19 de diciembre de 2011

Lo nuestro es teatro


-¡Absolutamente sublime! ¡Maravilloso! Pintando es usted único... Es usted un artista de la brocha gorda...

Alfredo volvía a casa satisfecho. Aquellos elogios, además oídos el día que remataba su trabajo en aquella enorme mansión, le tenían de muy buen humor.

-Yo soy un profesional que hace siempre un buen trabajo. ¿De qué me tengo que avergonzar?

Alfredo se hacía esta última pregunta retórica referiéndose a ese juego de máscaras, en cierto modo patético que tenían que representar su esposa y él en la alcoba las noches de los viernes. "¡Picasso, mon amour...!, le decía ella. Mientras que él le contestaba: "No me moleste, señora, estoy trabajando e inspirado en este momento...".

Antes de ir al dormitorio, Alfredo advirtió a su esposa de que la mascarada tenía que pasar a la historia pues él, en su nivel, era un Picasso o quizá incluso más, no importaba que su oficio fuera la brocha gorda. Ella estuvo de acuerdo, no le gustaba que la llamara "señora" siendo su honrada esposa, que trabajaba todo el día para mantener en pie el hogar.

Una vez que ambos estuvieron ya bajo las sábanas, apagaron la luz. La inminencia del momento en que se volvía urgente haber resuelto cierto problema que había venido soslayando desde hacía unos minutos permitió a Alfredo percibir con claridad la magnitud de éste y su difícil solución.

-Agustina -dijo de pronto.

-¡Ay! ¿Por qué me llamas Agustina, Alfredo?

-¡Agustina, que vienen los franceses, corre a los cañones!


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