20 de febrero de 2012

El Skinhead

"Los hombres no son sino los instrumentos del genio del universo."

G.W.F. Hegel

Francisco dormía ya, envuelto en una manta, aunque el refugio de las instalaciones del metro la hacía innecesaria aquella noche, cuando le despertó un golpe sobre su espalda que le dejó dolorido. Se revolvió rápidamente y vio a un joven que vestía botas militares y ropa de estilo skinheads. En un principio, temió por su integridad física pero, aunque lo que veía en el rostro del joven era sólo una mueca de odio intenso, decidió saludarle con un gesto de la mano y una sonrisa. La mueca le pareció que se suavizaba un poco y entonces, con la seguridad en su corazón de que no estaba ante una máquina de odiar y agredir, por darle la oportunidad de manifestar algo de su generosidad escondida, le dijo:

-¿Me ayudas a levantarme? 

-¡Venga, arriba! -dijo el joven extendiéndole su mano y tirando hacia él.

Francisco, al comprobar que le había ayudado a levantarse y que, de momento, no le pegaba con la porra que llevaba en la mano, pensó que debía charlar amigablemente con él, al menos mientras no empezara a golpearle hasta dejarlo inconsciente.

-¿Qué esperas de los demás, chaval? -le preguntó.

-Sólo que se comporten como deben -dijo el joven.

Francisco vio entonces que lo que empuñaba en la mano no era una porra sino un libro pero su ceño fruncido y sus labios delgados y lívidos con un rictus grotesco le seguían dando miedo. No obstante pensó que debía seguir abriéndole su corazón y le dijo:

-Debes ser alguien con una gran cultura...

-¡Por supuesto! -respondió-. Se muchas cosas, muchísimas más que tú.

Fue entonces cuando, tras tranquilizarse algo más, Francisco le dijo:

-Me alegra poder hablar con una persona culta porque yo he sido profesor universitario.

-El vacío de tu vida lo has llenado de alcohol -dijo el joven con tono amable.

Francisco levantó la vista hacia el rostro del joven, algo sorprendido, y comprobó que ya no lo cubría un guiño malévolo sino que exhibía una sonrisa bondadosa y, al tiempo que sorprendía esta sonrisa en su rostro, todas sus ropas se volvieron diferentes, mugrientas y ajadas como las de él. Estaba inquieto, realmente había bebido demasiado todo el día anterior, gracias a que en Navidad la gente deja más limosnas. Temía ser presa de un delirio. Pero, ante la duda, prosiguió su charla diciendo:

-Todos tenemos un vacío... pero tienes razón, el alcohol ha sido mi perdición.

-No, ese es el error, tu problema no es el alcohol, no necesitas alcohol, necesitas abrir tu corazón.

Francisco miró al rostro del joven y vio que resplandecía, como la luz del sol. Todo su cuerpo se había transformado en luz y dándole su mano le dijo:

-Has abierto tu corazón, viejo profesor, el Cosmos necesitaba que lo hicieras antes de devolverte al infinito, del que has sido semilla. Ahora tu vida vuelve a ser barro pero tu nombre propio ascenderá conmigo hacia donde está todo lo que ha sido amado.

Francisco, mientras se alejaba junto a aquel ser, volvió la cabeza hacia el lugar en el que había estado acostado por su costumbre de llevar su manta a todas partes y vio lo que sospechaba: su cuerpo todavía tendido boca arriba y sus párpados abiertos mostrando el blanco de sus ojos.


2 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho este relato que nos traes hoy.
    Sobre todo el final.
    Un abrazo

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  2. Es un honor y un inmenso placer recibir tu visita y celebro tu opinión con júbilo y animada alegría. Muchas gracias, Mientrasleo, esta es tu casa.
    Un abrazo :)

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Gracias por su comentario