9 de febrero de 2012

La Imaginación de Ruperta

Ruperta, una anciana solitaria de 77 años, llegó a ser considerada una auténtica vieja chocha por sus vecinos, que a poco que guardaran silencio, escuchaban con claridad, desde el otro lado de su puerta o del muro de su piso, su cháchara interminable como si tuviera una visita o estuviera hablando con alguien cuando todo el mundo sabía que nadie la visitaba ni lo haría jamás porque no tenía familiares ni conocidos y, con respecto al teléfono, también era posible descartar que se pasara el día con la oreja a él pegada pues su compañía le había cortado la línea. Que hablaba sola fue un hecho que se confirmó gracias a la habilidad trepadora de un gamberro de 11 años, hijo de los maleducados vecinos de balcón, que, por iniciativa propia, emprendió la peligrosa aventura de saltar de uno a otro balcón un sábado por la mañana para espiar a aquella anciana de tan intrigante vida.

Anicetito, el "Cerdito Valiente", como fue apodado irónicamente desde entonces por los vecinos del lugar, contó que, cuando hizo el abordaje en terreno de la anciana, y se asomó a la alcoba que daba a aquel balcón tras entreabrir la puerta y apartar los visillos, vio a doña Ruperta dirigiéndose toda animación al lado opuesto de su cama donde sólo podía verse bajo las sábanas una cabecera que, en la parte que dejaba ver, mostraba dos botones cosidos y una especie de boca sonriente bordada debajo de ellos.

-¡Ay, Hache -decía-, quédate en la cama, corazón mío, que como te has portado bien esta noche estarás rendido! 

Cuando Ruperta salió de la habitación, Anicetito aprovechó para acabar de entrar en la casa con mucho cuidado de no hacer ruido y se ocultó en el armario.

Al poco, doña Ruperta reapareció con una caja, que parecía de bombones o galletas pero que dejó en la mesa sin abrir, metió el enchufe del televisor en otro enchufe de la pared y apretó al botón de encendido en espera. Según observó el taimado niño, cuando pulsó el mando a distancia, el televisor seguía totalmente apagado, sin embargo, la solitaria anciana se sentó en el sofá de al lado de la cama y, tras retorcer sus ojos de placer, se puso a observar la pantalla como si le mostraran imágenes de grandísimo entretenimiento.

-¡Pues sí que está bien hoy la telenovela! -decía-. Matrimonio tenemos si Romero no aparece y le canta las cuarenta al guapito éste... Para mí que, si no la ha palmado aún y llega tarde, cuando vea el panorama, la casca de verdad...

Después de un cuarto de hora de esta guisa, hizo como que apagaba el televisor y abrió la caja de galletas y, nada más abrirla, exclamó:

-¡Hombre, mamá, papá, Guillermina, Pedro, tía Pepa...! ¡Cuanto tiempo sin vernos! ¡Por lo menos, desde ayer por la tarde! -y al mismo tiempo que decía esto, iba sacando de la caja viejas fotografías la mayoría con arrugas y desconchones-. Señor, señor, qué rápido pasa el tiempo. ¿Y por qué habéis venido todos a la capital juntos? ¡No me digáis que se va a casar ya Guillermina! ¡Ah, bueno...! Si es para comprar un televisor de plasma XL-Z200 de los que anuncian, que cuesta un pastón, pues entiendo que hayáis venido todos, porque cuatro ojos ven más que dos. Yo también lo tengo. Si queréis os lo enchufo para que sepáis cómo se ven las imágenes. No es ninguna molestia, mamá...

Acabada esta conversación, se despidió de las fotografías y cerró la caja.

A todo esto, el niño Aniceto, por su mala educación, bastante cerril, cada vez se veía en mayores dificultades para aguantar su risa, aunque esta no pasaba del umbral de su garganta. Pero cuando no fue ya capaz de detener su eclosión, que, debido a la presión con que fue guardada, salió en forma de estridentes carcajadas y contorsionando su cuerpo, fue cuando doña Ruperta al volver de guardar la caja de las fotos, tras pararse en el umbral de la habitación y santiguarse con mucho respeto y algo atemorizada, se arrodilló delante del televisor, puso sus manos en los laterales y dijo con un murmullito lastimoso:

-Padre, quiero confesar.

El niño tuvo que salir apresuradamente del armario y correr delante de doña Ruperta, que le persiguía con exclamaciones de ira, y una vez ante la puerta de la calle, abrirla ligero para recibir el menor número de escobazos de la viejecita.

Cuando la familia del niño difundió estas noticias sensacionales entre el vecindario, este tomó conciencia globalmente de las dificultades tan horribles por las que estaba pasando la anciana y, desde entonces, nunca faltó un vecino, matrimonio o grupo de personas que se acercara a su casa a tomar café o a llevarle alimentos exquisitos elaborados por el cocinillas o la cocinillas de turno.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.