27 de febrero de 2012

Seis microrrelatos para no odiarse a sí mismo (I)

Dedico este microrrelato a Ana Mireles,
una amiga de facebook y seguidora
de mi blog que me mostró verdades
olvidadas acerca del camino de la salud.
Ana, sigo en el camino de asimilar
lo que nunca debería haber desaprendido.

"Mi marido ha engordado como un cerdo desde que perdió el trabajo. No para de hacerse reproches a sí mismo y, claro, ahora come para dos..."

26 de febrero de 2012

[La Vida es Basura de Ricardo Borregales]



Ricardo Díaz Borregales


(Coro, Venezuela, 1978). Diseñador Gráfico. En 2008 publica “La Casa”, premiado con la Mención Especial del Concurso Poesía y Cuento Rafael José Álvarez; distinción que también recibe su poemario “Cadáver” en 2007. Guionista del cortometraje “Crónica de un Sueño” (1998) y de los proyectos “La Casa de Jack” I, II y III. Su columna “La vida es Basura” se publicó durante dos años en la revista Y’puntos (Valencia). Algunos de sus escritos han aparecido en diversas publicaciones impresas y digitales (Hábitos, Madriguera, Cátedra de papel, Cubile, A través de las palabras, El club de la serpiente). Labora en el Departamento de Diseño y Fotografía de la Dirección de Relaciones Públicas y Medios de Comunicación de la UNEFM.


Esta novela nos presenta con cierta crudeza, aunque sin exhibicionismo, la angustia y desequilibrio de una adolescente cuya única voluntad, y valga la paradoja como ironía trágica, es dejar de existir y ser. Muchos adolescentes han pasado por una etapa así. No le encuentran sentido a la vida. ¿Pero qué ocurriría si además la adolescente padeciera una especie de trastorno depresivo intenso? Tras un intento, el enésimo, de suicidio ingresa en un psiquiátrico donde encuentra a un conocido de su infancia, un joven de su edad que padece progeria y está destinado a morir en breve, precisamente el sueño de ella. El cinismo de Rafa, lleno de resentimiento pero sin perder un ápice de humanismo, hace buen complemento con la algo más ingenua Adora en unos diálogos que no suenan descabellados en nuestra sociedad conspiranoica y escatológica. Yo le dije una vez a Ricardo con enfado que la vida no es basura porque la basura siempre es basura al menos por definición, mientras que la vida puede siempre mejorar. Ignoraba que su libro tenía un cierto componente de humor negro, pero ese comentario me sirvió para que él, con mayor calma y equilibrio emocional que yo, me ofreciera su amistad, que todavía conservo y es grande, afortunadamente. 



Esta novela ya ha sido publicada en edición limitada. Si quieren ponerse en contacto con el autor, escriban a doctorbasura@gmail.com y para más información entren en el blog de Ricardo Díaz Borregales 


NOTA: 8 de 10 


25 de febrero de 2012

El Día de la Salud

Un 22 de diciembre, un hombre de unos 50 años hablaba tristemente con un médico, mientras éste lo auscultaba con atención. El hombre tenía una fisonomía tosca, la típica del hombre hecho a trabajar duramente en el campo, pero, en su mirada, se podía vislumbrar una aguda inteligencia y buenas dotes de observación. El médico, en cambio, tenía una piel fina y blanca pero sus ojos estaban como adormilados y, cuando se le miraba a la cara, la larga y delgada línea de su boca le daba un aire estúpido.

-Todo lo que tengo lo he ganado trabajando siete veces más de lo que vale -decía el agricultor-, nunca me han regalado nada, incluso me han robado una vez la casa.

-Válgame -dijo el doctor, muy atento a su estetoscopio.

-He trabajado mucho a lo largo de mi vida -continuó el agricultor-. Desde bien pequeño, ya cargaba yo a la espalda fardos de alfalfa para dar de comer a los conejos que criábamos. Y nos daban tan poco por ellos que a veces no quedaba ni para clavos con que reparar las jaulas.

-Válgame -repitió el doctor, con el mismo tono maquinal de la otra vez.

-Una vez me tocó un premio en la lotería. Poca cosa : cincuenta euros. Y aun así perdí hasta dinero. Fui a cambiarlos en un bar de mal aspecto para comprar un paquete de tabaco en la máquina expendedora; el dueño me dio diez euros en monedas y ahí paró; le dije que faltaban cuatro billetes de diez o dos de veinte pero él se emperró en que yo sólo le había dado diez; insistí en que eran cincuenta pero un borrachín de la barra comenzó a darle la razón al dueño y, total, que ni el reintegro al completo.


-Válgame -dijo el doctor de nuevo.

-Pero esta noche he soñado que me tocaba el gordo -dijo el agricultor-, ¿y sabe usted que tengo un presentimiento muy fuerte de que hoy va a cambiar mi suerte con el dinero?

En ese momento, el doctor se enderezó y dijo mientras tiraba sobre su mesa, más que depositaba, el instrumento que había estado manejando con concienzudo empeño:

-Rece para que no sea así porque, tal y como está su corazón, la emoción se lo llevaría por delante.


23 de febrero de 2012

¡A cazar, que es sano!

El deporte es sano esparcimiento para el cuerpo y la mente. Nos libera de nuestras frustraciones personales y calma el estrés que produce la vida moderna. Es el más portentoso instrumento de evasión conocido; más que la gastronomía, más que el cine, más que la literatura. Si volviera a nacer, volvería a practicar el deporte de la caza en la Reserva de Maltratadores de Género. No fueron pequeñas las panzadas de reírme que me eché cuando leí en un libro viejo las críticas que la sociedad delicada de aquel tiempo dirigió contra un tal José Bono, presidente de una comunidad autonómica española, llamada Castilla-La Mancha, cuando quiso que la lista de los maltratadores de mujeres de su comunidad se hiciera pública.

Al maltratador, como no es pieza de consumo, no es necesario darle un tiro limpio. Para evitar que te ataque, recomiendo disparar cuanto antes. No hay que ser mezquino con las municiones pues, como son piezas que poseen una gran astucia y un poderoso instinto de supervivencia, no es raro que, al final, si no se les dispara más de un tiro, acaben huyendo por su propio pie y perdiéndose entre la selva de ruinas estilo Le Corbusier y sólo vuelvan a aparecer al cabo de un mes, cuando el servicio de mantenimiento del recinto lo encuentra muerto en un escondrijo con señales de una lenta y dolorosa agonía. Aunque no es pieza para el taxidermista ni puede adornar ningún muro para dar prestigio y dignidad al buen cazador, siempre es una satisfacción mayor ver al maltratador yaciendo a tus pies muerto y mostrarlo a los curiosos y amigos antes de que el servicio de basura de la reserva se lo lleve a la fábrica de abono orgánico, aparte de que, por cada cadáver de maltratador que muestres, te dan un vale de descuento para la próxima vez.

Mi esposa detesta todo lo relacionado con este deporte y eso me apena un poco porque ningún domingo me quiere acompañar a pasar el día en la reserva y disfrutar de los variados alicientes que nos ofrece el gigantesco y bien cuidado recinto. Yo la quiero y ella me quiere, por eso el respeto a nuestras respectivas libertades es total. Ni ella ni yo somos lacayos de la ideología machista por lo que no consideramos que ella reciba de su unión conmigo su valor como persona sino que es inmanente a su naturaleza de mujer y de ser humano. Digo esto porque aún hay intelectuales (berzotas, diría yo) que dicen que los maltratadores de género tienen alma y que son humanos como nosotros aunque su inteligencia sea muy inferior y, por esto, no deberíamos matarlos. Pongamos el caso de que fuera verdad, la caza de los maltratadores es algo que les beneficia a ellos mismos. Bien visto, los maltratadores nacen para acabar en reservas de caza. Hasta me permitiría poetizar y decir que les gusta incluso que el cazador les cace. Estoy cansado de decir a los anti-reservas que, si no fuera por la actividad de la caza, los maltratadores acabarían extinguiéndose: todo el  interés de ciertos sectores de la sociedad por promover actitudes machistas se perdería.

El que entra en el apasionante mundo de la caza no se arrepiente. Es cierto que, dados los costes de mantenimiento de una reserva de maltratadores, los precios de acceso y uso de la misma son prohibitivos, pero una vez por trimestre no viene mal cobrarse allí una pieza. Siempre podemos acudir a un coto de caza normal cuando nos tengamos que apretar el cinturón.

Esta, al menos, es mi opinión y tan convencido estoy de ella que me encuentro grandemente satisfecho de haber podido compartirla con todos los lectores. ¡Agur y buena caza!

20 de febrero de 2012

El Skinhead

"Los hombres no son sino los instrumentos del genio del universo."

G.W.F. Hegel

Francisco dormía ya, envuelto en una manta, aunque el refugio de las instalaciones del metro la hacía innecesaria aquella noche, cuando le despertó un golpe sobre su espalda que le dejó dolorido. Se revolvió rápidamente y vio a un joven que vestía botas militares y ropa de estilo skinheads. En un principio, temió por su integridad física pero, aunque lo que veía en el rostro del joven era sólo una mueca de odio intenso, decidió saludarle con un gesto de la mano y una sonrisa. La mueca le pareció que se suavizaba un poco y entonces, con la seguridad en su corazón de que no estaba ante una máquina de odiar y agredir, por darle la oportunidad de manifestar algo de su generosidad escondida, le dijo:

-¿Me ayudas a levantarme? 

-¡Venga, arriba! -dijo el joven extendiéndole su mano y tirando hacia él.

Francisco, al comprobar que le había ayudado a levantarse y que, de momento, no le pegaba con la porra que llevaba en la mano, pensó que debía charlar amigablemente con él, al menos mientras no empezara a golpearle hasta dejarlo inconsciente.

-¿Qué esperas de los demás, chaval? -le preguntó.

-Sólo que se comporten como deben -dijo el joven.

Francisco vio entonces que lo que empuñaba en la mano no era una porra sino un libro pero su ceño fruncido y sus labios delgados y lívidos con un rictus grotesco le seguían dando miedo. No obstante pensó que debía seguir abriéndole su corazón y le dijo:

-Debes ser alguien con una gran cultura...

-¡Por supuesto! -respondió-. Se muchas cosas, muchísimas más que tú.

Fue entonces cuando, tras tranquilizarse algo más, Francisco le dijo:

-Me alegra poder hablar con una persona culta porque yo he sido profesor universitario.

-El vacío de tu vida lo has llenado de alcohol -dijo el joven con tono amable.

Francisco levantó la vista hacia el rostro del joven, algo sorprendido, y comprobó que ya no lo cubría un guiño malévolo sino que exhibía una sonrisa bondadosa y, al tiempo que sorprendía esta sonrisa en su rostro, todas sus ropas se volvieron diferentes, mugrientas y ajadas como las de él. Estaba inquieto, realmente había bebido demasiado todo el día anterior, gracias a que en Navidad la gente deja más limosnas. Temía ser presa de un delirio. Pero, ante la duda, prosiguió su charla diciendo:

-Todos tenemos un vacío... pero tienes razón, el alcohol ha sido mi perdición.

-No, ese es el error, tu problema no es el alcohol, no necesitas alcohol, necesitas abrir tu corazón.

Francisco miró al rostro del joven y vio que resplandecía, como la luz del sol. Todo su cuerpo se había transformado en luz y dándole su mano le dijo:

-Has abierto tu corazón, viejo profesor, el Cosmos necesitaba que lo hicieras antes de devolverte al infinito, del que has sido semilla. Ahora tu vida vuelve a ser barro pero tu nombre propio ascenderá conmigo hacia donde está todo lo que ha sido amado.

Francisco, mientras se alejaba junto a aquel ser, volvió la cabeza hacia el lugar en el que había estado acostado por su costumbre de llevar su manta a todas partes y vio lo que sospechaba: su cuerpo todavía tendido boca arriba y sus párpados abiertos mostrando el blanco de sus ojos.


18 de febrero de 2012

El Modo en que se evitó el Fin del Mundo


En el siglo XXIX después del Gran Computador Planetario, fue descubierta, hurgando entre la complejísima maraña de datos de Internet, una bitácora llamada La Casa Agramatical, que, fuera de toda duda razonable, se debía haber escrito en la primera mitad del siglo XXI de la era cristiana. Lo asombroso es que hablaba de sucesos ocurridos mucho después, como la aparición del Gran Computador, la época de las teocracias y repúblicas lingüísticas o la invención de la máquina transdimensional. Si esta paradoja se debía a una ruptura de las leyes del tiempo debida a la intervención de viajeros de la máquina transdimensional, no se sabía, aunque era improbable porque este tipo de viajes no deja huellas paradójicas, pero una cosa preocupaba a todo el mundo: que esta misma bitácora hablaba de un espantoso fin del mundo a manos de los robots, que destruirían la vida humana e, incluso, harían desaparecer el planeta. Por aquel tiempo los robots eran miembros de los gobiernos y tenían una importante participación en las decisiones nacionales y locales. Algunos humanos comenzaron a sentir pánico, hubo algunas revueltas y se temían disensiones y conjuras que desembocaran en la profetizada aniquilación del género humano.

Sólo se encontró una estrategia que hubiera esperanzas de que funcionara para evitar la horrible catástrofe: viajar al siglo XXI después de Cristo y obligar a Luis Rafael García Lorente, el autor del blog, a que escribiera un desenlace distinto a aquel conflicto entre humanos y robots y que se desdijera de tan espantosas predicciones. Seis tripulantes de la máquina transdimensional pusieron rumbo a aquel tiempo y, tras algunas pesquisas, localizaron al escritor. Se hallaron indicios en su pasado de delirios esquizoides, lo que fue interpretado por los miembros de la misión como una influencia de la cultura de la época a la hora de interpretar lo que había sido, en realidad, un implante hipnótico a distancia de información por parte de unos viajeros transdimensionales de oscuras intenciones. El escritor no era consciente, al escribir sus historias sobre el futuro, de que habían sido introducidas en su imaginación a pequeñas dosis en la época en que padeció un brote psicótico sin que él hubiera notado nada, excepto unos episodios pasajeros en los que experimentaba una angustiosa sensación de ser controlado mentalmente por otras conciencias de fuera de él pero que tenían acceso a su mente y que él había sentido como atribuibles a los seres humanos que en esos momentos estaban a su alrededor. Esta operación había tenido como objeto, según presumían, intoxicar a la opinión pública del siglo actual para dividir a los humanos y los robots. La parte del futuro que la bitácora anticipaba con exactitud, servía como cebo para tomar en serio la predicción escatológica que, por contra, no estaba en el campo de los hechos posibles en la época de la que habían partido los implantadores. Sólo ahora lo estaba, según las prospecciones, debido a esta operación de intoxicación.

Ahora ya no cabía duda alguna: había que convencer a Luis Rafael para que escribiera una entrada en su bitácora desmarcándose de ese trágico final para el mundo. Pero implantarle información con el riesgo de que fuera víctima nuevamente de tratamientos psiquiátricos que debilitaran su mente y dejara abandonada la bitácora tal y como estaba ahora era un riesgo. Las ideas había que inculcárselas del modo corriente, esa fue la decisión de la expedición, ayudándose de personas que las poseyeran y se las transmitieran y de pequeñas e inocuas sugestiones. La primera persona fue Bea Magaña, la famosa autora de Historias de Thèramon, a la que encargaron hipnóticamente que visitara La Casa Agramatical y se suscribiera al blog además de agregar como amigo de facebook a su autor. Esta escritora transmitió a Luis Rafael ideas optimistas sobre la vida y una visión del amor como fuerza creadora y le empujó a buscar el bien y a renunciar a todo egoísmo y codicia. El autor siempre, hasta el día de su muerte, presintió que había un lazo secreto que los unía a los dos, quizá, en parte, debido a las sugestiones hipnóticas de baja intensidad mencionadas. La segunda persona fue Ana Mireles, una especialista en comunicación, directora, poeta y promotora cultural a la que también se le ordenó suscribirse a La Casa Agramatical y ofrecerle una noche, a través de un chat, la sabiduría que encierra esta frase: "El universo refleja aquello en lo que piensas con fervor, da igual si lo quieres o no". Luis Rafael meditó esta sentencia y decidió cambiar sus objetivos a la hora de escribir, ya no representaría la amargura del fracaso con tintes de reproche a sí mismo y al mundo, ya no escribiría para decir que todo estaba perdido, hiciéramos los que hiciéramos, ya no hablaría con triste resentimiento de las mujeres que lo habían rechazado. En adelante sería su propio benefactor, a nadie más le reclamaría ni le exigiría esa misión. Días después escribió la entrada "El Modo en que se evitó el Fin del Mundo". Los archiveros de Internet del siglo XXIX después del Gran Computador, cuando el mundo estaba ya al borde de comenzar una guerra entre humanos y robots, encontraron esta entrada, desgajada por la corrupción del tiempo del resto de cuentos, y en ella se decía que la Humanidad, unida armónicamente con las máquinas, consiguió dar el paso hacia una nueva forma de vida: toda ella se convirtió en un solo organismo armónico en el que cada una de sus partes conservaba su autonomía y libertad pero a las que era biológicamente imposible sentir odio por las demás ni causarles daño. La noticia de este hallazgo se difundió y se consiguió evitar la guerra. En su lugar, la nueva profecía encontrada comenzó a cumplirse.

16 de febrero de 2012

Los Dos Genios

En el siglo XIV después del Gran Computador, dos eminencias de la ciencia destacaron  por encima de todos los demás mortales, fueron dos genios inigualables de la investigación en el campo de la Medicina. Lo asombroso del caso es que los dos nacieron en el mismo pueblo, una aldea de cabreros de Mauritania, incluso eran vecinos, y cada uno consideraba al otro, con una dosis incomprensiblemente grande de despreocupado optimismo, un completo y absoluto burro.

13 de febrero de 2012

El Terrorista

Nadie recuerda ya este episodio del terrorismo internacional pues dos días después de ocurrido, se produjo el atentado de septiembre negro de 1972 y quedó oscurecido antes incluso de que hubiera tiempo de ponerlo en primera página de los periódicos. Hoy sólo un libro, que hace treinta años que no se reedita, menciona el hecho y, aunque nadie daría credibilidad a semejante autor sensacionalista, yo puedo dar fe de que cuenta la verdad de los hechos de manera escrupulosa pues yo, Isaac Mossen, fui uno de los testigos. He hablado con otros que presenciaron lo mismo que yo y todos creemos ahora que fue un espejismo que nos mandó Yahveh:

"[...]Pasemos ahora a otro de estos hechos desconcertantes ocurrido en nuestros propios días y que tuvo lugar en septiembre de 1972 ante 20 testigos en la ciudad de Jerusalén, ciudad santamente empapada de sangre a lo largo de los milenios. A las 8 y diez minutos de la mañana, un terrorista palestino arrojó una granada contra el interior de un café céntrico matando a todas las personas que había en su interior excepto a un hombre que ha salvado su vida pero que arrostrará graves secuelas toda su vida, entre ellas, una ceguera y sordera totales. Tras la explosión el palestino echó a correr creyendo probablemente que la circunstancia de que no hubiera ningún policía en las cercanías era una buena oportunidad para escapar, pero enseguida fue perseguido por unos seis o siete ciudadanos.
 "Al poco le rodearon y fue detenido. La policía, tras el procedimiento acostumbrado, le llevó a la tercera planta del departamento de policía para interrogarle. Como se mostró extremadamente dócil en todo momento, los escoltas no supieron reaccionar a tiempo cuando se deshizo de ellos y con rapidez inusitada se lanzó por la ventana y cayó al vacío. Y aquí comienza lo increíble de esta historia, si es que no lo es ya la sangre fría de este ser, pues veinte ciudadanos de Jerusalén, entre ellos cuatro palestinos declararon ante un juez bajo juramento que al recibir el impacto contra el suelo, el cuerpo del terrorista se abrió dejando ver muelles y engranajes de metal en lugar de sangre y tejido orgánico. Uno de ellos llegó a coger una de las ruedas dentadas y comprobó que era sólida pero milésimas de segundo después lo que sus manos habían cogido se transformó, nos crea usted o no, en un trozo de carne humana [...]"


11 de febrero de 2012

Más Circo

Andrzej Pacinski siempre fue un hombre metódico, creía que todas las cosas que necesitaba un hombre estaba en su mano conseguirlas y, por eso, siempre vivió satisfecho. Además, nunca se le ocurrió renovar su repertorio de  deseos; procedía ya de su misma niñez la escueta serie de cosas que se propuso tener en su vida: dejarse caer en paracaídas una vez o dos, tener una esposa, como su padre, que era un hombre muy fuerte y bebía mucho vodka, conocer Checoslovaquia, escuchar, en un concierto, mucha música de su compatriota Chopin, montar en un elefante, que su país tuviera un papa y, por último y lo más difícil de todo, ganar un premio en lo que fuera.

A Chopin lo escuchó una vez de niño y otra vez en una base del Pacto de Varsovia cuando fue soldado. También en su época de militar, se tiró muchas veces en paracaídas y conoció a la mujer con la que se casó. Estuvo en la invasión rusa de Checoslovaquia y ello le permitió cumplir su deseo de visitar el país, aunque un poco a lo bruto. En cuanto al premio, no fue tan difícil como él creía porque, tras retirarse del ejército y entrar a desempeñar un cargo importante en el ayuntamiento de Rzeszow, su ciudad natal, escribió para el periódico local un poema a Lénin de 400 versos endecasílabos rimados con la misma rima lo que le valió un reconocimiento público con banda militar y todo eso. 

En 1978, el día que fue elegido papa Karol Wojtila, Pacinski estaba escuchando la radio, pendiente del cónclave. Su esposa estaba en otra habitación, hablando con Svetlana Vasilievna con tanta animación que parecían dos cotorras. En cuanto escuchó la buena noticia, se levantó de la silla y fue tranquilamente en busca de la botella de vodka, se escanció un vaso y, mientras bebía, escuchó un tumulto en la calle. Pensó que sería un grupo de ciudadanos que celebraba la elección del compatriota pero, al asomarse, vio a un grupo de circenses desfilando para anunciar la apertura del circo programada para aquella tarde a las tres. Cuando llegó, hacía dos días, la caravana, no le llamó apenas la atención pero en aquel momento pensó que había llegado la hora de completar el círculo y cumplir el último de sus deseos, el de subir en un elefante y, después de eso, pegarse un tiro con su kalashnikov.

Estaba tan absorto en sus pensamientos, cuando salió a comprar una entrada, que no escuchó a su esposa cuando le pidió, gritandole desde la habitación donde hablaba con Svetlana Vasilievna, que le trajera la caja de las galletas de la cocina. A las tres menos cuarto, se vistió la menos roída de sus chaquetas y el más elegante de sus pantalones y se dirigió a la explanada donde estaba acampado el circo Lenin, a las afueras de Rzeszow.

El espectáculo comenzó con mucho retraso y ello le permitió darle vueltas a sus sombríos pensamientos. "Quizá -pensó- no tenía que haber entrado. Ya no me hace falta nada en la vida más que subir en un elefante, no tengo humor para ver estas tonterías para niños, después me pegaré un tiro y eso es muy serio, ver en mi situación a las focas haciendo equilibrios o a los payasos pegando traspiés va a ser muy humillante..." Pero cuando vio que de pronto entraba la bella trapecista con su sonrisa radiante y saludaba alegremente a toda la grada, su viejo corazón se encendió y sintió una dicha mayor de la que nunca había tenido. Y, contemplándola en sus ejercicios, realizados con enérgicos movimientos pero delicados y graciosos, se propuso morir con aquellas imágenes en su mente.

Luego llegaron los payasos y rió con tanta alegría con sus inocentes bromas y ridículas pantomimas que se olvidó por un momento de lo que le esperaba al volver a casa tras pedir al director del circo que le permitiera subir a uno de sus elefantes. Con el equilibrista se sintió incluso preocupado por la vida de aquel gimnasta cuando el alambre vibraba, de la misma manera que el resto del público, y llegó hasta a pensar en el miedo que él pasaría si estuviera en su lugar. Las focas, los leones, los elefantes, el fakir... todo le gustó, con todo disfrutó porque, de niño, nunca había ido al circo y, de mayor, sus ojos estaban velados por su sentido de la utilidad y, las pocas veces que había ido, no le habían mostrado lo que tenía frente a sí.

Cuando salió de la carpa, la oscuridad de la noche ya se había extendido y un repentino frío hacía humear su aliento, lo que le hizo sentirse más joven. Sólo entonces le vino a la memoria de nuevo que tenía que subir a un elefante. La palabra "tenía" sonó tal cual en su mente. Y entonces se preguntó por qué tenía que subir a un elefante si no le apetecía, si lo que él quería en aquel momento era ir a su casa a dar un beso en la boca a su esposa Aleska mientras la abrazaba y pensaba en el profundo afecto que sentía por ella en aquel momento. Caminaba ya lejos de la explanada cuando escuchó el barrito de uno de aquellos animales a los que no quiso subir aquella noche y entonces sintió que se estaba alejando definitivamente del influjo de los sofismas.

10 de febrero de 2012

[Uno de mis cuentos, en un blog sobre pueblos]

Mi sorpresa ha sido grande hoy al descubrir un blog donde aparece completo uno de mis cuentos, En un Baño de Retortillo de Soria. Este blog está dedicado a los pueblos de Soria, si no me equivoco, y se llama Pesquisas de Gormaz y Caracena. En una época donde tardar diez minutos en cocer una pizza ya es tardar mucho y donde no se considera interesante el lugar en el que no se hace una cola enorme de gente, es una experiencia extraña asomarse a este blog donde se ven, en muchas de las imágenes, las lúgubres ruinas de pueblos fantasma además de otras construcciones restauradas o todavía en pie pero en las que sobrecoge igualmente el aspecto desierto de las calles. El blog lo administra La Tana y yo de vosotros curiosearía un poco por él.

9 de febrero de 2012

La Imaginación de Ruperta

Ruperta, una anciana solitaria de 77 años, llegó a ser considerada una auténtica vieja chocha por sus vecinos, que a poco que guardaran silencio, escuchaban con claridad, desde el otro lado de su puerta o del muro de su piso, su cháchara interminable como si tuviera una visita o estuviera hablando con alguien cuando todo el mundo sabía que nadie la visitaba ni lo haría jamás porque no tenía familiares ni conocidos y, con respecto al teléfono, también era posible descartar que se pasara el día con la oreja a él pegada pues su compañía le había cortado la línea. Que hablaba sola fue un hecho que se confirmó gracias a la habilidad trepadora de un gamberro de 11 años, hijo de los maleducados vecinos de balcón, que, por iniciativa propia, emprendió la peligrosa aventura de saltar de uno a otro balcón un sábado por la mañana para espiar a aquella anciana de tan intrigante vida.

Anicetito, el "Cerdito Valiente", como fue apodado irónicamente desde entonces por los vecinos del lugar, contó que, cuando hizo el abordaje en terreno de la anciana, y se asomó a la alcoba que daba a aquel balcón tras entreabrir la puerta y apartar los visillos, vio a doña Ruperta dirigiéndose toda animación al lado opuesto de su cama donde sólo podía verse bajo las sábanas una cabecera que, en la parte que dejaba ver, mostraba dos botones cosidos y una especie de boca sonriente bordada debajo de ellos.

-¡Ay, Hache -decía-, quédate en la cama, corazón mío, que como te has portado bien esta noche estarás rendido! 

Cuando Ruperta salió de la habitación, Anicetito aprovechó para acabar de entrar en la casa con mucho cuidado de no hacer ruido y se ocultó en el armario.

Al poco, doña Ruperta reapareció con una caja, que parecía de bombones o galletas pero que dejó en la mesa sin abrir, metió el enchufe del televisor en otro enchufe de la pared y apretó al botón de encendido en espera. Según observó el taimado niño, cuando pulsó el mando a distancia, el televisor seguía totalmente apagado, sin embargo, la solitaria anciana se sentó en el sofá de al lado de la cama y, tras retorcer sus ojos de placer, se puso a observar la pantalla como si le mostraran imágenes de grandísimo entretenimiento.

-¡Pues sí que está bien hoy la telenovela! -decía-. Matrimonio tenemos si Romero no aparece y le canta las cuarenta al guapito éste... Para mí que, si no la ha palmado aún y llega tarde, cuando vea el panorama, la casca de verdad...

Después de un cuarto de hora de esta guisa, hizo como que apagaba el televisor y abrió la caja de galletas y, nada más abrirla, exclamó:

-¡Hombre, mamá, papá, Guillermina, Pedro, tía Pepa...! ¡Cuanto tiempo sin vernos! ¡Por lo menos, desde ayer por la tarde! -y al mismo tiempo que decía esto, iba sacando de la caja viejas fotografías la mayoría con arrugas y desconchones-. Señor, señor, qué rápido pasa el tiempo. ¿Y por qué habéis venido todos a la capital juntos? ¡No me digáis que se va a casar ya Guillermina! ¡Ah, bueno...! Si es para comprar un televisor de plasma XL-Z200 de los que anuncian, que cuesta un pastón, pues entiendo que hayáis venido todos, porque cuatro ojos ven más que dos. Yo también lo tengo. Si queréis os lo enchufo para que sepáis cómo se ven las imágenes. No es ninguna molestia, mamá...

Acabada esta conversación, se despidió de las fotografías y cerró la caja.

A todo esto, el niño Aniceto, por su mala educación, bastante cerril, cada vez se veía en mayores dificultades para aguantar su risa, aunque esta no pasaba del umbral de su garganta. Pero cuando no fue ya capaz de detener su eclosión, que, debido a la presión con que fue guardada, salió en forma de estridentes carcajadas y contorsionando su cuerpo, fue cuando doña Ruperta al volver de guardar la caja de las fotos, tras pararse en el umbral de la habitación y santiguarse con mucho respeto y algo atemorizada, se arrodilló delante del televisor, puso sus manos en los laterales y dijo con un murmullito lastimoso:

-Padre, quiero confesar.

El niño tuvo que salir apresuradamente del armario y correr delante de doña Ruperta, que le persiguía con exclamaciones de ira, y una vez ante la puerta de la calle, abrirla ligero para recibir el menor número de escobazos de la viejecita.

Cuando la familia del niño difundió estas noticias sensacionales entre el vecindario, este tomó conciencia globalmente de las dificultades tan horribles por las que estaba pasando la anciana y, desde entonces, nunca faltó un vecino, matrimonio o grupo de personas que se acercara a su casa a tomar café o a llevarle alimentos exquisitos elaborados por el cocinillas o la cocinillas de turno.

6 de febrero de 2012

El Hombre del que se apiadó la Madre Tierra

El padre de Juan Madrazo murió en un accidente tomando el sol en la playa. Le cayó en la yugular un meteorito y le abrió un cráter en el cuello. Ese fue el motivo de que su traumatizada madre, en los años en que tuvo que cuidar sola de su hijo único, le sobreprotegiera como ninguna otra madre lo había hecho antes. 

Su madre murió cuando él tenía 33 años. Juan apenas sabía hacer nada y, cuando vio que, muerta su querida madre, él se quedaba solo en el mundo sin nadie que lo cuidara, pensando que se le cerraban las fuentes de la vida y que no era él quién para abrirlas, no había día que no llorara amargamente, ni aspereza a la que no accediera para verter sus lágrimas en soledad, ya fuera la montaña más elevada, el acantilado más escabroso o el bar más retirado de su ciudad. A veces tenía él mismo la sensación de que inspiraba lástima hasta a las mismas piedras que adornaban el parque en el que se refugiaba por las tardes y que el sol tardaba un poco más en ocultarse en el horizonte.

Las lamentaciones de Juan Madrazo, fueron tan insoportablemente enternecedoras que la Madre Tierra, convirtiéndolo en su hijo predilecto, se hizo cargo de su bienestar. Así, cuando Juan, al ver que se le agotaba el dinero se quedó tan paralizado que no podía ni buscarse un empleo, la Madre Tierra, apiadada de él, manipuló archivos, partidas de nacimiento, libros de familia y hasta memorias cerebrales para que heredara los millones de un falso tío. Dueño de todo el dinero que pudiera necesitar, le faltaba sin embargo el cariño de su madre. Por la noche, cuando sus amigos se iban, apurando su quinto whisky y fumando su habano, se dedicaba a recordar y le venía a la memoria el cariño que le daba su madre carnal y entonces no podía reprimir el llanto porque la echaba de menos. Se acordaba de cuando, aunque ya era mayor de edad, le arropaba de noche, le ayudaba a meterse la camisa debajo de los pantalones, le hacía su comida favorita cuantas veces quería, le peinaba, le ponía colonia y le afeitaba la dura barba. Lágrimas como el granizo le caían, y al ver esto la Madre Tierra, enternecida, guió su mente hasta que dio con la empresa de madres a domicilio, Madres para Mayores. Y fue entonces cuando ya con 40 años contrató a tres madres de una vez. 

Pasó mucho tiempo sin que este infeliz tuviera que enfrentarse a la dureza de la vida. Cada vez que le hacía falta algo, cada vez que se sentía triste, de una forma u otra, su deseo se cumplía. Alguna persona llegó incluso a morir o pasarlo muy mal pero no diremos que Juan Madrazo albergara una dosis de maldad mayor de la que se acostumbra a suministrar en el crisol de los individuos humanos. Llegó a la cincuentena hecho un hombre profundamente inmaduro, cuyas tres madres acababan el día fatigadas de procurarle cuanto deseaba, pero al que ni una sola sombra de tristeza le embargaba, entregado la mayor parte del tiempo a leer libros infantiles.

A los cincuenta y cinco, llamó la Muerte a su puerta. Llevaba cara de prisa y no tenía ganas de perder el tiempo. Traía parada cardíaca por hipotermia porque cuando Juan se acostó para dormir la borrachera, dejó la ventana abierta. Juan Madrazo abrió la puerta creyendo que era una de sus tres mamás pero, al comprobar que, con sólo cincuenta y cinco añitos, ya venía la muerte por él, sintió tanta compasión por sí mismo que comenzó a hacer pucheros y a llorar como acostumbraba cuando, por ejemplo, una madre le traía una marca de shorts equivocada.

-¡Qué cortos son los días del hombre! -exclamaba- La desgracia le persigue sin fin; ningún capricho consigue sin un esfuerzo doloroso y, cuando menos lo espera, ahí estás tú, malvada... Mi partida de Play-Station se queda empezada, me muero sin los pantalones puestos... ya es mala suerte ir al Más Allá en calzoncillos...

Y, tras decir estas palabras, exhaló su espíritu interior un llanto amarguísimo que la Madre Tierra pudo oír y, apiadada de él, hizo que le volviera a funcionar su corazón y se recuperara por completo. Pero la experiencia de la muerte le hizo acordarse de lo solo que estaba en el mundo. A partir de entonces, cuando veía a una mujer atractiva, una honda pena le acometía porque se decía:

-He perdido el tiempo hasta ahora. ¡Qué triste ha sido mi vida! Nunca una mujer me ha dado su corazón y ha accedido a ser mi compañera de verdad. Moriré agobiado por la soledad y el asco a mí mismo.

Y, a continuación se daba a emitir un penoso llanto que estremecía las entrañas de la Gran Madre. Sin embargo, ninguna de sus cuatro madres podía hacer nada por él en este terreno pues ahora se trataba de amar de verdad y, para amar de verdad, los hombres han de ser verdaderamente libres y dueños de sus destinos y permitir que la vida fluya con naturalidad.

Juan Madrazo murió a los 85 años después de recibir de la Madre Tierra 7 falsas herencias, de superar 8 enfermedades en estado terminal, de sortear, gracias a la protección de su madre cósmica, miles de accidentes, enfermedades, calamidades, penurias, dolores, angustias, esperas, molestias, carencias… pero, en su alma, no quedaba más que un poso amargo de soledad porque su corazón nunca había abierto los pétalos del amor. 

En el momento de su agonía final, una bellísima muchacha con flores rojas en el pelo y labios rosados y carnosos se acercó a su cabecera y puso su mano sobre su pecho con una sonrisa bondadosa. Le pareció que tenía mucho parecido con su auténtica madre, pero era mucho más hermosa, de una hermosura tan grande que incluso le inspiraba miedo. 

-¿Eres una actriz famosa? –preguntó él.

-Soy la Madre Tierra, la hembra que ha estado cuidando de ti todo este tiempo. Te tienes que ir ya y bien que me alegro porque me has hecho trabajar mucho y en contra de mis leyes. La ternura que siento hacia mis criaturas es tal que prefiero ser generosa que rigurosa. Sin embargo tú siempre has sido un egoísta y has abusado de mí, obligándome a hacer lo que no me gusta hacer, sin saber que el amor, que es la cosa más gozosa de cuantas existen y lo único que supera a la muerte y calma el apetito de los seres vivientes, es respeto y cuidado del ser querido. Yo, transformándome en tu esposa, podría haber sido esa muchacha atractiva que soñabas, pero nunca has sido capaz de amar y ahora sí he de ser rigurosa.

En ese momento comenzó a alejarse y una vieja con la cara rajada tomó el lugar que la Gran Madre había dejado junto al lecho de Madrazo, era la Muerte, que en una pendencia con el Amor, motor del universo, fue acuchillada en el principio de los tiempos. Madrazo la conocía de sobra aunque nunca se le había acercado tanto; comprobó que era muy fea pero aceptó resignado su beso.

Y si no es verdad,
bien trovado está.



4 de febrero de 2012

Los Inmortales

Un anciano, sentado en un banco al sol de la mañana, se entretenía machacando una piedrecita del suelo con su bastón cuandó apareció otro hombre viejo, más o menos de la misma edad que dejó caer sus nalgas en el mismo banco junto a él. Entonces dijo el recién llegado:

-Aquí estoy mejor, en la tele no hay na'. Sólo había una película de hace poco que se llamaba "Los Hombres Inmortales", un rollazo sobre la conquista y colonización de la Luna... ¡Ya creía yo que era aquella película tan bonita de Sean Connery y Christopher Lambert que me llevo mi padre a ver al cine...!

-¡Ah, sí! ¡Qué guay era! Era aquella de unos tíos, buenos unos y malos otros que, a menos que le cortaran  la cabeza con una espada, seguían viviendo siglos y siglos... Yo aluciné con ella. Pero yo no creo en esas cosas. Las personas son tan animales como un perro y todos los animales, con el tiempo la cagan...

-Hay quien dice que beber sangre humana conserva la juventud.

-Eso tiene que estar malísimo...

-Hay gente que, a punto de morir de hambre, ha probado la carne humana y dice que mola, tío. Eso acojona un poco, la verdad...

-¡Bah! Para pensar eso hay que ser gilipollas, tío. Lo que pasa es que el hambre convierte una cebolla en caviar. Tío, si la carne de hombre fuera tan guay, adiós Humanidad. Tu padre te habría comido en la merienda y le habría dado una pierna a tu madre después de mucho rogar.

-Mis abuelos sí que pasaron hambre en tiempo de guerra. ¡Mala rabia les corriera a to's los rojos...!

-Ah, ¿pero tú eres facha, tío bobo? ¡Así se hundieran otra vez las torres con to's los nacionales dentro...!

-La mala hierba nunca muere... -dijo entonces con tono de resignación y como hablando consigo mismo el viejo llegado después.

El otro, recalcando el ritmo con el bastón, canturreaba el himno de la Internacional.

-Esa música es de Rodolfo Chikilicuatre -dijo al cabo de unos instantes el llegado después.

-¿De Chikilicuatre, mamón? ¡Te voy a matar! -y en un instante ya se había levantado y, alzando el bastón como si fuera una katana, fue a meterle un garrotazo al otro. El bastón dio en el respaldo del banco y él, dadas sus escasas fuerzas, cayó de bruces. Entonces el llegado después se levantó y aprovechando que el otro no podía levantarse y le mostraba su nuca, alzó a su vez su cayado abrigando una perversa intención, aunque en realidad no a la altura de sus fuerzas reales.


-¡El Kurgan, el kurgan me quiere matar a mí...! -exclamó y, todo rojo y colérico, dejó caer su bastón  contra el cuello del hombre de izquierdas caído en el suelo. Pero tampoco tuvo suerte y la punta de su cayado dio en la tierra la primera vez, y la segunda, en las manos de una niña de 15 años, que había acudido al ver aquella pelea tan infantil y que le decía:

-¡Déjele, déjele! ¿No ve que lo puede matar?

-¡Pues un rojo menos! 

-¡Rojos hay más que amapolas en el campo, comemierda! -gritó al oír aquello el que había caído, al que ya estaba ayudando a levantar la niña.

-Ya nos veremos alguna vez yo y tú... -dijo el que había llegado después, y comenzó a caminar con su paso lento y cansado en dirección a la salida del parque. Pero estas palabras aún tuvieron su réplica en el otro que, haciendo sin querer un pareado perfecto, exclamó con saña infantil:

-¡Viva la Revolución! ¡Muérete, mariconzón!

Pero el otro, ya bastante lejos, se limitó a encogerse de hombros y a demostrarle que no le hacía ya ningún caso.




1 de febrero de 2012

[Mi comentario en Etiopika]

Heli Pérez Sánchez, el primer bloggero oriolano, según Alianzo Rank, tiene el blog Etiopika. Es un blog sobre ciencia. He leído su post de la página de inicio y me ha parecido bien hasta cierto punto porque, como no desconoceréis los asiduos lectores de mis cuentos, no soy muy partidario de sofismas ni verdades a medias y la ciencia no está del todo libre de autoritarismo y prepotencia. Por eso he dejado un comentario que me parece lo suficientemente interesante y descriptivo de mi pensamiento como para compartirlo con vosotros y de paso os hago partícipes del blog de mi paisano. Éste es el comentario que he dejado y éste el texto del blog . Y aquí está lo que Heli me ha respondido.