6 de diciembre de 2011

Informe al alto Mando



Procedo a informar de la ejecución de Inocente y de las circunstancias por las que se decidió tomar tan drástica decisión. Intentaré ser lacónico pero dando todos los detalles necesarios. Cuando Inocente contactó con nuestra organización, le condujeron hasta mí para que le adiestrara. En el momento de nuestro primer encuentro, iba con los ojos vendados por las lógicas precauciones, pero sonreía. Se le quitó la venda y enseguida me tendió su mano, me dijo cómo se llamaba y expresó su gran deseo de pertenecer a la organización.

Su entusiasmo me pareció excesivo y, tan pronto como lo percibí, ideé el apodo de uso interno que le correspondería: Inocente. Le dije que permanecería allí seis meses, el tiempo que emplearíamos en adiestrarle y le pregunté si estaba conforme. Contestó algo que demostraba claramente su aparente ingenuidad:

-Esto ha sido el gran sueño de mi vida. Aunque en lugar de seis meses fueran seis años, pasarían sin darme cuenta. Si quiere saber lo que es sufrir, venga a mi barrio a soportar sus largos días de tedio.

-¿La misión que tiene esta organización te da igual? -dije yo al comprobar que sólo hablaba de sí mismo.

-Al contrario -contestó- moriría de pesar si fracasáramos.

-Las penas no matan a los hombres -dije yo molesto-, matan las armas y los explosivos. De modo que espabila y déjate de sentimentalismos.

Estas palabras mías obraron efecto en él, puesto que ya no le oí expresar sentimiento alguno en adelante. Sólo tenía un propósito personal: seguir la disciplina. Se levantaba antes que nadie y, pacientemente, una vez vestido, se sentaba en el camastro a esperar el comienzo de la jornada, quizás entreteniéndose con los cigarrillos, limpiando su arma o simplemente sin hacer nada. Cuando le tocaba de vigía, a veces era tal su celo que, después de cumplir su turno, aun siendo de madrugada, seguía un tiempo en el puesto acompañando a su relevo.

Pero el exceso de entusiasmo en la disciplina es tan contraproducente, a mi entender, como la indisciplina y acabé por decirle un día que se levantara cuando lo hicieran los demás y que no quisiera hacer más mérito que sus compañeros en las tareas de aquel campo de entrenamiento porque no se trataba de mostrar buena voluntad sino de obedecer llanamente.

No pareció desobedecer tampoco mis sugerencias esta vez porque comenzó a actuar con total obediencia y rigor. Si se le ordenaba traer, sin más, agua del río, la traía turbia y con lodo y sólo cuando se le explicaba que era para beber, volvía y la traía clara como el cristal. No estaba nunca en su ánimo pedir que le aclararan una orden porque daba por hecho que sus superiores habrían tenido ese detalle por propia iniciativa si hubiera estado en su voluntad. Se convirtió, en resumen, en el miembro del campamento que más secamente ejecutaba las órdenes.

Así que un día me acerqué a él y le dije:

-Inocente, ¿estás contento aquí?

-Sin duda, señor -contestó con rectitud y respeto.

-Sin embargo actúas con un exceso de automatismo, a mi modo de ver. Te convendría que mostraras más alegría y entusiasmo. Manifiéstalos con más frecuencia, si no te parece mal.

-Lo haré, señor -me dijo.

De modo que Inocente comenzó a significarse por su alegre carcajada, muy estudiada, sus chistes forzados y poco graciosos, aunque continuos, y la sonrisa con que recibía cualquier orden.

Finalmente, nuestro campamento fue invadido por las fuerzas del gobierno. Llegaron al amanecer. Hubo cruce de disparos con muchas bajas por ambas partes. Se nos imponía la huida. Ordené que echásemos todos a correr, e Inocente, que era un buen atleta, nos adelantó a todos y al llegar al río subió en un bote, le desató las amarras y sin mirar a los que corríamos hacia él, se lanzó a remar río abajo impidiendo que aquellos de los nuestros que podían haberle acompañado en el bote tuviesen la oportunidad de hacerlo. En consecuencia, todos nosotros hubimos de afrontar una muy dura escapada con varias bajas.

Ya dejados atrás a los militares, nos encontramos con Inocente, quien nos recibió gritando nuestro eslogan.

-¡Deja de fingir, traidor! -le grité furioso. ¿Piensas volver a unirte a nosotros después de lo que has hecho? Has huido cobardemente olvidándote de tus compañeros.

El contestó:

-He hecho lo que usted ha ordenado señor: huir. Y si no he esperado a mis compañeros es porque aquí he aprendido a prescindir de todo sentimentalismo, a no hacer más que lo que se me ordena y a hacerlo con alegría y entusiasmo...

Aquellas palabras me parecieron más una burla que una confesión sincera, de modo que ordené que lo prendieran. Acordamos aplicarle pena capital. Nos temíamos que teníamos en él a un espía, el que había dado a la policía nuestras coordenadas.

Mientras lo ejecutaban, nos pareció que murmuraba el eslogan de la organización de nuevo. Por eso tengo una gran duda con respecto a él. Me ronda la sospecha de que hemos matado al mejor de los nuestros.


2 comentarios:

  1. Un relato excelente, una vez más mis felicitaciones por tu prosa y por tu imaginación.
    Un abrazo!

    ResponderEliminar
  2. Gracias, amiga Bea, tienes lo que es más propio de los artistas, la generosidad.
    Un abrazo!

    ResponderEliminar

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.