10 de diciembre de 2011

El Miedo de Hauffmann



Karl Hauffmann era un artista de genio, sus amigos de la élite intelectual de Alemania coincidían en ésto. A él le gustaba oírlo y numerosas veces lo consiguió no con sus maravillosos poemas sino con la fuerza cómica de su cínico sarcasmo. Le gustaba hacerse pasar ante sus colegas como un campesino más, lleno de prejuicios absurdos pero viriles, caracterizados por la ausencia de delicadeza y sensibilidad propia de la gente que es dueña del equilibrio y la fuerza que da el contacto con la naturaleza. De ese modo se veía libre de la acusación de memo que cree en su superioridad sobre los demás sólo porque cultiva con amor de artesano, como todos los otros, unos felices pero insípidos versos.

A medida que crecía su ansia de alcanzar la admiración y la aprobación por sus poemas, paradójicamente su corazón se iba alejando más de la poesía y en sus versos entraba más el chascarrillo, la mofa y el guiño al buen alemán de la calle, apegado a sus fáciles y robustas tradiciones y siempre dispuesto a buscar la complicidad general con fanfarronerías y exageraciones sobre la propia valía y, a través de ella, sobre la del pueblo alemán.

Sus amigos de la élite empezaron a dejarle de lado, abochornados por su giro hacia la vulgaridad más autocomplaciente. Sin embargo por lo común, se le seguía considerando una buena persona, de firmes valores morales, con muchísimos amigos de todo tipo, que podían tratarle con toda tranquilidad sin temer represalias de su orgullo porque éste era poco inclinado a la indignación fácil e inmotivada.

Su campechanía atrajo al Führer, quien le encargó un poema sobre el destino del pueblo alemán que, una vez acabado, despertó los elogios, tan amados por él, de la élite política y militar alemana. Entonces comenzó a asistir a aquellos discursos multitudinarios, cargados de odio, violencia y promesas que llevaban al mayor entusiasmo a aquella gran multitud.

No sabía exactamente si admiraba a Hitler o no, pero en aquel entorno de campechanía general se sentía tan halagado al ver que pensaba y sentía como lo hacían todos los demás que decidió dejar la poesía y alistarse en el ejército nazi.

Estuvo destinado en diversos frentes europeos. Finalmente acabó como uno de los oficiales menores a cargo de Auschwitz. Observaba impávido el lento deterioro de los prisioneros, y su asesinato, torturas y mutilaciones sin dejar de creer que era una buena persona porque seguía identificado con los planes de los alemanes de lograr un futuro de bienestar y concordia al que no debía acceder aquella chusma que, según Hitler, no era ni siquiera humana.

Nada parecía que iba a alterar este estado de cosas hasta que un día, alejado como estaba de todo contacto con mujeres desde hacía meses, su mirada se cruzó con la de una joven y atractiva judía que, en silencio, mostró en su rostro toda la desaprobación que le causaba el oficial Hauffmann. Esto le dolió un tanto. Pero en adelante ese dolor funcionó de idéntico modo a la flecha de Cupido y no podía pasar un día sin verla y cruzar una mirada con ella intentando suplicarle no más que con los ojos que le amara.

Un día no la pudo encontrar donde solía ni en ninguna otra parte. Supo que la habían llevado al laboratorio. Aquella noticia le derrumbó. Su ansiedad por el destino de la mujer que amaba era casi equiparable a una culpabilidad pues pensaba que era él el responsable de lo que pudiera pasarle a ella. No sabía ya qué partido tomar, si el del bien común, que la condenaba, o el de su deseo egoísta e individual, que le obligaba a odiar las consignas del Führer. Sin embargo, al fin se consoló diciéndose:

-¿Qué podría hacer yo por mí, solo frente al mundo, pensando que llevo la razón en todo, cuando en realidad los humanos somos tan débiles e ignorantes que necesitamos que alguien vele por nosotros?

Pasadas unas semanas, la chica judía volvió al barracón horriblemente mutilada. Le faltaba un pecho y en el otro tenía una cicatriz profunda. En su vientre había otros signos quirúrgicos. Ni siquiera se habían tomado la molestia de vestirla, quizá para que todos vieran lo que habían hecho con ella.

Karl Hauffman se aproximó a ella y, contemplando su desnudez torturada, dejó caer unas lágrimas y comenzó a sollozar. Ella no podía hablar porque le habían amputado la lengua pero le hizo signos para que le diera papel y lápiz. El sacó de sus bolsillos un cuaderno de notas y un lápiz. Durante unos segundos escribió algo y al terminar lo colocó en las manos de Hauffmann mostrándole en la expresión del rostro una grave aunque ya no desaprobadora intención.

Karl Hauffmann reconoció enseguida lo que estaba escrito en aquel papel. Era un verso que compuso cuando era todavía un sensible y casi adolescente miembro de la élite poética alemana. Decía:

"¿Qué gana el Hombre acorralado por el miedo?"


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