5 de diciembre de 2011

La Razón de una Manía



¿Querrá creerme el lector si le digo que siento una obsesiva aversión hacia los hermanos gemelos? ¿Que cuando los tengo ante mí, me parece como si viera a la muerte de frente? Ayer, sin ir más lejos, llegaron a mi bufete Ricardo y Francisco Parejo, muy buenos clientes, y ante su presencia, como siempre, experimenté la más insoportable sensación de inquietud. Estos dos hombres son hermanos gemelos pero carecen de cualquier otra cualidad que los haga dignos de mi rechazo. Pese a lo injustificado y poco razonable de estas emociones, no me es imposible atribuirles una razón, pues no me puedo persuadir a que carezca de una estrecha relación de causa con ellas cierto episodio de mi infancia jamás olvidado.

Sucedió en la playa un día de septiembre. El lugar estaba poco concurrido y yo, sin nadie con quien jugar, cargaba con una melancolía que estropeaba aquellas horas de libertad. Intenté construir un castillo, pero había jugado tanto con la arena aquel verano que hacerlo una vez más ya no me procuraba placer alguno. De modo que me senté en una roca a contemplar con amargura lo ilimitado del mar.

Al cabo de un tiempo atrajo mi atención la llegada de dos niños de mi edad que tenían una extraña semejanza. Nunca antes había visto unos gemelos, por lo que presencié su irrupción con curiosidad y suspensión. Todo era idéntico en ellos: su bañador azul, su toalla sobre el hombro izquierdo, sus dos cubos, uno en cada mano, su pala dentro del de la derecha... Todos sus movimientos parecían (o me lo parecían a mí) así mismo sincronizados: cuando caminaban, cuando se detenían, cuando giraban la cabeza, cuando se la rascaban...

Estuve observando su actividad concienzuda un buen rato. Comenzaron por dibujar en el suelo un gran círculo y a continuación empezaron a llevar arena al interior de éste transportándola desde zonas aledañas. Admirado por la magnitud de la obra y deseoso de salir de la soledad aquella mañana, quise convertirme en su colaborador. Me aproximé a donde ellos estaban y les pregunté si necesitaban mi ayuda.

-Claro que sí -dijo uno.

-Quedas contratado -ratificó el otro. Pero tendrás que trabajar a nuestro compás y manera y seguirás al pie de la letra nuestras reglas.

Yo acepté las normas y comencé a llevar arena al círculo, como ellos me ordenaron, para cuya tarea me prestaron uno de los cuatro cubos que habían traído. después de estar un buen espacio de tiempo yendo y viniendo con la arena, cogí el otro cubo, que nadie utilizaba. Pero entonces uno de los gemelos me amonestó:

-¿No te dije que cada uno llevaría un cubo? ¿Para qué has cogido otro?

-He pensado que así se hace el trabajo más rápido -le contesté.

-El trabajo se hará más rápido sin parar a cada momento por causa de lo que cada uno piense o deje de pensar -replicó con enfado.

El otro gemelo me dijo entonces sonriendo de medio lado pero con tono melancólico:

-Hazle caso, tenemos que trabajar unidos...

Tener tan poca libertad de movimientos hacía el juego menos divertido, pero de que siguiera en aquella tarea dependía que no volviera a sentirme solo y que mis actos tuvieran una razón de ser poderosa aquella mañana. Así que no le dí importancia a aquellas limitaciones y continué trabajando con un solo cubo y, cuando la obra alcanzó un tamaño considerable y se empezó a vislumbrar en ella claramente la forma de un típico castillo medieval, sentí orgullo y dije:

-Esto ya va pareciendo un castillo

-Va pareciendo un castillo... -repitió de forma malhumoradamente burlona el más antipático de los gemelos, que me había escuchado sin pretenderlo yo-. Si no fuera por mi hermano y yo, habrías hecho un adefesio, así que no critiques.

En silencio, seguí transportando la arena. Al poco, una niña se aproximó a observar lo que hacíamos y yo me quedé mirándola de hito en hito, totalmente abstraído, olvidándome de hacer otra cosa. Entonces el gemelo antipático me gritó:

-¡No pares, idiota! ¡A trabajar, a trabajar!

-¡Trabajaré cuando yo quiera! -contesté enfurecido.

-Piojo asqueroso -dijo él-, ¿quién te has creído que eres?

Deseando hacerme valer delante de la niña, respondí:

-Un piojo menos asqueroso que tú.

Y encaminé mis pasos hacia la roca desde donde vi llegar a los dos hermanos. Al verme marchar, me dijo el que me había llamado piojo:

-Vete, nenaza, lo único que has hecho ha sido estorbar.

Al oírle humillarme ante la niña como único premio al esfuerzo físico realizado, a las restricciones soportadas y a la obediencia y constancia con que observé sus arbitrarias y pueriles reglas, giré sobre mis talones, entré en la fortaleza de arena y grité:

-Este castillo es mío, quien se atreva a quitarle o añadirle un solo grano de arena se las verá conmigo.

Los dos gemelos, sorprendidos, fueron sin vacilar un instante a mi encuentro. En el ardor de la pelea hicimos desmoronarse la obra que llevábamos una hora construyendo, como si de pronto no valiera nada frente a nuestro interés por aquella guerra, que había pasado a primer término.

Cuando, agotados ya, dejamos de pegarnos, contemplamos las ruinas irreconocibles que quedaban a nuestro alrededor. Frustrados y resentidos, aquellos desaforados gemelos de pronto tuvieron un impulso que me cogió desprevenido. Tras decirse algo al oído, se apresuraron a sujetarme las muñecas por detrás, me tumbaron e inmovilizaron en el suelo y con sus manos me taparon las vías de entrada de la respiración de forma tal que, de no ser por la intervención de nuestras madres, allí mismo habría dejado de existir.
Fue mucho el tiempo que su fuerza bruta mantuvo interrumpida mi respiración. Nunca desde entonces he sentido tan cerca el fin.

Por eso ahora, cuando me tropiezo a unos gemelos o, por extensión, cuando contemplo a un líder político intolerante y maniático que dirige a su pueblo con pretensiones uniformadoras, los asocio de tal forma con los primeros gemelos que vi en mi infancia que, como si fuera a repetirse lo que estos hicieron conmigo, procuro alejar cuanto antes semejante aparición de mis sentidos, perturbado por el influjo de presagios de asfixia y muerte.

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