11 de febrero de 2012

Más Circo

Andrzej Pacinski siempre fue un hombre metódico, creía que todas las cosas que necesitaba un hombre estaba en su mano conseguirlas y, por eso, siempre vivió satisfecho. Además, nunca se le ocurrió renovar su repertorio de  deseos; procedía ya de su misma niñez la escueta serie de cosas que se propuso tener en su vida: dejarse caer en paracaídas una vez o dos, tener una esposa, como su padre, que era un hombre muy fuerte y bebía mucho vodka, conocer Checoslovaquia, escuchar, en un concierto, mucha música de su compatriota Chopin, montar en un elefante, que su país tuviera un papa y, por último y lo más difícil de todo, ganar un premio en lo que fuera.

A Chopin lo escuchó una vez de niño y otra vez en una base del Pacto de Varsovia cuando fue soldado. También en su época de militar, se tiró muchas veces en paracaídas y conoció a la mujer con la que se casó. Estuvo en la invasión rusa de Checoslovaquia y ello le permitió cumplir su deseo de visitar el país, aunque un poco a lo bruto. En cuanto al premio, no fue tan difícil como él creía porque, tras retirarse del ejército y entrar a desempeñar un cargo importante en el ayuntamiento de Rzeszow, su ciudad natal, escribió para el periódico local un poema a Lénin de 400 versos endecasílabos rimados con la misma rima lo que le valió un reconocimiento público con banda militar y todo eso. 

En 1978, el día que fue elegido papa Karol Wojtila, Pacinski estaba escuchando la radio, pendiente del cónclave. Su esposa estaba en otra habitación, hablando con Svetlana Vasilievna con tanta animación que parecían dos cotorras. En cuanto escuchó la buena noticia, se levantó de la silla y fue tranquilamente en busca de la botella de vodka, se escanció un vaso y, mientras bebía, escuchó un tumulto en la calle. Pensó que sería un grupo de ciudadanos que celebraba la elección del compatriota pero, al asomarse, vio a un grupo de circenses desfilando para anunciar la apertura del circo programada para aquella tarde a las tres. Cuando llegó, hacía dos días, la caravana, no le llamó apenas la atención pero en aquel momento pensó que había llegado la hora de completar el círculo y cumplir el último de sus deseos, el de subir en un elefante y, después de eso, pegarse un tiro con su kalashnikov.

Estaba tan absorto en sus pensamientos, cuando salió a comprar una entrada, que no escuchó a su esposa cuando le pidió, gritandole desde la habitación donde hablaba con Svetlana Vasilievna, que le trajera la caja de las galletas de la cocina. A las tres menos cuarto, se vistió la menos roída de sus chaquetas y el más elegante de sus pantalones y se dirigió a la explanada donde estaba acampado el circo Lenin, a las afueras de Rzeszow.

El espectáculo comenzó con mucho retraso y ello le permitió darle vueltas a sus sombríos pensamientos. "Quizá -pensó- no tenía que haber entrado. Ya no me hace falta nada en la vida más que subir en un elefante, no tengo humor para ver estas tonterías para niños, después me pegaré un tiro y eso es muy serio, ver en mi situación a las focas haciendo equilibrios o a los payasos pegando traspiés va a ser muy humillante..." Pero cuando vio que de pronto entraba la bella trapecista con su sonrisa radiante y saludaba alegremente a toda la grada, su viejo corazón se encendió y sintió una dicha mayor de la que nunca había tenido. Y, contemplándola en sus ejercicios, realizados con enérgicos movimientos pero delicados y graciosos, se propuso morir con aquellas imágenes en su mente.

Luego llegaron los payasos y rió con tanta alegría con sus inocentes bromas y ridículas pantomimas que se olvidó por un momento de lo que le esperaba al volver a casa tras pedir al director del circo que le permitiera subir a uno de sus elefantes. Con el equilibrista se sintió incluso preocupado por la vida de aquel gimnasta cuando el alambre vibraba, de la misma manera que el resto del público, y llegó hasta a pensar en el miedo que él pasaría si estuviera en su lugar. Las focas, los leones, los elefantes, el fakir... todo le gustó, con todo disfrutó porque, de niño, nunca había ido al circo y, de mayor, sus ojos estaban velados por su sentido de la utilidad y, las pocas veces que había ido, no le habían mostrado lo que tenía frente a sí.

Cuando salió de la carpa, la oscuridad de la noche ya se había extendido y un repentino frío hacía humear su aliento, lo que le hizo sentirse más joven. Sólo entonces le vino a la memoria de nuevo que tenía que subir a un elefante. La palabra "tenía" sonó tal cual en su mente. Y entonces se preguntó por qué tenía que subir a un elefante si no le apetecía, si lo que él quería en aquel momento era ir a su casa a dar un beso en la boca a su esposa Aleska mientras la abrazaba y pensaba en el profundo afecto que sentía por ella en aquel momento. Caminaba ya lejos de la explanada cuando escuchó el barrito de uno de aquellos animales a los que no quiso subir aquella noche y entonces sintió que se estaba alejando definitivamente del influjo de los sofismas.

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