4 de febrero de 2012

Los Inmortales

Un anciano, sentado en un banco al sol de la mañana, se entretenía machacando una piedrecita del suelo con su bastón cuandó apareció otro hombre viejo, más o menos de la misma edad que dejó caer sus nalgas en el mismo banco junto a él. Entonces dijo el recién llegado:

-Aquí estoy mejor, en la tele no hay na'. Sólo había una película de hace poco que se llamaba "Los Hombres Inmortales", un rollazo sobre la conquista y colonización de la Luna... ¡Ya creía yo que era aquella película tan bonita de Sean Connery y Christopher Lambert que me llevo mi padre a ver al cine...!

-¡Ah, sí! ¡Qué guay era! Era aquella de unos tíos, buenos unos y malos otros que, a menos que le cortaran  la cabeza con una espada, seguían viviendo siglos y siglos... Yo aluciné con ella. Pero yo no creo en esas cosas. Las personas son tan animales como un perro y todos los animales, con el tiempo la cagan...

-Hay quien dice que beber sangre humana conserva la juventud.

-Eso tiene que estar malísimo...

-Hay gente que, a punto de morir de hambre, ha probado la carne humana y dice que mola, tío. Eso acojona un poco, la verdad...

-¡Bah! Para pensar eso hay que ser gilipollas, tío. Lo que pasa es que el hambre convierte una cebolla en caviar. Tío, si la carne de hombre fuera tan guay, adiós Humanidad. Tu padre te habría comido en la merienda y le habría dado una pierna a tu madre después de mucho rogar.

-Mis abuelos sí que pasaron hambre en tiempo de guerra. ¡Mala rabia les corriera a to's los rojos...!

-Ah, ¿pero tú eres facha, tío bobo? ¡Así se hundieran otra vez las torres con to's los nacionales dentro...!

-La mala hierba nunca muere... -dijo entonces con tono de resignación y como hablando consigo mismo el viejo llegado después.

El otro, recalcando el ritmo con el bastón, canturreaba el himno de la Internacional.

-Esa música es de Rodolfo Chikilicuatre -dijo al cabo de unos instantes el llegado después.

-¿De Chikilicuatre, mamón? ¡Te voy a matar! -y en un instante ya se había levantado y, alzando el bastón como si fuera una katana, fue a meterle un garrotazo al otro. El bastón dio en el respaldo del banco y él, dadas sus escasas fuerzas, cayó de bruces. Entonces el llegado después se levantó y aprovechando que el otro no podía levantarse y le mostraba su nuca, alzó a su vez su cayado abrigando una perversa intención, aunque en realidad no a la altura de sus fuerzas reales.


-¡El Kurgan, el kurgan me quiere matar a mí...! -exclamó y, todo rojo y colérico, dejó caer su bastón  contra el cuello del hombre de izquierdas caído en el suelo. Pero tampoco tuvo suerte y la punta de su cayado dio en la tierra la primera vez, y la segunda, en las manos de una niña de 15 años, que había acudido al ver aquella pelea tan infantil y que le decía:

-¡Déjele, déjele! ¿No ve que lo puede matar?

-¡Pues un rojo menos! 

-¡Rojos hay más que amapolas en el campo, comemierda! -gritó al oír aquello el que había caído, al que ya estaba ayudando a levantar la niña.

-Ya nos veremos alguna vez yo y tú... -dijo el que había llegado después, y comenzó a caminar con su paso lento y cansado en dirección a la salida del parque. Pero estas palabras aún tuvieron su réplica en el otro que, haciendo sin querer un pareado perfecto, exclamó con saña infantil:

-¡Viva la Revolución! ¡Muérete, mariconzón!

Pero el otro, ya bastante lejos, se limitó a encogerse de hombros y a demostrarle que no le hacía ya ningún caso.




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