invierno, la forma de las hojas... me aburre existir para nada, seguir el hechizo de ilusiones que siempre se desvanecen como una voluta de humo, me aburre que toda mi vida haya sido sufrimiento y que en este mundo siga sin haber paz para mí, torturado por el fracaso y por la imagen de la muerte, que va a encontrarme solo, sin una mano que coja la mía y me sonría con dulzura para hacerla menos espantosa."

El disertador se paró durante unos instantes tras dar un respingo, como si hubiera sido objeto de un dolor intenso y, tras recuperarse, continuó:

-Pues os confesaré que la píldora que me he tomado no era la que los que me conocen saben que suelo tomar para combatir mi úlcera de estómago sino una dosis letal de cianuro. Moriré dentro de tres minutos si la información que me han dado es correcta, tiempo suficiente para recitar mi último poema, que se titula... -el disertador cayó en otra pausa provocada por un dolor mayor que el primero, que le hizo llevarse la mano al pecho. Parcialmente recuperado pero con voz más cavernosa y gesto más congestionado continuó- que se titula: ¿Por qué no se va a hacer puñetas el canoro jilguero que se apresta para la estación florida?

Sacó un papel doblado, lo abrió, miró al público poniendo la boca como para pronunciar la u y, sin darle tiempo a más se desvaneció y desapareció detrás del atril. Un médico que había entre el público en primera fila se acerco a tomarle el pulso pero ya estaba muerto.

22 de marzo de 2012

La Obsesión

Leandro estaba preocupado por su salud psíquica. Pero el del psiquiatra era el tipo de tratamiento médico que, para él, marcaba el declinar en el prestigio social de la persona que llegaba a requerirlo. Su sufrimiento interior apenas le daba tregua. Cuando lo consideraba objetivamente, le causaba asombro cómo podía pasar tantos meses angustiado por aquella obsesión infantil que se había apoderado de su mente sin que su voluntad pudiera hacer nada para salir de ella pese a que sus creencias más firmes le eran del todo opuestas. Cuando más sufría era por la noche, cuando los faros de cualquier automóvil que aparecía en una calle algo oscura le hacían temer que fueran las temidas entidades, objeto de su miedo, que irrumpían para ejercer sobre él sus violentas manipulaciones físicas y psíquicas. Incluso en su dormitorio se sentía desprotegido y era un suplicio para él esperar en la cama hasta la hora en que podía al fin conciliar el sueño. Hacía meses que se había prohibido, con horror, las películas fantásticas y, no veía la televisión por no encontrarse con ninguna imagen de aliens, ni siquiera con los ingenuos monstruos de los dibujos animados. Jamás le había contado su obsesión a nadie; una férrea barrera de pudor le mantenía silencioso para todo lo que se refería a su sufrimiento interior. Hacía un año que no salía con ninguna mujer y la soledad aumentaba esa sensación de enrarecimiento de su vida que había traído su fijación con aquellas horribles y absurdas entidades misteriosas.

Un día iba en dirección al trabajo cuando se encontró con Alberto Gracia, un viejo conocido de la Universidad con el que hacía muchos años que no hablaba. Lo recordaba como un tipo bastante imbécil, que siempre estaba riéndose de alguien y que, con su temperamento malicioso y burlón, encontraba con facilidad todo tipo de motivos para hacerlo de cualquiera. Le dijo a Leandro que trabajaba cerca de allí y, como también era el caso de Leandro, pues se trata de la calle Prendimiento, y no podían entretenerse más en ese instante, quedaron en comer los dos aquel día en la cafetería Tiempos para hablar sobre qué había sido de sus vidas. A Leandro, la perspectiva de hablarle de su vida a aquel sujeto no le hacía muy feliz pero ya le había dicho que trabajaba en aquella calle y no había forma de escaquearse.

A las dos de la tarde de aquel mismo día encontró, sentado ya en una mesa de la cafetería, a Alberto, leyendo La Guerra de los Mundos de H. G. Wells. Leandro era un mal lector y no conocía el libro pero recordaba la película de Spielberg y un estremecimiento le sacudió por dentro y empalideció visiblemente. Alberto dejó el libro en la mesa y tras saludar a Leandro comenzó a interrogarle. Pero Leandro tenía a la vista el horrible monstruo de la cubierta del libro y se encontraba cada vez más incapaz de mantenerse atento a la conversación y su perturbado estado de ánimo le mantenía con una palidez mortal. Alberto se dio cuenta del repentino mal estado de su compañero y le preguntó, con su típica curiosidad tendenciosa de época de la universidad, si había máquina para el café en su lugar de trabajo y si no se había dado nunca el caso de que la leche que servía supiera mal, como si estuviera en mal estado. Como Leandro contestó que nunca bebía café con leche en la máquina, Alberto, que se había percatado de las miradas de horror que había dirigido alguna que otra vez al monstruo dibujado en la portada de la novela, como un moderno Porfiri Petrovich, atacó al centro de resistencia de Leandro diciendo:

-Me encantan las novelas de ciencia-ficción, descubren nuestros terrores más ocultos. Tú debes tener alguno, ¿no? ¿De qué cuernos tienes miedo, Leandro?

Leandro hacía tiempo que no encontraba una ocasión tan apropiada para deshacerse de su secreto y, aunque el confidente no lo era tanto, su sufrimiento en ese momento era tan grande que, por aliviarlo algo, decidió liberarse de meses de soledad y silencio.

-Me dan pánico los extraterrestres, Alberto, desde que vi en el cine La Cuarta Fase. De sobra sé que no hay muchas posibilidades de que existan pero la pequeña duda que permite tener esa escasa probabilidad me tiene martirizado el ánimo, me paso las noches casi en vela y no puedo salir de noche por miedo a que me abduzcan...

-¡Esa película es muy mala, Leandro! No sé ni cómo fuiste a verla -dijo Alberto con jovial desenfado-. Leandro, vamos a ver, ¿qué libros lees? 

-Pues no leo mucho, la verdad es que hace dos o tres años por lo menos que no he agarrado un libro.

-Me lo suponía, Leandro. Tu mente no está abierta, no siente curiosidad porque no la cultivas. El resultado es que no piensas más que en lugares comunes y en exageraciones. Hay que leer buena literatura. Mira, amigo, lo primero que te recomendaría que leyeras es la novela de Marcel Proust En Busca del Tiempo Perdido. ¿La has leído?

-Pues no. ¿De qué va? -dijo Leandro, convencido por completo de que con aquella novela se liberaría de su tendencia a obsesionarse porque estaba libre de exageraciones y lugares comunes.

-Pues va de un hombre que se pone a desayunar una magdalena y ese sabor le hace acordarse de unos sucesos de su pasado, se pone a escribirlos y, al final, resultan 3.000 páginas.

Leandro, en ese momento, se levantó de su silla y se marchó muy ofendido, sin decir una sola palabra más.

21 de marzo de 2012

[Ganador de El Relato del Mes - Febrero de 2012 - Tema, la Madre Tierra]

Hace un par de horas que he recibido la agradable noticia de que he sido el vencedor del concurso de relatos, El Relato del Mes en la modalidad de tema obligatorio, que este mes recaía en el tema de la Madre Tierra. Llegué a la final con mayoría de votos pero, en la final, he empatado con El Grito de Elia Tabuenca. Ante este empate, mi ventaja en la primera ronda de votos ha hecho que mi relato, El hombre del que se apiadó la Madre Tierra, sea el vencedor final. Ambos relatos serán publicados en el número 4 de la revista digital En la Isla.



EL RELATO DEL MES


19 de marzo de 2012

La Barraca

Este relato lo dedico a mi gran
amiga, Nora Francucci, intelectual
y poeta argentina de una gran 
sensibilidad e integridad.
A ti te entrego, Nora, esta visión
luminosa del valor de confiar y
respetarse a sí mismo, con todo mi
afecto y mi admiración.



¡Qué cosas pasan! El Tío Gos, como su nieto, el Tonet, le había dejado la puerta cerrada del dormitorio y no entraba la luz del día, encendió la lámpara de carburo para liarse un cigarro. Y, como es tan flojo, porque es más vague que la chaqueta de un guardia, tiró luego el mixto encendido al suelo por no soplar. Pero en el suelo había cáñamo y prendió enseguida. Su nieto volvió al poco con la hierba a la espalda para echarle a los conejos y, cuando vio que por el techo se veía salir humo, sólo pensó que él no sería capaz de acabar sólo con el fuego y eso fue su fallo. De modo que su único pensamiento fue ir a pedir auxilio. La siguiente barraca, que es la de Vicente el de la Migalera está a más de un kilómetro. Menos mal que a todo esto pasaban por el camino dos guardiaciviles y, cuando llegó hasta ellos, levantando los brazos y meciéndose los cabellos les decía:

-¡Auxili, que el meu iaio es va a cremar! ¡Auxili, que el meu iaio es va a cremar!

Y uno de los guardias, como vio que parlaba en valenciá, le gritó:

-¡Hable usted como las personas, y no como los maleantes!

-Que se quema mi barraca y mi abuelo, que está impedido porque le dio un telele, está dentro -le dijo casi llorando el pobret.

Total que corren los guardias detrás del Tonet y, al llegar y ver que salían llamas de un costado, dejan los tricornios encima del poyo que hay bajo la morera y uno de ellos le dice al Tonet.

-Dos que se vayan turnando junto al fuego y un tercero que saque el agua del pozo.

Y grita el pobre Tonet, que estaba tan nervioso que no atinaba a salir de su confusión:

-¡Ay, madre mía, que hacen falta tres y yo sólo les he encontrado a ustedes!

-Vamos a ver -dice entonces el guardia con un cabreo fenomenal-, ¿si usted no va a ayudar, qué piensa, sentarse a mirar el espectáculo?

Aquello no hubo manera humana de apagarlo y a los diez minutos ya estaba la barraca desplomada y el nieto del Tío Gos haciendo un número de los de llorar a moco tendido, que casi les parte el alma a los guardias. Pero lo que no se esperaba nadie fue que, a todo esto, llega el tío Gos abrochándose los pantalones, porque había estado haciendo sus necesidades en un bancal, andando por su propio pie, más tranquilo que un rey, sin rastro de parálisis. Se echa las manos a la cabeza su nieto y le dice:

-¡Ay, yayo, que te has salido de la barraca y no andabas!

Y el tío Gos, todo indignado, respondió:

-¡Ahí dentro me iba a quedar yo...!

17 de marzo de 2012

El Patito

Dedico este relato a mi amiga María José Muñoz Hernández

Un niño, sentado en el asiento trasero de un automóvil, lloraba sin tregua, emitiendo un quejido sostenido, que a su estresado padre, que iba por la cuarta hora seguida frente al volante, más que despertarle ternura o compasión, le recordaba reiteradamente, por puro desapego ocasional, el molesto zumbido de un abejorro. El resto de los pasajeros permanecían en silencio y la radio del coche estaba apagada, por lo que los lamentos sin palabras del niño eran los protagonistas de ese trecho del viaje.

-¡Luis -gritó al fin el padre, irritado-, si no te callas, hay leña, te lo advierto!

Pero esta muestra de frialdad e indiferencia paterna al dolor afligió aún más al niño e hizo subir el volumen de sus lloros.

-¿Luis, por qué lloras, hombre? -preguntó la madre retóricamente por conceder al pequeño una tregua en aquella guerra psicológica-. En la próxima gasolinera, encontraremos un patito exactamente igual al que has visto en ésta. Si querías el patito, haberlo dicho cuando estabas allí y no ahora, que ya es tarde.

-¿Y por qué es tarde? -preguntó, quejoso, el pequeño, en medio de su llantera.

-¡Porque el patito se lo ha llevado ya un señor con un bigote muy grande! -exclamó el padre, inventándose la historia para intentar que el niño dejara de atormentarlo.

-¿Y por qué no se lo cambiamos por el de la próxima gasolinera? -contestó suplicante el niño al cabo de unos segundos.

15 de marzo de 2012

[Publicado en Palabras Diversas]

Os doy una noticia que, supongo, es buena para mí como escritor. La de que la ya veterana revista digital bimestral Palabras Diversas http://www.palabrasdiversas.com/palabras/home.asp en su número 34 (marzo-abril de 2012), en su sección La Palabra, ha incluído mi poema Serviles y mis relatos El Corazón de Oro y El humano. No he tenido que esperar casi nada desde mi solicitud, en el número siguiente al del que se publicó después de hacerla, he aparecido. Esto empieza ya a parecerse al reconocimiento que necesitaba mi autoestima chafada pero, hasta que no me den el Nobel de Literatura, probablemente seguiré con mis melancólicas dudas e, incluso entonces, quizá envidie al Nobel de Medicina por su posibles juventud y vientre plano, capaces de enamorar a las mujeres que me enamoren a mí. Claro que estas cosas son pura vanidad e ironía pues lo único de lo que nos deberíamos sentir orgullosos es de cumplir nuestro propio destino particular y realizarnos como individuos a través del amor. Que seáis felices también vosotros de esta forma que digo y con un poco de la ayuda que da el éxito profesional. Abrazos.

Cosecha

A sus 67 años, todavía podía enorgullecerse de conservar suficiente fuerza para cuidar de su media hectárea de tierra. Sin embargo, en los dos últimos años, había engordado desmedidamente y se cansaba más de lo normal cuando tenía que hacer la faena diaria. Era un espectáculo extraño ver aquella masa de materia orgánica avanzando oscilante por la parcela, desparramándose o estirándose, agitándose y vibrando como una enorme ameba, porque eso, más que un ser humano, había acabado pareciendo el agricultor debido a su voracidad compulsiva a la que le había llevado su conocido gusto por la comida. 

Al llegar la primavera, plantó tomateras para poder cosechar tomates, producto que a él personalmente le encantaba saborear, al verano siguiente. Pero su peso ya empezaba a ser excesivo y dudó de que sus fuerzas le siguieran acompañando a la vuelta de algunos meses por lo que hacía ya planes para encontrar un sustituto asalariado. Hacia mediados de abril notó que sus plantas apenas habían crecido y, para intentar investigar a qué se debía, decidió arrancar una. Tuvo que hacerlo con su azada, ni con una ni con las dos manos hubo manera. Pero la mayor sorpresa de su vida se la llevó cuando descubrió lo que había debajo de la tierra. La raíz había crecido descomunalmente más que en una tomatera normal adulta y, mientras que el tronco en la superficie era de la apariencia de apenas dos semanas, la raíz era gruesa como la de un hierbajo enorme. 

Consultó con su ingeniero agrónomo acostumbrado y éste mostró igual sorpresa y no supo qué aconsejarle pues su honradez profesional era superior a su orgullo de persona sapiente. Unos días más tarde empezó a experimentar un picor extraño por la zona del plexo solar pero a los pocos días se calmó y se acabó olvidando. Entre tanto las tomateras mostraron las primeras flores, adelantándose en más de dos meses al momento en que debería ocurrir en un caso normal. Sus picores volvieron y eran tan rabiosos que se hizo una herida rascándose. El médico de cabecera le dijo que la herida estaba ulcerada y le mandó tratamiento. Pero la úlcera empezó a crecer pese a los cuidados que recibía. Y fue pocos días antes de comienzos de junio cuando, al levantarse una mañana y mirarse al espejo, descubrió que parte de su cara había adquirido un tono verdoso. El doctor le envió a un especialista pero aquella mancha no sólo no desapareció sino que se extendía cada vez más levantando a su paso una costra dura sobre la piel, de la que, con un ligero esfuerzo, se desprendían conchas del tamaño de una moneda de tamaño mediano.

Las tomateras ya daban sus primeros frutos sin haber crecido a penas más de un palmo desde que fueron plantadas. Eran unos frutos deformes, aplastados y de contornos irregulares y asimétricos. La mancha verduzca se volvió negra y comenzó a emitir un olor nauseabundo mientras, en su cuerpo, las llagas se multiplicaron y aparecieron también enormes quistes que deformaron todavía más su cuerpo afectado de obesidad mórbida. A principios de julio, algo muy extraño sucedió en la parcela. Junto a las plantas, nacieron raijos que crecían velozmente, a un ritmo de quince centímetros al día, con un aspecto muy diferente al de una tomatera, y al final de su crecimiento, al cabo de diez días, florecía sobre su copa una extraña flor violeta con una mancha en los pétalos que los niños decían que parecía la cara del diablo. Fue entonces cuando el cuerpo del agricultor dio auténticas señales de estar próximo a su fin. Una calurosa noche, cuando, después de la cena, de la que no pudo probar bocado, se levantó de la mesa, la fiebre que le ocasionaban sus llagas y la tensión de sus nervios le hizo caer desmayado al suelo y convulsionar durante media hora. Después de esto, su conciencia abandonó su cuerpo y sus sentidos definitivamente.

El final estaba al llegar, según los médicos, y el sacerdote del pueblo acudió a dar la extremaunción, provisto de su sombrero de paja para protegerse del sol mientras avanzaba por aquellos caminos polvorientos. Al pasar junto a la parcela, no pudo dejar de percibir que todas aquellas enormes plantas de una sola y gran flor violeta en su cima estaban orientadas en dirección contraria a la de la luz solar, curioso espectáculo de uniformidad que le hizo experimentar una emoción intensa e inexplicable. Mientras el cura rezaba las oraciones junto al cuerpo del agricultor, que ya emitía los estertores, vio perfectamente salir de las ronchas negras de su cara una tras otra hasta seis o siete pequeñas mariposas marrones parecidas a polillas, que cuando pasaron junto a él esquivó con un muy evidente gesto de aprensión.

Cuando el agricultor fue enterrado, su parcela fue labrada y todo volvió a la normalidad. Nadie quería especular sobre los motivos de lo que había ocurrido. Simplemente se decían unos a otros que, a veces, pasan cosas extrañas.

12 de marzo de 2012

Laberinto de Amor

A Bea Magaña, autora de 

Ana, el amor duele y es gozoso al mismo tiempo y no como lo que yo sentía cuando quería a toda costa que Elisa me quisiera como pareja. En aquel tiempo no había gozo porque no conseguía cortarle sus alas, sólo había dolor. Ahora, sé que ella me aprecia, sé que tú me aprecias y sé también que vuestro amor por mí nunca será completo, eso lo reserváis para otro ser. Por eso, mi gozo por vuestra amistad y por el afecto que experimento hacia vosotras pugna con el dolor de saberme obligado a llamar a otra puerta en busca de un amor más completo y correspondido.

Ana, sin embargo, el dolor que siento por ello no contradice el hedonismo que ha de guiar la vida de todo hombre porque, en tanto en cuanto puedo resistirlo, es el signo de mi victoria contra el egoísmo, que presidía mi vida desde hacía mucho tiempo y, venciendo al egoísmo, es más verdadero mi amor al tiempo que aumento vuestra confianza y el afecto que me tenéis, y sintiendo el orgullo de haber vencido al enemigo de nuestro tiempo y al agente de todo mal, al malvado egoísmo, me cargo de más energías para seguir la senda del amor más auténtico, que os dedico como mi tributo más generoso, y aunque, al aumentar por ello el amor que siento hacia vosotras, aumenta el dolor también, quiero pensar que no es dolor sino la llama de la pasión que quema más cuanto más se enciende.

Ana, ¿qué tengo de vosotras? No tengo nada, estáis en otro lugar y, aunque estuvierais a mi lado, habría siempre una pequeña barrera entre vosotras y yo que jamás podría traspasarse. Lo único que tengo de vosotras, lo que llevaré en el corazón cuando, quizá en una cama de un hospital, entre las brumas de la fiebre, los analgésicos y el horror del trance, vea llegar mi fin, es mi ansia de vosotras, mi aspiración, que me niega el destino, a besar vuestra boca, a abrazar vuestro cuerpo, a amanecer junto a vosotras, gozada vuestra dulzura entregada generosamente en un acto completo de amor. Y en esos momentos, ¿qué importará ya que no os haya poseído si mi cuerpo ya estará emprendiendo su tránsito hacia la desintegración?

En esos momentos seréis mis auténticas esposas, el alfa y el omega, la luna y el sol, la derecha y la izquierda, la tierra y el mar. Quizá mi pobre mujer, la de los papeles, la de la notaría, la del libro de familia, nunca haya conseguido hacerme sentir por ella, por desgracia, un afecto semejante al que me habéis inspirado vosotras, pero aun habiéndolo conseguido, ¿cómo abandonar este mundo sin haber vuelto los ojos hacia esos dos amores que son de tal género que no los he tenido tan hermosos en mi adolescencia ni en mi juventud?

Jamás había sentido tal veneración por un ser humano, jamás había necesitado tanto estar junto a él, jamás había experimentado un interés tan extremo por su existencia en el mundo como por la de vosotras. Vosotras habéis abierto de par en par mi corazón, cerrado por los recelos hacia mis semejantes. Todavía me abruman las tristezas y las dudas, el dolor no me ha abandonado y quizá no lo haga nunca del todo, quizá la soledad sea mi versión personal del tributo que todo hombre ha de pagar por venir a este mundo donde la materia se corrompe, deforma y malogra por su misma naturaleza inerte y grosera. Sin embargo, en vosotras he visto la luz que emana de un ser humano, y, del mismo modo que un ratón se esconde en cualquier rincón para ponerse a salvo de nosotros, los humanos, también yo, para teneros, para ser vuestro esposo, refugiado en el más recóndito rincón de mi interior, donde guardaré la fe que os tengo, el afecto incondicional, la vehemente admiración que os profeso, con frecuencia me abandonaré a la libertad de imaginaros mías, sólo mías por siempre, no me importa que esa realidad no exista, y como no me importa, tampoco me importa que, en lugar de una, seáis dos, las dos más bellas hermanas que ha visto un ojo humano en este planeta.

Ana, da recuerdos y besos a Elisa cuando vuelva de sus vacaciones. Sólo pido a Dios que vuestros maridos, tan celosos (¿qué se os había perdido en Arabia Saudí cuando los encontrasteis y quién os manda casaros con dos Otelos?), no vean estos email de tanto fervor que os envío desde la lejanía, embargado por la torturada y amante pasión de que te he hablado.

Besos desesperados e inmateriales, los únicos que vosotras me permitís.

P.D. : A nuestro antiguo vecino común, Bartolo, lo han vuelto a ingresar en el psiquiátrico porque esta vez ha cogido la manía de que la Reme ha atentado contra su libertad sexual, por decirlo suavemente. Lola, la del quinto, ha dado a luz a su quinto hijo justo dos días después de que su marido la deje por otro. Todo lo demás sigue igual, que se sepa.

Vuestro amante servidor y amigo.

Alberto Terres Climent, cardiólogo del Hospital Martes y Trece. 

10 de marzo de 2012

Seis microrrelatos para no odiarse a sí mismo (VI)

Dedico este microrrelato a mi amiga
María José Valverde, escritora gallega
con un sentido del humor espectacular, 
como también lo es su temperamento.
María, gracias por ayudarme con mi 
autoestima, aunque todavía no sé cómo
hay que hacer para quererse a uno mismo.

"Jean Pierre Leblanc lo que más envidiaba de su vecino Jacques Philipe Marçeau era que no tuviera envidia de él."

8 de marzo de 2012

Seis microrrelatos para no odiarse a sí mismo (V)

Dedico este microrrelato a mi amiga,
la talentosa novelista Julia Siles, 
que merece, y como gran amiga que es
le deseo también, un gran éxito en su 
carrera literaria. "Julia, mi lealtad a ti
no es enfrentada sino incondicional".

"Don Zambudio Solórzano creyó que era un ser extraterrestre cuando perdió el juicio pero lo recuperó cuando se empezó a dar cuenta de que ser don Zambudio Solórzano ya era un fenómeno tan insólito que el detalle de si tripulaba o no un OVNI carecía de relevancia."

7 de marzo de 2012

[No tengo]

A mis amigas, Susana 
Escarabajal e Isi Sil

No tengo la miel de tu rostro,
ni la ternura de tu alma,
ni la música de tu voz,
ni el gozo de tu risa,
ni la luz de tu alegría,
sólo soy dueño de mi afán por ti.


Animaos a leer poemas, os devolverá a vuestra condición natural de seres humanos. Podéis leer los míos en mi nuevo blog de poemas Palpitación de lo Concreto .

6 de marzo de 2012

[Apertura del plazo para recapacitar]

Quien no tenga el alma para caricias,
suelte su cetro o su bandera,
su toga, vademecum o pincel,
y entregue con urgencia,
antes de que el plazo expire,
en las oficinas de su corazón,
el impreso para reclamar
la Esperanza.

5 de marzo de 2012

Seis microrrelatos para no odiarse a sí mismo (IV)

Dedico este relato a mi amiga 
Susana, la administradora de 
fantástico blog de reseñas literarias.
"Susana, nosotros no creemos en cuentos 
chinos, cada cual tiene que enfrentarse a
a su propio destino individual y ser 
inventor de su propios valores".

"-¡Un vikingo envidia a los que mueren en el campo de batalla...! -decía Olaf Svarson arengando a sus tropas en la playa.

Entonces se levantó un soldado y dijo, emocionado:

-Olaf, anoche tuve un sueño. Soñé con Stig Igdalson, que murió en la guerra de Normandía. Le colgaba a un lado media cabeza, porque se la partieron con una espada de arriba a abajo. ¡¿Y querrás creer que me miraba de medio lado, por encima del hombro, como si yo no valiera nada para él?!


3 de marzo de 2012

Seis microrrelatos para no odiarse a sí mismo (III)

Dedico este microrrelato a
mi amiga Isi Sil, trabajadora
de una ONG de derechos humanos
que ha cargado sobre sus espaldas
el trabajo de garantizarme el derecho humano
a chatear con alguien los fines de semana
y algún que otro día. "Isi, si no fuera por ti,
quizá habría empezado a sentir cierta
afición a los flotadores de piedra".


"Mi gran sueño era triunfar en Las Ventas como José Tomás, pero se truncó: triunfé como yo".


El Corazón de Oro


Cada 24 de diciembre representa el nacimiento
de un intento más de acabar con la aflicción
humana. Ha sido una victoria contra el Mal,
pues de lo contrario nadie tendría interés alguno 
en celebrarla, pero, como siempre, ha sabido
a derrota. El campo de batalla siempre está
dentro de nosotros. Ahí, cada vez que 
vencemos, muere algo nuestro. 

Aquel individuo alto que había tenido el dudoso honor de rematar con un tiro de rifle al hombre que había sido objeto del linchamiento, al quitarse el cucurucho, descubrió un rostro atractivo, con ojos azules muy claros, facciones nobles y un tupido cabello amarillo. Pero en su expresión se percibía no sé si rencor o amargura o un profundo sentimiento de impotencia, no se podría decir, porque no podemos conocer con precisión qué está sintiendo alguien si él no nos lo dice. Alguien, se acercó a él por lo que se precipitó a calarse de nuevo su cucurucho del Ku-Klux-Klan. 

-No te molestes, Karl, soy William -se apresuró a decir-. No te agobies más, no había nada entre ese tipo y tu chica. He hablado con ella. Sólo le entregó unos poemas. Era uno de esos mariconazos que hacen versos...

-¡También me lo dijo a mí ayer! -exclamó Karl-. Pero no la he creído. El negro ha dicho: -"La amaré más allá de esta vida". ¿Te crees que me chupo el dedo, Bill? Un amor así tiene que haber sido correspondido al menos un poco. Me las pagará. ¡Te juro Bill que me las pagará!

Karl desapareció corriendo a través del bosque en la penumbra de la luna creciente.

*    *    *

El Jefe de Policía entró en la sala de autopsias y al llegar junto al forense se quitó el sombrero y le tapó la cara al cadáver.

-Curiosa noche para que me invites a tu lugar de trabajo, Alfred -dijo.

-Mike, la víspera de Navidad la celebran las familias pero tú no tienes familia. Tú lo que tienes es una esposa que es un sargento. 

-Dime qué ocurre -contestó Mike, con repentina seriedad profesional.

-Pues me parece que ha aparecido una organización rival.

-¿Cómo lo sabes?

-Este hombre negro carecía de corazón, o mejor dicho, su cadáver llevaba incrustado en el lugar de su corazón uno de oro puro. Su pecho no estaba abierto ni hay aberturas lo suficientemente grandes en ninguna otra parte de su cuerpo. No sé cómo demonios lo han hecho.

-Fred, te perdono por esta vez, pero la gracia del chiste no compensa las molestias. Hasta pasado mañana, que lo pases bien con tus amistades.

-Ojalá fuera una broma, Mike, esto es sólo una parte. Tampoco el cuerpo de Karl Knabell, que ha muerto  por el golpe, al caer misteriosamente por la ventana de la habitación de su prometida, presenta señal alguna de cicatrices u operaciones quirúrgicas. Y sin embargo, su corazón tenía al abrir su pecho un número marcado a fuego.

-Demasiado fácil, Fred, lo adivinaría hasta un niño: el 666.

-No, Mike, es mucho más gris: el 5693...


*   *   *

-Ese número sí que no me dice nada, Fred -dijo Mike después de soltar una carcajada-. Tus chistes me han hecho reír al fin -y cogiendo de nuevo su sombrero se dispuso a salir otra vez. El Jefe de Policía ya estaba acostumbrado a las bromas a veces pesadas del forense y las toleraba mal que bien.

-Lo he comprobado y es el número de placa del cabo Randell. ¡Te digo que no es ninguna broma Mike! Comprueba por ti mismo cuanto te he dicho.

Alfred Covent se dirigió a un rincón de la sala de autopsias, abrió un cajón y volvió con dos objetos metidos en sendas bolsas asépticas. Mike Zinneman analizó pacientemente primero el corazón de Karl Knabell y comprobó que el número estaba muy débilmente grabado, apenas una chamuscadura superficial. Luego cogió el objeto encontrado en el cuerpo del hombre negro, Bill Harper, lo rascó con la llave de su camioneta todoterreno y, después de hecha la prueba, dijo a su compañero:

-Fred, o Dios es un timador de poca monta o este suceso es más terrenal de lo que parecía en un principio. Este objeto es plomo con un baño de oro.

*   *   *

Al día siguiente, día 25 de diciembre, a las diez de la mañana, la esposa de James Randell abría la puerta de casa al Jefe de Policía, envuelta en su albornoz azul claro. 

-Hola, Mike, pasa. Jim está en la sala de estar. Está viendo los dibujos animados con la pequeña -y dijo esto último con el tono cómicamente decepcionado de la mujer que esperaba un marido más maduro cuando se casó.

-¿Como va la Navidad, Oficial? -dijo el cabo Randell poniéndose en pié y aproximándole la mano.

-Jim, ¿puedes venir conmigo al departamento de policía? -dijo Mike- Hay dos problemones allí, que no nos aclaramos.

*   *   *

El 26 de diciembre, un mendigo fue al departamento de policía pidiendo la comida de un día completo a cambio de un corazón que había hallado dentro de una bolsa de basura en un contenedor. Mike Zinnemann, en cuanto este hecho le fue comunicado, corrió a la sala de autopsias e interrogó al forense. El ADN iba a ser analizado pero no cabía duda alguna, en aquella ciudad tan pequeña, tan provinciana no se perdían corazones todos los días y menos en fechas tan tópicas y familiares, ni aunque hubiéramos hablado del cruel enero o el agobiante julio, habrían encontrado los basureros repletos de corazones. El corazón no era de un animal. No podía ser de otro que del pobre Bill Harper.

-¡Fred, creo que sé lo que ha pasado! -De pronto recordó que el departamento de policía estaba bajo sospecha y pidió al forense que le acompañara a la calle.


*    *    *

Mientras caminaban por la calle, Mike decía al forense con cierta excitación:

-Fred, estamos en trance de desarticular la rama comarcal del KKK, pero antes tenemos que hacer desaparecer todo rastro de mística en este caso. James Randell me parece una buena persona, buen padre de familia, buen esposo, admirable hoja de servicios, además no se ha encontrado nada sospechoso en su domicilio, pero en estos casos nunca se sabe, hay muy buenos fingidores. No obstante no tengo pruebas contra él y está otra vez de servicio. Dime ahora una cosa, Fred, ¿abandonaste la sala durante la autopsia de los dos cadáveres?

-Claro que sí, Mike, dos veces, cuando tenía a medio abrir el abdomen de ambos. Hace tiempo que sospechaba lo mismo que tú pero sigo sin sospechar quién armó el fregado. 

-¿Fred, por qué leche saliste de la sala las dos veces?

-Ed Martin me llamó desde el centro de vigilancia. Decía que le había parecido ver llegar a los de la funeraria.

-¿Y por qué demonios no fue él a mirar?

-Estaba con un catarro de ojos y por no molestar al relevo porque tiene dos hijos pequeños...

-Fred -dijo Mike dando un giro rápido de 180 grados y volviendo rápidamente hacia el departamento de policía- tu historia me confirma una vez lo que he creído desde siempre: que la gente ingeniosa no servís para nada. O mucho me equivoco, o Edward Martin es quien hizo el intercambio en el cuerpo de su colega de raza y nos da la pista sobre la infiltración del KKK entre los nuestros.

*    *    *

Pero Ed Martin, como era de sospechar se mostró muy poco colaborador y salió del interrogatorio sin haber reconocido ninguna de las sospechas del jefe de policía. Era realmente triste encontrarse en semejante callejón sin salida. Sin embargo las cosas se pondrían peor el 31 de diciembre. Ed apareció con un tiro en la nuca en el arcén de la carretera a las afueras de la ciudad. Realmente no era posible que el caso adquiriera mayor complicación. Ningún otro policía estaba al corriente del caso, excepto Mike y Alfred. A no ser que el gris y aburrido agente Frank, que había entrado en medio del interrogatorio por no sé qué asunto justo cuando Ed pronunciaba la triple K fuera uno de los infiltrados. Era ciertamente significativo el hecho de que, tras esta irrupción, la leve actitud de cooperación de Ed, se había transformado en un nervioso disimulo acompañado de cierto temor que no podía ocultar su mirada. Consciente de este último detalle, Mike se acordó que su número de registro era el 5698, tan sólo diferente en la última cifra al que Ed había marcado a fuego y hierro en el corazón de Karl Knabell. 

Era la noche del 5 de enero cuando Mike llamó por teléfono a Fred y le pidió que acudiera al departamento de policía porque tenía una sospecha inquietante que si se confirmaba, podría dar un vuelco a este caso. 

Fred sacó la víscera humana marcada a fuego y metal de un frasco con formol y la puso bajo una potente lente mientras Mike le observaba ansioso. Efectivamente la cifra final no era un tres sino un ocho algo borroso. Una patrulla de policía se desplazó hasta el hogar del agente Frank. Vivía sólo, nadie entraba en su casita del barrio residencial. Entre inmundos y macabros fetiches, se le hallaron los hábitos del KKK, que mostraban haber sido usados recientemente en el exterior.

Los federales acabaron el trabajo con un saldo no demasiado vergonzoso para el cuerpo de policía local. James Randell quedó totalmente absuelto. Como la inmensa mayoría de la gente, tenía un corazón de oro.


1 de marzo de 2012

Seis microrrelatos para no odiarse a sí mismo (II)

Dedico este microrrelato a
Madeleine Bonpassant, escritora
cuyas obras, aunque sencillas, no
 carecen de la chispa de lo fascinante.
Acaba de publicar su primera novela 
titulada "Por un hombre así me derrito".
Madeleine,  mi corazón te agradece el 
interés que te han despertado mis escritos.


"El pájaro quisiera ser perro para ahuyentar a los gatos. El perro, hombre para poder besar. Pero el hombre quisiera ser pájaro para olvidar sus complejos".