28 de enero de 2012

[LA GRAN ESTAFA QUE ES LA VIDA]

En esta vida, tenemos que morir pese a que quisiéramos vivir para siempre, nos enamoramos y entregamos nuestro corazón a personas a las que al final no les importamos nada por lo común, aportamos talento, esfuerzo, generosidad a las cosas que hacemos y luego la gente valora más una estúpida serendipia, nos empeñamos en tener hábitos saludables y luego eso sólo nos sirve para tener una agonía más duradera cuando morimos, nos educan diciendo que los buenos siempre ganan y la realidad nos demuestra, cuando llegamos a adultos, que son los malos los que tienen la sartén por el mango, vamos detrás de un deseo imposible y, cuando lo alcanzamos, ni nos damos cuenta y ya estamos buscando otras cosas, nos trae a esta clase de infierno algo que es maravillosamente dulce y llamamos amor y nos saca de él algo tan horrible como la muerte... esta vida es una jodida estafa, señor@s. ¿Por qué la gente cree que aquí estamos para buscar la felicidad y pasárnoslo bien?

El Aprendiz de Platero

Aquella tarde el aprendiz de platero martilleaba ávido e incansable sobre el tas, cuando al mirar hacia la mano de la esposa del jefe cuando ésta cogía una de las herramientas de su mesa, pudo ver por primera vez en uno de sus dedos un precioso anillo.

-Me gusta mucho su anillo, Juana -dijo el aprendiz-. ¿Qué dice la inscripción?

-"Hoy te quiero más que ayer pero menos que mañana". Es la Alianza del Amor; me la regaló mi esposo cuando éramos novios. 

El aprendiz ensombreció sus rasgos y movió la cabeza diciendo:

-Pues lo mío con una chica sí que está complicado, complicado complicado. Ni más que ayer ni menos sino todo lo contrario, Juana -y mostrando en alto el martillo como si jurara añadió con una pequeña exclamación- ¡Un sinvivir!

La pobre Juana, que no sabía qué contestar porque no tenía datos de juicio, le dijo entonces poniendo tono como de estar harta de oír tonterías:

-Bah, Juan Antonio, no seas tan agarrado, regala a esa chica un anillo como éste y verás cómo se anima.

El aprendiz de platero se encariñó de la idea y esa noche estuvo reflexionando qué inscripción pondría para expresar de modo breve la relación que había entre ellos. Casi toda la noche se la pasó en vela porque no encontraba una forma de decirlo lo suficientemente concisa.

Al día siguiente aún estuvo trabajando por la noche varias horas para grabar en el exterior del anillo la frase que había escogido. Llegó la hora del trabajo sin que hubiera dormido más de dos horas, de modo que luchó toda la mañana para que no se le cerraran los ojos. Había quedado esa tarde con la chica para ir al cine, de modo que aprovechó para entregarle su anillo, aunque todo su deseo habría sido dormir. A la mañana siguiente, en el lugar de trabajo todos estaban ya informados de las tribulaciones y trasiegos amorosos del aprendiz y nada más llegar le preguntaron cómo había recibido aquella chica el detalle del anillo. Él dijo:

-Lo llevé otra vez de vuelta a casa.

-Tenías que haberle dicho que se lo quedara aunque no sea tu novia, es más caballeresco -dijo entonces Juana.

-El caso es que el anillo sí le ha gustado y quería quedárselo -dijo Juan Antonio, el aprendiz- pero se le caía del dedo.


23 de enero de 2012

Amor y Libertad


El rostro del agente Smart cuando salió de la casa de los Howard estaba cubierto de una capa de harina mojada que incluso impregnaba parte de sus ropas. Se lavó rápidamente la cara en la poza de abrevar a las vacas, llegó hasta mí, se quitó la gorra, la puso bajo su brazo, y mostrándome su rostro anormalmente pálido, casi tanto como cuando lo cubría la harina, me dijo con un hilo de voz desmayado y dolido:

-Capitán Philips, con lo que he visto ahí dentro, tengo para pensar toda la vida y aún me quedarán incógnitas por desvelar que legaré a mis hijos, nietos y bisnietos. No aguantaría algo así otra vez. Presento mi dimisión del cuerpo de policía del estado de Ohio...

Había sido un aviso de Peter Williams y su esposa, del rancho vecino, que por diversas cuestiones estaban dos años sin ver a los Howard y, durante la visita que habían hecho esa mañana, habían encontrado la casa cerrada pero sin señales de que el rancho hubiera sido abandonado. Ante la pregunta del agente que atendió su denuncia acerca del carácter de los Howard, el señor Peter había contestado ese mismo día que siempre les había parecido una pareja algo reservada y con ciertas rarezas.

Pero eso no explicaba de ninguna manera lo que, yo primero y Smart después, pudimos ver aquel día que, aunque viviera cien años más, no lograría desterrar de mi torturado recuerdo. Nada, absolutamente nada en aquella casa era ya normal; desde que la marca de jabón para la lavadora no era el que anunciaba la televisión hasta aquellos horripilantes rectángulos parecidos a ventanas que mostraban paisajes verdosos donde  bullían extrañísimas figuras. Lo que veía allí me recordaba aquellas palabras que escribió Lovecraft en "El Color que cayó del Cielo":

"Sobre todas las cosas pesaba una rara opresión, como si fallara algún elemento vital de perspectiva o de claroscuro"

O aquellas otras de "En las Montañas de la Locura":

"El efecto que causaba aquel monstruoso panorama era indescriptible, pues desde el primer momento pareció evidente una demoníaca violación de las leyes naturales conocidas."

En una de aquellas habitaciones encontré aparentemente a dos seres humanos, Anne y Albert Howard. Cocinaban unas gachas entre risotadas malignas y a sus pies parecía jugar una misteriosa criatura asiendo unos juguetes con unos pequeños tentáculos blanquecinos embutidos en las mangas de un jersey diminuto.

Me temblaba la voz y a penas me salía el aire de los pulmones cuando dije:

-Señor Howard, ¿qué... qué es... esto?

Él contestó, agarrando a su esposa del hombro y sonriendo con satisfacción:

-Todo comenzó cuando de novios escogimos nuestra canción…



20 de enero de 2012

El Humano

La caza en solitario, ¡ah!, que gran placer para mí. Mi lanza recién tallada bien podrá ella sola con un ciervo, una garza o un jabalí. ¡Qué hermosas estas flores del camino, y estos árboles, de qué bella manera extienden al cielo sus frondosas ramas! ¡Y las montañas, qué admirables se ven desde aquí, qué majestuosas, hasta qué punto me estremecen sus altísimas cimas, que casi llegan a estriar las nubes con sus picos! ¿Qué gigante las habrá tallado y qué cosa querrá cazar con ellas? ¿Qué aparece por allí? ¡No es una pieza de caza! Es uno como yo. Pero no es de mi pueblo, luego no es humano , luego es enemigo. ¡Ay, ay, ay, es una hembra! Jamás la he visto tan bonita como ésta, es mejor que esas flores que he visto viniendo para acá, y más elegante que los árboles que me acaban de admirar, y más sobrecogedora que esas montañas, pero tan suave como esas blancas nubes de arriba y tan radiante como el sol de hoy. Quisiera cazarla. Pero la lanza no me sirve... Gritaré desde aquí, pues quizá, aunque no sea humana, sepa comprender los sonidos del lenguaje de mi pueblo como un dócil perro.

-¡Eh, hembra hermosa, acércate, jamás han contemplado mis sentidos nada que les cause tanta excitación como tú!

¡Me ha hecho un gesto amenazante! ¡Ha huido ocultándose entre los árboles! ¡No puedo encontrarla! ¡Ay de mí, cómo podré vivir sin ella a partir de ahora! ¡Un animal pequeño se me ha metido aquí dentro, en el pecho! Debe ser una zarigüeya o una rata... No puedo cazar, mis ojos echan agua abundante como si fuera un niño, debo volver con los míos. Pero ellos no podrán curar la enfermedad que me ha alcanzado. El agua de este arroyo que me refleja me odia también porque veo en ella mi rostro como si fuera parecido al de un murciélago y mi cuerpo, al de una araña horrible.
El arroyo huye de mí como esa turbadora hembra, no quiere darme sus aguas para que calme mi sed. ¡Ah, soy feo e insignificante! ¡Soy lo más feo e insignificante de este lugar! Quiero volver con mi pueblo. Pero no puedo volver. Me he transformado. Ya no soy humano. Me matarían. Viviré apartado del contacto con la humanidad lo que me resta de vida. Me espera una miserable muerte, moriré de hambre cuando, envejecido, mis miembros no me permitan cazar y mi cuerpo no será colocado con honor entre los otros sino pasto de alimañas carroñeras. Pero ya no quiero ver a nadie, la rata que esa hembra me ha metido en el pecho tiene odio a los otros humanos, sólo quiere volver con ella. Ojalá pudiera dejarla escapar tras su dueña como quiere. ¡Pero qué veo! ¡Ahí, tras aquellos matojos, la he visto otra vez, con su largo cabello y sus misteriosos ojos! ¡Me está observando! Su rata ya no bebe de la sangre de mi pecho ahora lo alimenta y me hace sentirme pleno de fuerza ¡Soy un gigante, las montañas me obedecen, el río avanza por el cauce que le he trazado, la naturaleza entera ha entrado en mi pecho y se han hecho míos su poder y armonía...!

18 de enero de 2012

La Historia más Maravillosa de Amor


Un poeta, famoso por su tripa algo rellena y por la pipa de madera de boj con relieves de corazoncitos traspasados por flechas e iniciales irreconocibles que le acompañaba siempre como si fuera su biberón particular, miraba por la ventana del bar donde se tomaba su café mientras decía a su compañero de mesa, que era un niño de seis años, cuya madre, amiga del literato, había pedido a éste que lo cuidara mientras ella iba por una bombona de butano:

-Cuando seas mayor, conocerás el amor, José, y entonces descubrirás por ti mismo que es la cosa más maravillosa que te puede suceder en la vida. El más grande genio inglés de las letras, Shakespeare, escribió la historia de amor más grande jamás contada y no hay poeta, escritor o artista que no hable con respeto del amor. 

Después inspiró con abandonada expresión soñadora y añadió:

-Si tu madre quisiera alguna vez...

El niño dijo entonces:

-¿Y cómo es la historia de Zispi?

-Shakespeare, José. Es una historia de dos jóvenes que se enamoran y, al final, mueren envenenándose porque no pueden pasar el uno sin el otro. A grandes rasgos, así es, José.

El niño se quedó callado y empezó un inquieto remeneo en su asiento. El poeta apartó su mirada del cristal, la volvió hacia el niño y dijo:

-Calma, muchacho, tu madre volverá enseguida.

El niño se decidió al fin a hablar y dijo:

-Y si de mayor tengo suerte y no conozco el amor, ¿qué es lo segundo más rabilloso que me puede pasar?





16 de enero de 2012

Vendetta

Vittorio, si puedo hacer memoria, aunque todo lo suyo lo tengo muy borroso, era la sabandija más cobarde del mundo. A solas me llenaba de babosos elogios y confesaba su respeto por mí pero, cuando había terceras personas, temeroso de hacerme de valer ante ellas, porque como soy contrahecho y gibado la gente podría perderle el respeto, se lucía con sus chascarrillos y bromas ingeniosas a costa de mi dignidad. Pero yo siempre volvía a él con buen ánimo porque era la simpatía en persona y no se podía tomar en serio, según yo creía, su comportamiento rastrero.

Sin embargo, cierto día , completamente borracho, empuñó un látigo y, en presencia de los otros amigos, me azotó hasta herirme en la espalda; imagínese si no lo haría en el alma. Al otro día volví a su mansión y sólo fue capaz de decir:

-¿Sangraste mucho, Vincenzo?

Sólo eso me dijo.

En la fiesta de Carnaval siguiente, tuvo el destino que se merecía o, dicho en plata, me vengué de una forma que él no hubiera esperado jamás. Fui a su casa llevando atado en el portaequipajes de mi carruaje un barril de amontillado del mejor año. Ordené que lo dejaran en el comedor de Vittorio. Este, que no era más que un perturbado borrachín, pronto comenzó a beber y no paró hasta quedar ebrio. En ese momento aproveché para coger el hacha que había junto a la armadura ancestral de la familia y de un tajo le rebané la mano con la que me azotó, que cayó en el tonel con la copa agarrada todavía. Pero, cosa extraña, pronto comprobé que mi brazo estaba sangrando, me hice un torniquete, como había visto hacer a un cirujano en la guerra, y caí desmayado. Al día siguiente desperté en mi casa. Estaba resacoso y me llenó de extrañeza que el barril de amontillado con la mano de Vittorio dentro apareciera ahora en mi propio comedor pero lo más espantoso fue cuando al sentir un dolor intenso en mi mano izquierda dirigí hacia ella mi mirada por primera vez desde que había despertado y vi que ya no estaba al final de mi brazo. A cuantos pregunto ahora por Vittorio, niegan haberle visto jamás y aseguran que fui yo mismo, Vincenzo Vittorio de la Gazza, quien me flagelé mi propia espalda para hacer reír a mis invitados...


13 de enero de 2012

Drama

El bar iba a cerrar pero el hombre borracho seguía allí con la cabeza inclinada sobre el pecho, los brazos colgando a los lados, las piernas flexionadas debajo del asiento y la espalda algo recostada en el respaldo. Cuando el camarero quiso despertarlo, descubrió que en realidad estaba muerto. Aquel primer día de la primavera se había emborrachado por última vez mientras sentía el sabor amargo del desamor en su vida. En la mesa, junto a su vaso y su botella de ginebra, un papel donde había querido escribir una carta y que había quedado interrumpida así:

"Alicia,
"No eres la única que me da calabazas porque son todo lo que me he encontrado en la vida pero eres de la que menos me las esperaba. Además"



11 de enero de 2012

Un gato de 159 vidas

-Manolo, si hay que pedir un préstamo, se pide... Lo que no puede hacer un cabeza de familia es dejar de darse un capricho de vez en cuando.

-Sí, Javi, pero es que el T.A.E. está muy alto y son nada menos que tres plazos no para un año sino para un mes. No, eso lo tengo claro. Si no me puedo comprar una barra de pan premium me compro una normalita, que eso sí me lo puedo permitir todos los días porque las fabrica Piratoi S.A. que da todos sus productos muy baratos, eso sí, sin la tontería de nada esa del control sanitario.

Sobre su pantorrilla notó Manolo entonces el roce de algo y dejó de hablar para quedarse paralizado mirando a los ojos a su compañero, éste entendió la alusión y con la lentitud y precisión de un segundero de reloj, se asomó por debajo de aquella mesa de bar donde estaban y vio, como sospechaba, un gato que se frotaba mimoso contra la pierna de su compañero, moviendo su rabo elegantemente de un lado a otro. Aprovechando que el rabo se comenzó a desplazar hacia su lado, quiso agarrarlo por esa parte, pero el felino pronto se revolvió, clavó todas sus uñas en la mano que sujetaba su peluda extremidad y salió del bar con ansiosa celeridad emitiendo un maullido lastimero de protesta y terror.

-El segundo que veo este mes y el segundo que se me escapa -dijo Javi.

-Ese sí que nos habría valido una premium a cada uno y sin pedir un préstamo. ¡Qué Navidad más buena habría pasado con una barra premium en la panera!

9 de enero de 2012

Morir amando



Extendió su mano hacia ella para que la tomara. No dijo nada. No hizo gesto alguno. Pero sus desorbitados ojos, que no cesaban de mirarla, se cerraron como si quisiera comprobar que aun en su ausencia podría recordar su rostro. Ya no los abrió y unos segundos más tarde estaba muerto. Su mano no aferraba la de ella bajo el rigor mortis, la había aflojado para morir.

5 de enero de 2012

El Corazón de Oro (Tercera Parte)


Si no recuerdas la segunda parte, pincha aquí SEGUNDA PARTE 


Mientras caminaban por la calle, Mike decía al forense con cierta excitación:

-Fred, estamos en trance de desarticular la rama comarcal del KKK, pero antes tenemos que hacer desaparecer todo rastro de mística en este caso. James Randell me parece una buena persona, buen padre de familia, buen esposo, admirable hoja de servicios, además no se ha encontrado nada sospechoso en su domicilio, pero en estos casos nunca se sabe, hay muy buenos fingidores. No obstante no tengo pruebas contra él y está otra vez de servicio. Dime ahora una cosa, Fred, ¿abandonaste la sala durante la autopsia de los dos cadáveres?

-Claro que sí, Mike, dos veces, cuando tenía a medio abrir el abdomen de ambos. Hace tiempo que sospechaba lo mismo que tú pero sigo sin sospechar quién armó el fregado. 

-¿Fred, por qué leche saliste de la sala las dos veces?

-Ed Martin me llamó desde el centro de vigilancia. Decía que le había parecido ver llegar a los de la funeraria.

-¿Y por qué demonios no fue él a mirar?

-Estaba con un catarro de ojos y por no molestar al relevo porque tiene dos hijos pequeños...

-Fred -dijo Mike dando un giro rápido de 180 grados y volviendo rápidamente hacia el departamento de policía- tu historia me confirma una vez lo que he creído desde siempre: que la gente ingeniosa no servís para nada. O mucho me equivoco, o Edward Martin es quien hizo el intercambio en el cuerpo de su colega de raza y nos da la pista sobre la infiltración del KKK entre los nuestros.

*    *    *

Pero Ed Martin, como era de sospechar se mostró muy poco colaborador y salió del interrogatorio sin haber reconocido ninguna de las sospechas del jefe de policía. Era realmente triste encontrarse en semejante callejón sin salida. Sin embargo las cosas se pondrían peor el 31 de diciembre. Ed apareció con un tiro en la nuca en el arcén de la carretera a las afueras de la ciudad. Realmente no era posible que el caso adquiriera mayor complicación. Ningún otro policía estaba al corriente del caso, excepto Mike y Alfred. A no ser que el gris y aburrido agente Frank, que había entrado en medio del interrogatorio por no sé qué asunto justo cuando Ed pronunciaba la triple K fuera uno de los infiltrados. Era ciertamente significativo el hecho de que, tras esta irrupción, la leve actitud de cooperación de Ed, se había transformado en un nervioso disimulo acompañado de cierto temor que no podía ocultar su mirada. Consciente de este último detalle, Mike se acordó que su número de registro era el 5698, tan sólo diferente en la última cifra al que Ed había marcado a fuego y hierro en el corazón de Karl Knabell. 

Era la noche del 5 de enero cuando Mike llamó por teléfono a Fred y le pidió que acudiera al departamento de policía porque tenía una sospecha inquietante que si se confirmaba, podría dar un vuelco a este caso. 

Fred sacó la víscera humana marcada a fuego y metal de un frasco con formol y la puso bajo una potente lente mientras Mike le observaba ansioso. Efectivamente la cifra final no era un tres sino un ocho algo borroso. Una patrulla de policía se desplazó hasta el hogar del agente Frank. Vivía sólo, nadie entraba en su casita del barrio residencial. Entre inmundos y macabros fetiches, se le hallaron los hábitos del KKK, que mostraban haber sido usados recientemente en el exterior.

Los federales acabaron el trabajo con un saldo no demasiado vergonzoso para el cuerpo de policía local. James Randell quedó totalmente absuelto. Como la inmensa mayoría de la gente, tenía un corazón de oro.



FINAL DE
EL CORAZÓN DE ORO

4 de enero de 2012

Microrrelato de un gorrón

Dedico este cuento a Francisco Almarcha Martínez.
Paco, que los Reyes Magos 
sean generosos contigo.  

Luis Rafael García Lorente



Seis amigos que estaban en el paro decidieron escribir un microrrelato cada uno con la intención de votar entre ellos mismos cuál era el mejor. El más gorrón de los seis escribió lo siguiente:

"Cuando desperté, el trilobites seguía allí..."
Y, aunque el cuento era un plagio de otro de Augusto Monterroso pero cambiándole una palabra, nadie se dio cuenta y ganó el primer premio, que consistía en unas tapas pagadas en el bar Los Migueles. Pero en la entrega del premio él fue, para variar, el que menos pinchos y aceitunas embuchó de los seis.


2 de enero de 2012

Microrrelato de un idealista


Dedico el presente microrrelato a José Antonio
Bascuñana, amigo desde la adolescencia
y ahora director de la Editorial Tres Fronteras.
A ver si desbancas a la Editorial Planeta, 
machote, y me hago rico con un premio XDD.


Luis Rafael García Lorente










Seis amigos que estaban en el paro decidieron escribir un microrrelato cada uno con la intención de votar entre ellos mismos cuál era el mejor. El más idealista de los seis, que no consiguió ganar, escribió lo siguiente:

"La obra iba a buen ritmo, morían muchos trabajadores por la fatiga, pero nunca se descansaba más de tres horas al día. Una vez llegó un rey de tierras lejanas y fue a ver aquella construcción. Cuando comprobó la vida durísima que llevaban los que la estaban levantando, preguntó al monarca del lugar qué utilidad tenía aquel edificio en construcción.
"-Ninguna -le contestó él."