7 de diciembre de 2011

Noticia Cierta de un Hereje



Aconteció el mes de abril del año de nuestro Señor de Mil y Seiscientos Dieciocho que el Santo Oficio tuvo preso en Toledo a Pablo Lorenzo, hombre rústico de un lugar de Zaragoza. Dio este hombre razón de cuanto se le preguntaba. Dixo que era labrador, que ni sabía leer ni escribir y que no conocía lo que se decía en libro alguno de Teología. Preguntósele si amaba a Nuestro Señor Jesu Cristo y dijo que sí, en extremo. Preguntósele después quién era Nuestro Señor, según pensaba él. Respondió que Nuestro Señor era tío suyo y que por ello él tenía derecho a ser Sumo Pontífice más que el Papa Pablo. Díxosele entonces que esas palabras eran blasfemias y pidiósele que confesara que las había aprendido de la lengua del Diablo. Contestó que él odiaba al Diablo sobre toda otra cosa y que lo que había dicho lo había sabido de la boca de Dios, que le quería como un padre.

Viendo que el hombre seguía con villanías y locuras tales, al cabo de un tiempo le hicieron padecer suplicio, pero él nunca quiso decir que fuera el Diablo su señor. Llegó a tanto el tormento que dio el alma en él.

Supo el Santo Padre la forma de morir de Pablo Lorenzo y dijo a los hombres del Santo Oficio si la Inquisición no tenía otra cosa en qué ocuparse que dar muerte a un labrador loco por decir simplezas. El Santo Oficio, con mucha razón, contestó que no eran simplezas sino muestras de una muy grande soberbia y que un hombre no tiene jurisdicción alguna sobre las cosas de Dios, pues eso es asunto de la Santa Madre Iglesia. Con todo, habían ofrecido cuatrocientos ducados a su mujer para sustento de ella y de su hijo de siete años y se había rezado por su alma con mucho empeño y devoción para que Dios perdonara su orgullo.

El papa Pablo, antes de morir, todavía acordándose de Pablo Lorenzo, envió una carta a su mujer donde entre burlas y veras, le dice que el papado no es trono que hereden sobrinos ni hijos y que tuviera a bien recibir de su humilde mano cuatro mil ducados para sustento de ella y de su hijo.

Las últimas palabras de Pablo Lorenzo en el suplicio habían sido éstas:

-¿Qué me queréis, diablos mostrencos? ¿Soy yo acaso oveja de vuestro rebaño?

Y por decir que no era del rebaño de los diablos entendemos que no debía ser enemigo de nuestra Fe. Que Dios haya perdonado sus pecados y a todos nosotros nos libre de todo mal en tanto no nos acoja en su Santo Seno. Amén.

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