9 de diciembre de 2011

La Maratón



En la maratón de las fiestas de su pueblo, Odón Pelayo y Domingo D. Tristón eran quienes, según aseguraba todo el mundo, se repartirían el primero y segundo puesto. Ambos eran tan rápidos como resistentes y se preparaban deliberadamente para estar en forma desde meses antes de la celebración del patrón del pueblo.

El nombre del ganador se grababa cada año en el monolito de la plaza principal y quedaba a la vista de todos para toda la vida. Él en cambio sabía que no iba a ganar pero quería quedar en el mejor puesto posible. Su angustia mientras pisaba el rastro de yeso que hacía de línea de salida era grande, mientras que el resto de los participantes, exceptuando a los dos favoritos, parecía bromear y reír con tranquilidad.

Un vecino del pueblo gritó la señal de salida y de pronto notó cómo su angustia se transformaba en una rabia orgullosa que aligeraba su cuerpo y le atraía hacia la lejana meta con el frenesí de una roca rodando hacia un abismo. Tal fue su ímpetu que Odón Pelayo y Domingo Tristón habían quedado a varios metros de sus talones nada más salir. Al verse de momento superior a todos sus rivales, sintió desaparecer en su espíritu ese dolor por la propia insignificancia que todos tenemos pero que en su caso había ido royendo su esperanza y fe en la vida con especial voracidad. Precisamente por esa costumbre de escuchar la voz que destruía su vida, aun en la plenitud de su euforia, pareció que desde una distancia remota le volvía a hablar con la fragilidad de un pajarillo herido.

-No estoy reservando fuerzas, quizá no acabe siendo más que la liebre que aclara las posiciones -se dijo-. Pero estar a 20 metros de Domingo después de dos minutos corriendo no lo consigue cualquiera... -y al decir esto último volvió su alegría.

Al completar la primera de las tres vueltas a través de las calles del pueblo de que constaba la maratón, seguía en primer lugar y ya no pensaba en otra cosa que en entrar el primero en la meta. Sin embargo fue en ese preciso punto de su carrera que la sombría voz de siempre irrumpió un poco más cerca.

-Estoy ya muy cansado, pero ellos están dejándome ir delante porque la carrera es entre ellos dos, pero en el momento que quieran correrán un spring y me dejarán clavado.

Sin embargo continuó en primer lugar sin perder mucho el ritmo hasta el punto de doblar a Odón Pelayo, hazaña que le llenó de felicidad y acalló durante minutos la voz de su perdición.

Marchaba ya sobre los últimos metros de la carrera en el primer puesto con su típico ritmo incansable cuando aquella terrible voz por un tiempo silenciada irrumpió con la fuerza desesperada de un condenado a muerte que intenta justificar sus crímenes en la forma de un pensamiento fuera de toda lógica pero estremecedor:

-Domingo me está dejando ganar... Le doy lástima.

Ese pensamiento le dejó tan absorto que aminoró y se detuvo casi en seco. No se apercibió de que Domingo Tristón acechaba a unos metros de él, por lo que al ver su decaimiento aprovechó para adelantarle y comenzó el rumbo hacia la victoria por tercer año consecutivo. Cuando él quiso reaccionar y recuperar el ritmo anterior para alcanzar a Dionisio Tristón, todos sus músculos quedaron agarrotados y allí mismo cayó.

Al oír el clamor del público, que les aguardaba en la meta, Domingo Tristón sintió curiosidad y miró hacia atrás y la súbita impresión al ver a su rival caído en el suelo le hizo pisar en falso y torcerse el tobillo. Fue tal el dolor que sintió que no atendió a lo que ocurría a su alrededor parte importante de lo cual era que su insignificante rival, recuperada la movilidad en muy pequeña medida, caminaba hacia la meta muy muy despacio, como un anciano reumático y atravesaba la línea de yeso en primer lugar.


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