10 de diciembre de 2011

La Generosidad de una Mujer


Laura dio un portazo cuando su marido cruzó el umbral y salió. Era la tercera vez que lo hacía en un mes. Así acababa la tercera de las entrevistas que su marido Juan había mantenido con ella para rogarle que le permitiera regresar. En las tres ocasiones ella había defendido su postura inicial con firmeza a pesar de los ruegos, lágrimas y muestras de angustia de Juan.

Juan entró en el bar que había bajo aquel piso y allí encontró, siendo como era un tranquilo domingo de finales de la primavera, a tres de sus amigos.

-¿Has encontrado empleo, Juan? -le preguntó uno de ellos.

Juan pinchó una aceituna rellena de anchoa con un palillo de madera y, al mismo tiempo que masticaba, respondió:

-Ni hablar, no está la crisis todos los días en el telediario por nada...

-¿Así te lo tomas? Y eso que tu mujer te ha echado de casa por eso.

-¡Bah! Ella tiene su propio trabajo, no creo que pase hambre.

-¿Pero y tú? ¿De qué vas a vivir si no encuentras trabajo pronto?

-Me afiliaré a algún partido político... -y tras soltar una risotada continuó- ¡Y yo qué sé, Fernández, déjame en paz, pesao...!

-Bueno, bueno, yo sólo preguntaba, por si tengo que contarle tu historia a algún periodista.

-Yo no me voy a cortar las venas, descuida...

Cuando Juan salió del bar, los tres amigos comentaban con extrañeza la expresión de tranquilidad y regocijo que percibían en su rostro siendo su situación, como era, desesperada pues llevaba 8 meses en paro y no percibía ya el subsidio de desempleo.

-El alma de un vivalavida como él no se altera nunca por nada -dijo uno.

-Cuando se quede sin un céntimo y su mujer encuentre a otro tío, ya veremos... -replicó otro.

Juan, después de comer, volvió a su hostal y pasó la tarde haciendo crucigramas y escribiendo poemas de amor en servilletas de papel. Pensaba recitárselos todos a Laura. Era difícil que le aceptara teniendo en cuenta que ella también iba al paro al mes siguiente e iba a ser una carga si lo hacía pero al menos quería intentarlo.

Cuando llegó la puesta de sol, se encaminó de nuevo a su antiguo hogar y llamó a la puerta. Ella, tras observar por la mirilla, abrió y, airada, le dijo:

-No tengo nada nuevo que decirte. ¡Márchate, Juan! ¡Largo de aquí!

-Pero antes de que cerrara la puerta, Juan sacó una de aquellas servilletas de papel que estuvo emborronando esa tarde y leyó:

"Tal vez nos separe el tiempo
y, llevado por la costumbre,
tu cuerpo me olvide
y tu alma deposite el recuerdo de mí
bajo el polvo de los años
pero la luz de tus ojos,
Laura, ha incendiado mi alma
y, cuando la llama se apague,
será porque mi cuerpo ya no viva más."

Como vio que ella permanecía con expresión un tanto atónita ante la puerta, continuó con la siguiente servilleta y así sucesivamente hasta que, buscándose una enésima servilleta, su esposa se le acercó y, derramando lágrimas, juntó sus labios con los de él.

Una hora después, discutían en el salón. El decía que debían seguir separados para que no cargara ella con su manutención.

-¿Y de qué vas a vivir, tonto? Mientras tenga dinero, lo compartiré contigo.

-¿Que te parecería vivir en la Gran Vía? -preguntó él.

-Un sueño, claro, bobo -contestó ella- pero irrealizable. ¿Por qué?

-Porque como tenemos casa allí, es mejor que nos mudemos a ese lugar y vendamos este piso a un matrimonio de recién casados a bajo precio.

Laura estuvo largo rato mirando a Juan en silencio y pensando que aquel hombre no estaba del todo en su juicio y que la causa era el largo tiempo que había estado en paro. Entonces continuó él:

-Desde que tengo ese empleo en la agencia de publicidad, he ganado cierta imagen de prestigio y es mejor que vivamos en un sitio más potente.

Laura seguía con el temor de que su marido se hubiera vuelto loco.

-¡Laura, no me he pasado siete meses ahorrándome el sueldo para comprar ese piso para que ahora digas que es irrealizable que nos vayamos allí!

La mente de Laura se iluminó de repente tras esta tercera fantasmada de su marido y comprendió que le estaba queriendo revelar algo que le había ocultado durante siete meses, siete meses en los que ella le había dicho de todo.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por su comentario