23 de enero de 2012

Amor y Libertad


El rostro del agente Smart cuando salió de la casa de los Howard estaba cubierto de una capa de harina mojada que incluso impregnaba parte de sus ropas. Se lavó rápidamente la cara en la poza de abrevar a las vacas, llegó hasta mí, se quitó la gorra, la puso bajo su brazo, y mostrándome su rostro anormalmente pálido, casi tanto como cuando lo cubría la harina, me dijo con un hilo de voz desmayado y dolido:

-Capitán Philips, con lo que he visto ahí dentro, tengo para pensar toda la vida y aún me quedarán incógnitas por desvelar que legaré a mis hijos, nietos y bisnietos. No aguantaría algo así otra vez. Presento mi dimisión del cuerpo de policía del estado de Ohio...

Había sido un aviso de Peter Williams y su esposa, del rancho vecino, que por diversas cuestiones estaban dos años sin ver a los Howard y, durante la visita que habían hecho esa mañana, habían encontrado la casa cerrada pero sin señales de que el rancho hubiera sido abandonado. Ante la pregunta del agente que atendió su denuncia acerca del carácter de los Howard, el señor Peter había contestado ese mismo día que siempre les había parecido una pareja algo reservada y con ciertas rarezas.

Pero eso no explicaba de ninguna manera lo que, yo primero y Smart después, pudimos ver aquel día que, aunque viviera cien años más, no lograría desterrar de mi torturado recuerdo. Nada, absolutamente nada en aquella casa era ya normal; desde que la marca de jabón para la lavadora no era el que anunciaba la televisión hasta aquellos horripilantes rectángulos parecidos a ventanas que mostraban paisajes verdosos donde  bullían extrañísimas figuras. Lo que veía allí me recordaba aquellas palabras que escribió Lovecraft en "El Color que cayó del Cielo":

"Sobre todas las cosas pesaba una rara opresión, como si fallara algún elemento vital de perspectiva o de claroscuro"

O aquellas otras de "En las Montañas de la Locura":

"El efecto que causaba aquel monstruoso panorama era indescriptible, pues desde el primer momento pareció evidente una demoníaca violación de las leyes naturales conocidas."

En una de aquellas habitaciones encontré aparentemente a dos seres humanos, Anne y Albert Howard. Cocinaban unas gachas entre risotadas malignas y a sus pies parecía jugar una misteriosa criatura asiendo unos juguetes con unos pequeños tentáculos blanquecinos embutidos en las mangas de un jersey diminuto.

Me temblaba la voz y a penas me salía el aire de los pulmones cuando dije:

-Señor Howard, ¿qué... qué es... esto?

Él contestó, agarrando a su esposa del hombro y sonriendo con satisfacción:

-Todo comenzó cuando de novios escogimos nuestra canción…



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