8 de diciembre de 2011

Un Job en las Desgracias



Una muchedumbre bulliciosa aguardaba el inicio del horario de tiendas ante la puerta de unos grandes almacenes. A medida que se aproximaba la apertura, aumentaba la tensión aquel primer día de rebajas.

-¡Por favor, no empujen! -gritaban en la fila.

-Ya puede una madrugar -se quejaba una mujer-, que los sinvergüenzas entran los primeros siempre.

-Usted está loca -le respondía otra-, yo llevo aquí desde hace tres horas.

José estaba en los primeros puestos de la cola. Había madrugado mucho porque no quería quedarse sin su cazadora de cuero. Era la primera vez que iba sólo a comprar ropa. Aquel día era muy importante. Al fin iba a demostrar a su madre que era ya un joven independiente y capaz de conducirse solo por el mundo. Pero había tomado el desayuno tan deprisa y a una hora tan desacostumbrada que tenía nauseas. Se sentía mareado y las apreturas que empezaba a haber a medida que iba llegando la hora de entrar no le ayudaban a recuperarse.

Estaba pálido pero nadie parecía advertirlo. En sus oídos retumbaba el estrépito de la gente, las risas, los gritos, las riñas... Poco a poco fue escurriéndose hacia abajo por la pared en la que estaba apoyado y cayó al final sobre la acera totalmente inconsciente.Quizá algunos se dieran cuenta de su desmayo pero las puertas se abrieron en ese momento y todos se precipitaron hacia el interior para no perder su puesto y la oportunidad de hacerse con una ganga. Cuando recuperó la conciencia, estaba solo, nadie le atendía.

Recordó lo que le había traído allí y al instante se incorporó y, tambaleándose, fue en busca de su cazadora. Pero las cazadoras de su talla se habían agotado. La última la llevaba una mujer, que acompañaba a su hijo. Al advertir la decepción de José, le dijo:

-Aquí hay que correr y ser espabilado, nene. El que no se da prisa, se queda sin nada.

-Es que me he mareado en la cola -dijo él.

Tras emitir un ruidito nasal que indicaba sorpresa, la mujer le dijo:

-Hay otras cazadoras un poco más caras en la segunda planta. Acércate y busca al entrar en el primer pasillo de la izquierda.

José se dirigió a ese lugar y encontró las cazadoras. Pero, cuando estaba cogiendo una de ellas, otro adolescente asió la prenda al mismo tiempo y tiró de ella. La cazadora se hizo un siete porque ya tenía un desgarrón antes de que la encontrara José. El otro chico huyó con la misma velocidad que se aproximó a arrebatar a José la cazadora pero éste, quizá ingenuamente, se acercó al encargado de la sección para entregarle la prenda echada a perder.

-Esta cazadora vale cuarenta euros -dijo entonces el dependiente.

-Ya no quiero comprarla porque se ha roto -dijo José.

-No importa -dijo el dependiente- la has roto tú y tienes que pagarla. Si fuera otro producto, se haría cargo la casa pero tratándose de esta marca, la norma es la indemnización por parte del que deteriora la prenda.

-Es que no la he roto yo.

-Te he visto -dijo el dependiente. Si hubieras dejado que se la llevara aquel chico, no habría pasado nada, se ha roto porque sujetaste la manga con fuerza.

José no discutió más y entregó el dinero. Dio media vuelta y ya había avanzado unos pasos cuando el dependiente le llamó y le dio la cazadora rota dentro de una lujosa bolsa de tela para transportarla.

-Si encuentra quien se la arregle -dijo el dependiente-, es muy cómoda para llevarla en casa. Se la quita, si hay visitas, para que no vean el zurcido y en paz.

Ir por la calle en dirección a la parada de autobús llevando aquella enorme y elegante bolsa pero que tenía en su interior una prenda sin ningún valor le hacía sentirse como alguien que fingía opulencia por aparentar cuando, si el mundo fuera justo, podía haberla aparentado sin necesidad de fingir.

De modo que abrió un contenedor de la basura para deshacerse de aquel bulto tan molesto. Pero una mujer de unos sesenta años le llamó desde cierta distancia antes de que lo tirara.

-¿Estás tirando una prenda de las rebajas de El Hilo Francés? -le preguntó con tono asombrado.

-Es que no sirve, tiene una manga deshecha.

-¿Y por eso la tiras, criatura? Si me das cinco euros más, te la cambio por otra casi igual que tengo en mi tienda.

-No, gracias, no me quedan más que cinco euros y tengo que comprar el billete del autobús.

-Yo te descuento lo que valga el billete, no te preocupes por eso. En realidad el roto es poca cosa, lo que más hay es descosido -dijo la mujer inspeccionando la prenda.

José siguió a la mujer hasta una diminuta tienda de ropa de segunda mano y de ocasión. Dio un billete de cinco euros y la cazadora a la mujer y ésta entregó a José una bolsa blanca con una prenda de cuero en su interior. Entonces la mujer se dirigió a la caja registradora para entregarle al chico el descuento prometido.

Pero casi todo el cambio había desaparecido porque se lo había llevado su hija y precisamente faltaban seis céntimos para completar el precio del billete.

-Si estuviera aquí mi hija, subiría al piso por lo que resta -dijo la mujer- pero ya he hecho bastante por ti. Si quieres los céntimos que te faltan, pídeselos a la gente por la calle.

José salió perplejo de la tienducha y cuando había andado unos pasos sacó de la mugrienta bolsa que le entregó la mujer la cazadora y comprobó que no estaba rota pero estaba tan descolorida, cuarteada y raída que era todavía peor que la que había intentado tirar al contenedor. Volvió sobre sus pasos, pero la mujer ya había cerrado la tienda poniendo un cartelito que decía:



NO VOLVEMOS HASTA MAÑANA



Nadie quería entregarle aquellos seis céntimos. Todos decían que el dinero no se lo regalaba nadie a ellos y que él no tenía pinta de estar pasando tanta necesidad como para ir pidiendo limosna. Entonces se le ocurrió la idea de vender aquella prenda inútil por seis céntimos.

Un interesado en la compra miró la cazadora de alto en bajo y, sospechando alguna burla o trampa detrás del asunto, porque un paquete de clinex ya valía más que ese dinero multiplicado por veinte, le dijo al chico:

-Te doy sólo cinco.

El chico vio que se le hacía tarde, aceptó el trato y corrió hacia la parada de autobuses. El que debía llevarle a él estaba ya allí. Entrego todo el dinero que llevaba encima al conductor pero éste, viendo que faltaba un céntimo, le dijo al chico:

-Te perdono el céntimo, chaval, pero te lo tienes que ganar. Toma estos cincuenta céntimos y me traes un botellín de agua mineral.

Entró en un bar pero era tan tímido que no quiso pedir el botellín mientras que el encargado del bar no atendía a los otros que habían llegado antes que él. De modo que cuando volvió con el botellín a la parada, el autobús había partido ya.

Tuvo que ir caminando los seis kilómetros que le separaban de casa aguantando el frío y el cansancio, el sueño y el malestar estomacal. A la entrada de su pueblo se le encaró un perro mostrándole sus dientes y emitiendo un gruñido grave. José le amenazó con el botellín de agua y se apartó unos metros pero luego volvió. Entonces José volvió a amenazarle y esta vez le lanzó además el botellín, que pasándole por encima cayó a una acequia y se lo llevó la corriente. El perro al fin le atenazó una pierna con sus fauces. Pero en ese momento le llamó su dueño y acudió pacíficamente a su lado agitando el rabo y muy alegre.

Cuando José llegó a casa, era ya el atardecer. Su madre le abrazó llorando de emoción. Un motorista de la policía llegó en ese momento para conocer detalles de la supuesta desaparición que había sido denunciada por su madre.

Conocida a grandes rasgos la historia, el policía se quitó su cazadora para entregársela a título personal al niño, que en ese momento vio las puertas del cielo abiertas al contar con el orgullo de llevar semejante prenda delante de todo el mundo.

-¡No! -dijo su madre. Gracias pero no es necesario, además no es de su talla. De aquí en adelante, señor agente, me preocuparé de que no vaya sólo a ninguna parte. Esto no ocurrirá nunca más...



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