9 de enero de 2012

Morir amando



Extendió su mano hacia ella para que la tomara. No dijo nada. No hizo gesto alguno. Pero sus desorbitados ojos, que no cesaban de mirarla, se cerraron como si quisiera comprobar que aun en su ausencia podría recordar su rostro. Ya no los abrió y unos segundos más tarde estaba muerto. Su mano no aferraba la de ella bajo el rigor mortis, la había aflojado para morir.

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