20 de enero de 2012

El Humano

La caza en solitario, ¡ah!, que gran placer para mí. Mi lanza recién tallada bien podrá ella sola con un ciervo, una garza o un jabalí. ¡Qué hermosas estas flores del camino, y estos árboles, de qué bella manera extienden al cielo sus frondosas ramas! ¡Y las montañas, qué admirables se ven desde aquí, qué majestuosas, hasta qué punto me estremecen sus altísimas cimas, que casi llegan a estriar las nubes con sus picos! ¿Qué gigante las habrá tallado y qué cosa querrá cazar con ellas? ¿Qué aparece por allí? ¡No es una pieza de caza! Es uno como yo. Pero no es de mi pueblo, luego no es humano , luego es enemigo. ¡Ay, ay, ay, es una hembra! Jamás la he visto tan bonita como ésta, es mejor que esas flores que he visto viniendo para acá, y más elegante que los árboles que me acaban de admirar, y más sobrecogedora que esas montañas, pero tan suave como esas blancas nubes de arriba y tan radiante como el sol de hoy. Quisiera cazarla. Pero la lanza no me sirve... Gritaré desde aquí, pues quizá, aunque no sea humana, sepa comprender los sonidos del lenguaje de mi pueblo como un dócil perro.

-¡Eh, hembra hermosa, acércate, jamás han contemplado mis sentidos nada que les cause tanta excitación como tú!

¡Me ha hecho un gesto amenazante! ¡Ha huido ocultándose entre los árboles! ¡No puedo encontrarla! ¡Ay de mí, cómo podré vivir sin ella a partir de ahora! ¡Un animal pequeño se me ha metido aquí dentro, en el pecho! Debe ser una zarigüeya o una rata... No puedo cazar, mis ojos echan agua abundante como si fuera un niño, debo volver con los míos. Pero ellos no podrán curar la enfermedad que me ha alcanzado. El agua de este arroyo que me refleja me odia también porque veo en ella mi rostro como si fuera parecido al de un murciélago y mi cuerpo, al de una araña horrible.
El arroyo huye de mí como esa turbadora hembra, no quiere darme sus aguas para que calme mi sed. ¡Ah, soy feo e insignificante! ¡Soy lo más feo e insignificante de este lugar! Quiero volver con mi pueblo. Pero no puedo volver. Me he transformado. Ya no soy humano. Me matarían. Viviré apartado del contacto con la humanidad lo que me resta de vida. Me espera una miserable muerte, moriré de hambre cuando, envejecido, mis miembros no me permitan cazar y mi cuerpo no será colocado con honor entre los otros sino pasto de alimañas carroñeras. Pero ya no quiero ver a nadie, la rata que esa hembra me ha metido en el pecho tiene odio a los otros humanos, sólo quiere volver con ella. Ojalá pudiera dejarla escapar tras su dueña como quiere. ¡Pero qué veo! ¡Ahí, tras aquellos matojos, la he visto otra vez, con su largo cabello y sus misteriosos ojos! ¡Me está observando! Su rata ya no bebe de la sangre de mi pecho ahora lo alimenta y me hace sentirme pleno de fuerza ¡Soy un gigante, las montañas me obedecen, el río avanza por el cauce que le he trazado, la naturaleza entera ha entrado en mi pecho y se han hecho míos su poder y armonía...!

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