23 de febrero de 2012

¡A cazar, que es sano!

El deporte es sano esparcimiento para el cuerpo y la mente. Nos libera de nuestras frustraciones personales y calma el estrés que produce la vida moderna. Es el más portentoso instrumento de evasión conocido; más que la gastronomía, más que el cine, más que la literatura. Si volviera a nacer, volvería a practicar el deporte de la caza en la Reserva de Maltratadores de Género. No fueron pequeñas las panzadas de reírme que me eché cuando leí en un libro viejo las críticas que la sociedad delicada de aquel tiempo dirigió contra un tal José Bono, presidente de una comunidad autonómica española, llamada Castilla-La Mancha, cuando quiso que la lista de los maltratadores de mujeres de su comunidad se hiciera pública.

Al maltratador, como no es pieza de consumo, no es necesario darle un tiro limpio. Para evitar que te ataque, recomiendo disparar cuanto antes. No hay que ser mezquino con las municiones pues, como son piezas que poseen una gran astucia y un poderoso instinto de supervivencia, no es raro que, al final, si no se les dispara más de un tiro, acaben huyendo por su propio pie y perdiéndose entre la selva de ruinas estilo Le Corbusier y sólo vuelvan a aparecer al cabo de un mes, cuando el servicio de mantenimiento del recinto lo encuentra muerto en un escondrijo con señales de una lenta y dolorosa agonía. Aunque no es pieza para el taxidermista ni puede adornar ningún muro para dar prestigio y dignidad al buen cazador, siempre es una satisfacción mayor ver al maltratador yaciendo a tus pies muerto y mostrarlo a los curiosos y amigos antes de que el servicio de basura de la reserva se lo lleve a la fábrica de abono orgánico, aparte de que, por cada cadáver de maltratador que muestres, te dan un vale de descuento para la próxima vez.

Mi esposa detesta todo lo relacionado con este deporte y eso me apena un poco porque ningún domingo me quiere acompañar a pasar el día en la reserva y disfrutar de los variados alicientes que nos ofrece el gigantesco y bien cuidado recinto. Yo la quiero y ella me quiere, por eso el respeto a nuestras respectivas libertades es total. Ni ella ni yo somos lacayos de la ideología machista por lo que no consideramos que ella reciba de su unión conmigo su valor como persona sino que es inmanente a su naturaleza de mujer y de ser humano. Digo esto porque aún hay intelectuales (berzotas, diría yo) que dicen que los maltratadores de género tienen alma y que son humanos como nosotros aunque su inteligencia sea muy inferior y, por esto, no deberíamos matarlos. Pongamos el caso de que fuera verdad, la caza de los maltratadores es algo que les beneficia a ellos mismos. Bien visto, los maltratadores nacen para acabar en reservas de caza. Hasta me permitiría poetizar y decir que les gusta incluso que el cazador les cace. Estoy cansado de decir a los anti-reservas que, si no fuera por la actividad de la caza, los maltratadores acabarían extinguiéndose: todo el  interés de ciertos sectores de la sociedad por promover actitudes machistas se perdería.

El que entra en el apasionante mundo de la caza no se arrepiente. Es cierto que, dados los costes de mantenimiento de una reserva de maltratadores, los precios de acceso y uso de la misma son prohibitivos, pero una vez por trimestre no viene mal cobrarse allí una pieza. Siempre podemos acudir a un coto de caza normal cuando nos tengamos que apretar el cinturón.

Esta, al menos, es mi opinión y tan convencido estoy de ella que me encuentro grandemente satisfecho de haber podido compartirla con todos los lectores. ¡Agur y buena caza!

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