11 de enero de 2012

Un gato de 159 vidas

-Manolo, si hay que pedir un préstamo, se pide... Lo que no puede hacer un cabeza de familia es dejar de darse un capricho de vez en cuando.

-Sí, Javi, pero es que el T.A.E. está muy alto y son nada menos que tres plazos no para un año sino para un mes. No, eso lo tengo claro. Si no me puedo comprar una barra de pan premium me compro una normalita, que eso sí me lo puedo permitir todos los días porque las fabrica Piratoi S.A. que da todos sus productos muy baratos, eso sí, sin la tontería de nada esa del control sanitario.

Sobre su pantorrilla notó Manolo entonces el roce de algo y dejó de hablar para quedarse paralizado mirando a los ojos a su compañero, éste entendió la alusión y con la lentitud y precisión de un segundero de reloj, se asomó por debajo de aquella mesa de bar donde estaban y vio, como sospechaba, un gato que se frotaba mimoso contra la pierna de su compañero, moviendo su rabo elegantemente de un lado a otro. Aprovechando que el rabo se comenzó a desplazar hacia su lado, quiso agarrarlo por esa parte, pero el felino pronto se revolvió, clavó todas sus uñas en la mano que sujetaba su peluda extremidad y salió del bar con ansiosa celeridad emitiendo un maullido lastimero de protesta y terror.

-El segundo que veo este mes y el segundo que se me escapa -dijo Javi.

-Ese sí que nos habría valido una premium a cada uno y sin pedir un préstamo. ¡Qué Navidad más buena habría pasado con una barra premium en la panera!

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